jueves, 31 de octubre de 2013

Volver a casa

Volver al fulgor de la rosa, al consabido sonido de los pájaros, a la calle de tierra, al árbol que nos crece y nos deshace, a la gata que se ovilla en tu camisa y duerme, a los perros que saltan cuando entro, a las sustancias íntimas hechas de besos y salivas, al cuarto de duraznos y veranos donde escribo, al mantel de la cena que extiendo día a día, al aire libre de las sábanas nocturnas, a la lluvia que nos moja y nos sacude, a la risa que es materia celeste y milagrosa.
Volver a casa.
Y que me esperes.

domingo, 27 de octubre de 2013

Diario de una mudanza (XI): Todo empieza en un ropero

¿Quiénes son?, preguntan. Y de pronto el ropero se les llena de presillas, de botones forrados con telas de colores, de volados y tiras de puntillas. ¿Quiénes son?, dicen y el espacio se comparte a derecha e izquierda. Miran las zapatillas y camisas a los zapatos y sandalias con tacones, las pilas de blusas dulcemente dobladas, los frascos de perfumes de nombres imposibles y fragancias que saben a praderas de flores. ¿Quiénes son? Y lo nuevo se calla, misterioso en sí mismo, plegado y alisado por unas manos que ordenan por largor y colores, por texturas y en criterios que son extraños a quienes siempre estuvieran allí y se conocen desde el primer día. El sitio donde un hombre y una mujer comienzan a convivir es en el orden perentorio de un ropero. Allí se tejen los primeros coloquios e intimidades. Allí se hace verdadero el amor y la confianza: te cedo mi lugar para que pongas tus cosas/ prometo respetar tu estantería/ no invadiré tu sitio/ seré cuidadosa con el tuyo. Luego llega la tarde como una sombra con sustancia de casa y hablamos del orden, de la cocina, de si poner aquello de ese lado o de este, de cuál televisor pondremos en qué sitio, de escribir en el cuarto durazno con su ventana profunda mirando al jardín. Mientras doblo mis cosas siento el manto de tu generosidad cubriéndome para que yo sea quien siempre fui. Y te agradezco por los días vividos y los que vendrán.

viernes, 25 de octubre de 2013

Diario de una mudanza (X): Melancolía de las cosas guardadas

Hoy, despierto en esta cama, en esta casa, en esta calle enclavada en un laberinto de calles que se cruzan y se pierden. Miro mis cosas entre paredes ya ajenas y percibo la forma de desprenderme de que padezco o gozo: una toalla doblada, la muñeca que guarda campanitas, la caja de música que vino de Avignon, los vidrios de colores en la ventana por la que ahora no veo el patio oscurecido por la noche. Me pregunto entonces muchas cosas: ¿Qué es el hogar? ¿De qué manera construyo pertenencia? ¿Qué significa echar raíces? ¿Quién soy y dónde? Pienso en mis libros que son tantos y míos, en lo difícil de tirar muchos papeles, en el desprendimiento necesario y hasta catártico, en las sábanas blancas, en la gente que quedará acá cuando me vaya y en la manera que yo tendré de guardarles un rincón de mi alma. Pienso en mi hijo, de quien nunca viví a más de cinco cuadras, y en mi padre, a quien extraño hace ya tantos años. Después me caen lágrimas -esas que salen como si alcanzaran su propia vida y ruedan- y sé que no es tristeza. Mudar(se) es una nueva piel y sostengo la vieja con los dientes para que cubra los pedazos que me quedan expuestos. Sé, como siempre, que mientras vaya diciéndolo, el viento correrá entre los vocablos azules que me dicen "te estás mudando". Después, allá en el sur todo es más fácil, mirado a la distancia. Hay que dejar que pase el agua y hablar, llorar, cantar, todas las veces que sea necesario.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Diario de una mudanza (IX): Plegado

Doblo ropa. Doblo.
Y en cada pliegue guardo un recuerdo de lo que ya se ha ido.
Muda todo con lentitud de náufrago.
Esta de acá ya no es la casa en que yo vivo.
Cambia el mundo su piel de noche larga
y el aire se llena de partículas salvajes.
Pasa la delgadez de octubre por la ranura de la tarde.
Yo doblo ropa.
Y mudo, muda de azules vibraciones.
La voz es un diamante que duerme en la mesa.

martes, 22 de octubre de 2013

El mundo según Lou/ Colores (I)

