jueves, 12 de septiembre de 2013

El paraguas rojo

Dicen que caerán cuatro días de lluvia. Que no es normal que haga este calor endemoniado cuando todavía es invierno. Y a mí se me da por pensar  en la gente que opina que la naturaleza está loca como si estuvieran exentos de responsabilidad, ellos y los grandes capitales que envenenan el mundo. Cuatro días son muchas horas, para ser exactos noventa y seis. Algo más de cinco mil setecientos minutos de lluvias de septiembre en que los objetos y los animales se esponjarán, la tierra se hará barro y miraremos el jardín, verde como una fruta inmadura y deseada. Por suerte, desde hace  días tenemos canaletas, y no por obra de alguna deidad. Es admirable tu habilidad para encauzar las aguas y que caigan sin manchar las paredes de verdín. Para poner un ejemplo, si yo les hablara con metáforas espontáneas, ellas continuarían dejando su borde sobre los muros. A veces hace falta un poco de practicidad para que las cosas entren en su senda y la casa esté seca. Sobre todo si dicen que lloverá durante tanto tiempo mientras nosotros podremos oír las gotas que golpean en la chapa que las conduce. El ruido se duplicará y, semidormidos, diremos que llueve y para qué levantarnos. A mediodía nos llevaremos la comida para no abandonar el relato que me estarás contando, y que yo tensaré de detalles que, a simple vista, pudieran parecer inocuos, aunque ya sepamos que no hay nada inocente en el narrar. Y si tenemos que salir, por esas cosas del olvido, usaremos el flamante paraguas rojo que brillará como un pez en medio de las aguas tempestuosas de ese infinito llover. Nadaremos bajo sus escamas protectoras, entre algas suaves y extensas para enredarnos una vez más: porque la lluvia se ha hecho para muchas cosas, entre las que se cuentan, como primera y fundamental, enredarse hasta que el sueño llegue para depositarnos en las orillas secas de las canaletas que soldaste con los dedos precisos de tu hábil pasión.

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