domingo, 22 de septiembre de 2013

Una educación comme il faut

De pequeña he visto cine europeo. Mucho. Del de la Europa del Este, cuando decir "este" no era solo un punto cardinal sino también una ideología. Aprendí muchas cosas en mis libros de Gorki y de Galia Konsomola. Quise ser una pionera con mi pañuelito rojo y mis trenzas, que era más o menos como ser girl scout, pero del otro lado de la cortina de hierro que imaginaba como esas de almacén. Vi trenes que andaban en la nieve, gatos que miraban el color del alma de la gente, chicos que corrían en los Palacios de Invierno del zar recuperados por la gloriosa revolución bolchevique que mi madre festejaba con una torta roja y regalos para todos los niños de la casa. No sé si mamá hoy aprobaría todo lo que aprendí. Seguramente se criticaría con acidez comunista mi rol de intelectual pequeño-burguesa, de mocosa irredente, de "decile algo a esta chica que vos sos el padre". A esta altura poco importa mi madre ni el muro de Berlín y esos países que ya no existen y nutrieron mis fantasías infantiles mientras me preguntaba cómo hacían las bailarinas del Bolshoi para no tocar el piso cuando bailaban o de qué color era la tristeza del payaso Popov y sus osos cuando me llevaban a ver el Circo de Moscú. Sé que, con tanto cine ruso, aprendí algo mucho mejor, pero eso queda entre vos y yo.

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