Hay dos seres inmensos que no quieren jugar conmigo: uno es alto y serio y casi de mi mismo color. La otra es dorada y tiene olor a mamá. Dicen que ellos son perros, pero yo no termino de creerlo. Cuando yo sea grande, voy a ser tan alta como ellos. Lo sé. Afuera hay pasto verde y mis ojos se pierden antes de llegar al final. Me gusta esconderme debajo de unas hojas que parecen paraguas oscuros y saltar cuando él pasa. Cuando se descuida le muerdo las manos y jugamos durante un rato interminable. Si me canso me quedo dormida entre sus manos, mirando sus ojos que son celestes como el cielo, allí afuera. Ella me ha hecho una bola de lana roja y la corro por los mosaicos amarillos.Por la noche, cuando todo está negro y nadie habla más, me meto entre su cuello y su hombro y duermo allí. Tiene el perfume con el que yo llegué aquí: es un aroma anaranjado y caliente que me hace feliz. Me gusta estar viviendo en este lugar: todo tiene el color del amor: verde, luminoso, con chispazos violetas que busco saltar y atrapar. Es curioso cómo todo se tiñe de rojo cuando ellos se ríen y los dos perros sacuden las colas: es eso lo que yo debería aprender.

lunes, 21 de octubre de 2013

Impresiones

Sutilezas.
Pedazos de cáscaras caídas en el plato.
Una palabra en el borde de la sonrisa.
Un hombro que se duerme bajo los murallones.
Y el agua que pasa.
Siempre pasa.
Como el aire.
O el fuego.
Mientras la tierra permanece.
Sutil.
Bajo mis pies. 




domingo, 20 de octubre de 2013

Analogía hortícola

Solo es posible el amor en el que cada cual cuida su huerto, pero comparte los secretos del cultivo y el plato de ensalada de la cena.
(eso siento en esta hora de la noche en que rozaste mi tristeza, sin palabras y sabiendo que no quería hablar.)

Maternidad

Intenté lo imposible: ser hija.  Me quedaron jirones y vacíos duros como piedras. No pude evitar que la noche se me llenara como una hidra de cien cabezas que crecían nomás cortarlas. Después llegaba el silencio y la locura que era un hilo rojo que tejía lento su telar. Sin que yo lo alcanzara a entender las cosas podían volar en contra de toda gravedad. Es cierto que ella a veces me miraba, pero son unos ojos que yo no logro recordar.
Después intenté lo imposible una vez más: ser madre. Él y yo conocemos los rostros infinitos del dolor.
Quizá la nada del afecto y su versión total sean las caras de una única moneda y en el medio nadie que supiera separar. Ahora llueve y este es un domingo que ya debería terminar.

jueves, 17 de octubre de 2013

Diario de una mudanza (VIII): Dos días en la vida

El sol que no ha salido/ saturada de luna la noche como el viento,
Esta que no es mi casa ya/ y sus cosas que siguen siendo mías.
La delgadez de octubre metida en unas cajas.
La lámpara, la tetera de vidrio, los postigos.
La imposible belleza del recuerdo/ la factible esperanza del futuro.
Las palabras que esperan /y que cobijo pronto.
Lo que me das a manos llenas.

martes, 15 de octubre de 2013

Silencio de madrugada

De todos los silencios prefiero el de la madrugada, cuando todos aun duermen. En ese único instante solo debo lidiar conmigo misma, y tengo todas las oportunidades en la palma de la mano. Después, el día va gastando sus fichas y hay que aguardar que vuelva a salir el sol para recomenzar. A esta hora nadie habla, ni siquiera yo. El lenguaje es solo una posibilidad entre muchas otras y los pájaros cantan sin que los asesine el sonido. Tu respiración es acompasada y profunda, y te digo que sigas durmiendo. En esta época del año, los días amanecen fosforescentes como piedras de carbunclo azul. La calle de tierra hacia la avenida ha de estar húmeda de rocío y el alcanfor llueve sus flores diminutas que abren el aire matinal. A esta hora no se dan explicaciones, no se encienden relatos. Solo hay silencio, interrumpido de vez en cuando por un sorbo de café.

lunes, 14 de octubre de 2013

Sol de lunes

Atrapo el sol con la mano para que me moje de luz los dedos y las palmas. Caen sus gotas amarillas sobre mi carne y se estremece mi piel con sus costuras de hilos invisibles en donde late suave mi historia de mañanas. Me levanto apenas para no despertarte. Hago silencio, pero me canta el cuerpo como un pájaro en medio de las ramas. Es lunes todavía y el sol me da vueltas en los cabellos: una corona de luces en el reino.


