domingo, 8 de septiembre de 2013

Unas zapatillas de lona azul

Una se pregunta, sobre todo a esta hora de la tarde, en que ya cayó el sol y comienza a remontar vuelo la noche, cuándo es que se enamoró de él. En ciertas circunstancias es casi imposible acertar con el momento exacto y una lo inventa, lo más literario que fuera posible para que se destaque en medio de los mil acontecimientos que suelen cercar una relación amorosa. Pues bien, debo decirlo ahora, antes de que lo olvide de una vez y para siempre, o de que me deje llevar por la función poética y lo encharque con otros relatos -menos verídicos, pero más interesantes-: me enamoré de él cuando vi sus zapatillas de lona en una foto. En ese momento, me dije que quería a ese hombre, solo porque llevaba esas zapatillas de lona. Nada raro en quien había dejado, olvidado y defenestrado a su primer amor de cuatro años porque el Romeo en cuestión había osado calzar una sandalias de plástico que llamábamos skipis. En la foto de la que hablo, él estaba sentado en la punta de una larga mesa, después de un asado. Una pierna, la izquierda, si recuerdo bien, estaba apoyada sobre el pasto, levemente levantada hacia la punta de la zapatilla azul. La pierna derecha estaba flexionada sobre la otra, y apenas se alcanzaba a distinguir el acordonado blanco escondido entre las sillas y el mantel. Entonces, antes de que la alegoría lírica del amor se lleve en andas el par de zapatillas, las rescato porque fue justo ahí, entre esos cordones y la lona azul que se perdió mi corazón para siempre. Lo demás es solo decir. Que venga a desmentirme alguno si se cree capaz de pensar en alguna otra razón que esta que cuento acá.  Con seguridad, él también lo sabía porque, cuando me invitó a tomar un helado de frambuesas en una mesita redonda de metal, el muy seductor trajo las mismas zapatillas y yo no me pude resistir a semejante insinuación.

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