domingo, 29 de septiembre de 2013

Haendel y la música acuática, el Palacio Longchamps y un regador Gardena

Cuando yo era pequeña, mi padre me hacía escuchar la Música Acuática de Haendel. Me ponía el disco y yo imaginaba esas aguas danzantes, de colores, que subían y bajaban, que se enredaban y desenredaban, siguiendo los violines o los vientos. Podía pasar horas oyendo a Haendel en un disco de tapa blanca donde se veía una fuente atrás de la orquesta. Cuando mi hermano vivía en el Boulevard Longchamps, (ahora se mudó un poco más allá) la avenida por la que circulaba el colorido tranvía marsellés terminaba en un palacio -museo de no recuerdo bien qué- que tenía una fuente neoclásica de aguas danzantes, en la que siempre terminaban mis solitarios paseos, a la espera de que Pablo finalizara su trabajo y nos fuésemos juntos a comer un sandwich en la peatonal. Aguas que brotan, impulsadas por no sé qué magia,  describen círculos, abanicos y flores de gotas suspendidas en el aire, en contra de toda lógica y ley newtoniana. Aguas que me cautivaron desde siempre por lo incognoscible de su ir y venir en ritmos que escapan a mi raciocinio y despiertan mi intuición. Ayer, Claudio cumplió años y, entre otras cosas, le regalé un aspersor de esos que dan vueltas trazando volutas de agua en el aire para depositarla en una circunferencia de tierra. Y de pronto, al ver volar las gotas en su danza de colores a través de la grisura del día, me doy cuenta de que escucho la música de mi padre, vuelvo al palacio de la calle en que vivía mi hermano y todo adquiere una acuática y luminosa cohesión otra vez.


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