domingo, 13 de octubre de 2013

Diario de una mudanza(VII): Un espacio en el placard

Estimados vestidos:
Es hora de que lo sepan. ¿Para qué seguir con esta incómoda circunstancia que solo los llena de arrugas y flores marchitas? Procederé a explicarles, breve y concisamente, la situación. Es bien simple: les tocó el costado izquierdo. En realidad, debo ser sincera y decir que lo elegí. Sí, como escuchan, fui yo. Cuando me dijeron qué lado prefería, dije el izquierdo. Pura elección ideológica quiero comunicarles. Él llenó el momento de pragmatismo: dado que duermo de ese lado también, es más práctico que el derecho que le correspondiera a él; ya que así podríamos acceder a nuestras cosas sin cruzarnos en encrucijadas matinales. Así quedó definida y zanjada la cuestión. A decir verdad, no me importaba demasiado el costado. Ya saben que tengo algunas dificultades con la lateralidad y que, para saber si es izquierda o derecha, debo pensar qué mano uso para escribir. Es más, yo propuse para mí un ropero en otro cuarto; pero me sacó carpiendo. Y tenía razón. A veces me paso de rosca con Annie, la huerfanita. Así que, en unos días, los voy a doblar con mucho cuidado y los descolgaré en su nueva residencia. ¿Se acuerdan cuando hace unos años les dije que ya no teníamos  alegría de vivir? Qué suerte que no me prestaron mucha atención y no dejaron que sus colores se apagaran ni que sus puntillas y presillas se aburrieran de estar en la percha. Hicieron bien, muy bien, en seguir brillantes y perfumados. Se los agradezco de corazón. Así que ahora prometo coser bolsitas de tilo y alcanfor para que la vida les enerve las hebras y los haga bailar toda la noche en el costado izquierdo del corazón...perdón, del ropero, quería decir.

sábado, 12 de octubre de 2013

Lou/ una nueva habitante de la zona sur

Cuando mi alumna Sofía dijo que me regalaría un gato, yo pensé que no era una denominación genérica; sino un sustantivo masculino hecho y derecho. Así que empecé a pensar cómo lo llamaría. Y en mi cabeza apareció la palabra "Rojo". Como los seres humanos tenemos esa manía por darle un sentido a la historia de nos acontece, comencé a buscar una explicación. Me llamo Rojo de Orhan Pamuk es un libro bellísimo sobre la escritura y la ilustración, Rojos eran los repúblicanos del 36. Y me gustaba. Ayer, el padre de Sofía apareció en la escuela con una caja donde estaba ella: negra, de casi dos meses, flaquita, frágil. Y gata. Sustantivo femeninísimo a más no poder. Me subí al auto que me esperaba, salió de la caja, se instaló en mis brazos y a la altura de la entrada a la 9 de julio se durmió con la cabeza metida en mi blusa. Entonces, pensé en cómo llamarla. Con cierta lógica me dije que si no era Rojo, bien podía ser Roja. Apenas respiraba, y le colgaban las patitas negras como desmayadas. Sentí que el nombre impone una personalidad, una forma de pararse ante la vida. Ella no era roja, era de color azul. Claramente azul. Entonces me dije que debía llamarse "Bleue". Pero no sonaba feliz. Hasta Lomas barajé nombres de toda clase y procedencia y los fui rechazando por excesivos, pretenciosos, inadecuados, muy largos, carentes de musicalidad, por parecidos al de alguno de los perros. De pronto recordé a Lou, en aquel verano en Le Castellet, larga, delgada y sumergida en su libro, mientras la ciudadela medieval estallaba colorida a su alrededor. Entonces supe que la durmiente debía llamarse Lou. Como Lou Andreas-Salomé, susurré, además. Y descendí con una gata que ya era Lou y ahora duerme como un ovillito debajo de la mesa donde escribo estas palabras con las que inauguro su vida junto a nosotros en el sur.

viernes, 11 de octubre de 2013

Diario de una mudanza (VI): Distancias/El gran lector de Brecht

El tiempo, dicen,  es una condición del conocimiento (como el espacio) y de la experiencia. Su dimensión la define, pura y exclusivamente, la subjetividad. De niña, me gustaba quedarme sola en mi cuarto con los ojos cerrados. Apretaba con furia los párpados y veía los distintos colores que se iban formando en mis pupilas. Giraba para ponerme de cara al sol, o bajaba el rostro, y en mi cerebro brillaban unas manchas de colores que me gustaba ver pasar. No recuerdo haber sentido angustias, excepto las que mi madre me imponía sin que yo entendiera por qué.  Me crié en esa soledad que tenemos los desamparados que, por fortuna, en medio de la desolación,  tenemos alguien, que  a la distancia, muy a la distancia, vela por nosotros para que el desamparo no sea aún peor. Mi padre, guardián alejado de mi soledad, supo hacer lo que era necesario para mí: llenar la extensión de mi tiempo con libros. Quizá no fuera conciente de lo que me estaba regalando -o tal vez sí, él era "El gran lector de Brecht"-. Mi padre me enseñó a poblar mi tiempo, a que estuviera donde yo estuviera siempre era posible inventarse una realidad para que los segundos que pasan no sean mero pasar. Porque tal vez se trate de eso: de que nada sea un mero pasar. Y yo aprendí. Ahora que lo pienso, he tenido muchas conversaciones con mi padre, muchas más de las que suelo recordar; y, en todas, él me decía lo mismo: hay que aprender a no dejar pasar el tiempo. Así que, las dos horas en que voy y las dos en que vengo de Olivos hacia Turdera; del Sur hacia el Norte están trazadas en el espacio como una larga línea y yo voy con mi mundo a cuestas, con mis libros, con mi libretita y mi telefonito para escribir, con mi música. Y en esa línea extensa y acumulativa  ya he empezado a construir las primeras edificaciones: solo están trazados los planos, ya crecerán y se desbordarán las casa, la vegeratción como una selva álmica, los pájaros, los insectos, los peces... y un día, seguramente, no me dejarán subir al transporte de tanta gente que lleve conmigo. No importa, ese día caminaré y tendré mucho más tiempo para seguir habitando el tiempo y la distancia, como me enseñó el gran lector de Brecht.

