miércoles, 11 de septiembre de 2013

Porque hay maestros que son maestros, y otros que dictan su materia y se van

Recuerdo a la maestra de segundo grado que vivía cerca de la plaza de Gándara y me enseñó de memoria la poesía "Cultivo una rosa blanca" de José Martí, que no  he olvidado.
Recuerdo a la maestra de séptimo, la señora Egozcue, que me enseñó "Castilla" de Manuel Machado, y yo me la aprendí porque me encantaba el contraste entre el Cid y la niña, y la frase "oro pálido nimba".
Recuerdo a mi profesora de Literatura, la señorita Elena Pezzoni, que -en la década del setenta-, tenía una mirada de la enseñanza de libros tan particular. Ella me hizo leer Romeo y Julieta, la Celestina y Bodas de sangre; y yo me empeñé en aprenderme el Llanto por Ignacio Sánchez Mejía y lo recitaba frente al espejo. Muchos años después -treinta y cinco-, la llamé por teléfono y siguió enseñándome cuando dijo que me recordaba.
Recuerdo a mi otro profesor de Literatura, el señor Hugo Ilundain, que -por esas cosas de la vida- fue también profesor de mi hijo y a quien volví a ver muchos años después. Él me hizo leer El llano en llamas de Juan Rulfo y El reino de este mundo de Alejo Carpentier, y le abrió una puerta a mi vocación cambiándola para siempre de Historia a Letras. Creo que él ya sabía quién era yo.
Recuerdo a mi profesora de Latín, la señora Marta Royo, que me hizo brotar un amor -que aún dura- por el idioma madre del español.
Recuerdo a mi profesora de Literatura Española del siglo de Oro, la señora Celina Sabor de Cortazar, que me trajo libros de su biblioteca personal para que yo jamás saliera del universo Góngora en el que todavía estoy, y me hizo recitar de memoria la Fábula de Polifemo y Galatea en el examen final como si fuera una madre que quería que su hija se luciera.
Recuerdo a mi profesora de Gramática Española, la señora Ofelia Kovacci, que tenía registrado cada error que una cometía en un parcial y no aprobaba a nadie hasta que lo supiera todo y bien; la recuerdo porque me enseñó los pliegues del lenguaje y la belleza de su exactitud.
Recuerdo a mi profesor de Griego, el señor Mascialino, que me hizo leer y traducir tantas páginas perfectas.
Recuerdo a cada uno de ellos y he olvidado a otros, porque hay maestros que son maestros y otros que dictan sus materia y se van.

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