jueves, 5 de septiembre de 2013

La que escribe/ De cómo reconocer a un poeta

"13.30, puerta 8", dice la empleada de Aerolíneas y me extiende el billete. Antes bromeé con un tipo que me preguntó por LAN. "Por ahora están en su hangarcito". No le hizo gracia. A mí sí. Desde la mesa en que espero para almorzar veo el río. Escribo. He decidido escribir. Es mi mejor manera de protegerme de la angustia y la incomodidad que me producen las situaciones sociales y los encuentros multitudinarios, léase, más de dos seres humanos. Me pedí una tarta de verduras y un agua mineral. Parece ser que en el Chaco va a hacer calor. No conozco esa provincia a la que mi padre solía viajar con asiduidad. Miro a la gente que espera que salga su avión. Escribir es una forma de no estar en esta situación: yo no soy la que espero ni la que como. Yo soy la que escribo y todo lo demás se subordina a este acto fundador de mi diferencia. La tarta es espantosa. Una ensalada hubiera estado mejor. Creí que era imposible que la verdura supiera mal. Bien, mi teoría salta por el aire con esta tarta. La ensalada, al menos, hubiera obviado la nefasta mano del cocinero.
Los aeropuertos son sitios de observación antropológica. Prefiero, claramente, las estaciones de tren. Cerca de mí, un hombre habla y su mujer hace cinco minutos que se pinta los labios, deteniéndose cada tanto para decir que sí. Ahora que ella ha terminado, él habla por teléfono celular, lo que funciona, a posteriori, como una devolución a la falta de atención del pintarrajeo. Una mujer joven acaba de entrar al bar, seguida de su marido que arrastra un carro rebosante de valijas. Él es dos ellas, pero ella tiene cara de tragedia por los dos. El hombre sigue hablando por celular; pero ahora tiene, en la otra mano, un sandwich que mastica cada tanto. Supongo que cuando cuelgue, la mujer volverá a pintarse.
Natalia me ha pedido que identifique a los dos poetas que viajarán conmigo en el avión; pero, ¿qué cara tiene un poeta? ¿Cómo podré reconocerlos? ¿Me paro sobre las butacas y grito sus nombres? me inclino por pensar que son los que ahora están leyendo, pero lo descarto por prejuicioso. ¿O acaso la industria editorial se alimenta de poetas? Quizá uno sea este señor mayor que, a mi lado, juega con su smartphone. ¿O el ser intrínseco del poeta, la quintaesencia de su poeticidad lo inhabilita para toda actividad banal? Otro truco prodría ser observar las manos. Pero, ¿y si el poeta hace albañilería para comer? Siempre existe la posibilidad de que ellos me contacten a mí. Al fin y al cabo, soy la que escribo. Es sencillo darse cuenta de algo así.

1 comentario:

Spaghetti dijo...

La poesía no está escrita en la cara del que la escribe, sino en el alma del que contempla la belleza...lo tenías dificil, para identificarlos en el anodino vestíbulo de un aeropuerto...Me he quedado con la curiosidad de saber si lo conseguiste.
Un Bsazo

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