martes, 24 de septiembre de 2013

Un jardín

Al principio - en esos tres nanosegundos iniciales- son chispas. Y te iluminan por fragmentos clavándote perfumes en el estómago. Chispas azules, rojas, violetas. Como fatales estrellas fugaces a las que hay que pedir un deseo. O trenes que te pasan por encima mientras vos a toda marcha construís ese puente para que pase el tren y ponerte debajo y pedir un deseo que será que esto dure. Después es un tanteo, mover la ficha y observar el sistema (somos saussureanos y el valor siempre es posicional). Las piezas a veces son redondas, cuadradas, triangulares y vas observando cómo las toma entre sus dedos, las huele, las lame, las pesa. Es el momento en que pensás que el juego es algo serio. Entonces llegás a una extensión de tierra, y tenés ganas de que sea jardín, de llenarlo de plantas con fuertes raíces poderosas, de árboles que rocen el dobladillo azul del cielo, de pájaros que canten mientras hervís el agua, de ropa limpia secándose -mezclada- bajo el sol. Y cuando estás pensando en estas cosas ves que él ya aprontó la carretilla y la pala, y te ponés a trabajar. Y pasa un tren por arriba del puente que echa chispas y los saludan desde arriba innumerables jugadores con sus fichas redondas, cuadradas, triangulares y el pelo se les llena de estrellas  aunque sea la hora de almorzar.

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