sábado, 21 de septiembre de 2013

Los pájaros caninos

A Pedro los pájaros lo tenían podrido. Él entendía todo, pero eso de que se comieran el alimento de los perros era demasiado.  ¿O no les había puesto alpiste en unos simpáticos comederos que clavó en medio del jardín? Y no, no había forma de que entendieran: iban una y otra vez a comerse la comida de sus dos perros. Y eso no era lo peor. Lo más grave, lo que lo ponía en un estado francamente irracional era que cagaban todo el lavadero, lavarropas y palangana incluidos. Cuando su amigo le prestó el rifle de aire comprimido para que los asustara, los muy turros se dedicaban a saltar los balines. Él tiraba y hop, los tipos daban un brinco y el perdigón les pasaba por abajo de las patas. Si hasta podía ver cómo se reían. Los pájaros no se ríen, Pedro, le decía Isabel. Pero a él nadie le sacaba de la cabeza que esa reunión de calandrias sobre el techo del lavadero era para burlarse de él y de sus vanos intentos, porque hiciera lo que hiciera los pájaros seguían comiéndose el balanceado. Y cerrar el lavadero era imposible. No sé trataba de sacarles la comida a las aves y de paso dejar a los perros al borde de la inanición. Y cada vez venían más. Si hasta debe pasarse la noticia, decía Pedro. Ya me imagino, deben andar gritándose vengan que acá hay un par de idiotas que nos alimentan. Se lo comentó al señor de la veterinaria y cuando le trajo el bolsón de veinte kilos, el empleado se rio y le dijo, Acá le traigo la comida para los pájaros. Ah, ¿te hacés el gracioso?, pensó Pedro cerrándole el portón en la cara. Ahora, además de los pájaros, se ríen todos en el barrio. Isabel trató de calmarlo, pero, a decir verdad, a ella también la fastidiaba tener que limpiar la mierda de los bichos desparramada por la pileta y el piso. Y el colmo fue el día en que entró a la verdulería y Mery le preguntó si ya habían solucionado ese "asuntito" con los pájaros. Cuando Isabel le contó a Pedro que todos ya lo sabían, la mujer apenas podía contener su furia. Así que cuando vio la torcaza entrar a los saltos al lavadero, seguida por dos gorriones  y una paloma montera, salió como una loca y se paró en la puerta a los gritos. Los perros, asustados, ladraron detrás de ella mostrando todos los dientes. Esa tarde, en ronda de pájaros, se comentó que, unas cuadras más allá, un monstruo de tamaño descomunal, con dos dragones violentos había tomado el comedero y se abrió una lista de voluntarios que desearan conformar el escuadrón que se haría cargo de reconquistar el bastión. Mientras tanto, Pedro e Isabel dormían abrazados después de festejar la recuperación del lavadero. Los perros patrullaban el lugar.

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