jueves, 10 de octubre de 2013

Diario de una mudanza (V): La frontera

Siempre viví de un lado de la frontera, de esa línea que separa la capital del país del interior. Incluso dentro del territorio porteño solo he habitado cierta zona conformada por Chacarita, Colegiales, Belgrano R y Parque Chas. Excepto un año, hace treinta y siete, siempre estuve en el mismo lugar, del mismo lado del límite. Podría discutirse si se trata de adentro o afuera, o de qué interior para que el que haría falta un sutil exterior. La cuestión quizá no tenga tanto que ver con conceptos de referencia relativa ya que emergen a partir de la subjetividad enunciativa. En definitiva, se trata de una y lo otro, y, en este caso, de la geografización de esa relación. El asunto consiste, pues, en el lugar desde el que se ve y cómo esto modifica el paisaje, eso que se constituye a partir de la subjetivización del afuera y de la internalización de lo otro. En resumen y en criollo, siempre viví de la General Paz para el río, esa gran avenida que bordea la capital como un lazo y la separa del resto del país, con el ancho río color del desierto hacia atrás. ¿Qué significa entonces elegir ahora el otro lado, salir del recinto conocido y, paradojalmente, pasar a estar en el interior? Me obsesiona pensar que el paso que doy alejándome de mi barrio de calles circulares, de calles que tienen un centro como un punto, sea irse al interior. En todo caso, debería pensar que pasar del otro lado será descentrarme, salir de mí y de mi segura confortabilidad, con todo el riesgo y la aventura que significa cruzar el mar simbólico de mis propios Sargazos donde las superficiales corrientes cristalinas ocultan lo que pasa, curiosamente, en el interior. Como fuere, tras de esta frontera antaño estaban los indios y sus malones desbocados que herían con su más allá de la barbarie gaucha, los últimos fortines de la civilización, país este que, a lo largo de su historia, ha trazado fronteras que solo había que transgredir, como esta costumbre de mi vida tranquila y porteña que ahora decido pasar para vivir en el resto que es la contrapartida de ese centralismo de Buenos Aires, en el borde exacto de Pavón, batalla  que terminó para siempre con la dicotomía entre el puerto y el interior o se quiso recordar como eso para no admitir el fracaso de esa oscura relación. Que de fronteras entre el afuera y el adentro está hecha mi propia civilización.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Diario de una mudanza (IV): Listas

He buscado una libretita que una amiga trajo para mí desde Munich hace ya unos años. La busqué porque tiene un collage de mapas en las tapas, y es pequeña y alargada. Y escribo en ella cosas. Muchas cosas. Pero sobre todo, listas. Yo soy la que escribo listas. Soy la lista que listo. Con todas las ambigüedades de una frase que se hace necesario aclarar. O no. Lo mejor del lenguaje es como se abre para florecer en los demás. Las listas ordenan, sistematizan, anclan la desmesura y la vorágine. Las listas son paradigmas que clasifican incluso a la manera de la enciclopedia del emperador chino de Borges que cita Foucault en su Les mots et les choses en cuya aparente alogicidad revela su racionalidad. Listas. Listas. Dar una coherencia a lo caótico de mi propia realidad.

martes, 8 de octubre de 2013

Diario de una mudanza (III): Fotografías

Le tengo miedo a las fotografías: son retratos que vienen del pasado a dar cuenta de un tiempo que ya no está, imágenes analépticas que se estampan en la luminosidad del presente y comunican lo efímero de los instantes devorándose a sí mismos como una ensoñación.

lunes, 7 de octubre de 2013

Diario de una mudanza (II): Una llave y espero

Pongo la llave en la cerradura y espero. No abro aún. Pienso en todos los días en que he repetido este gesto: la llave, dos vueltas, el empujón para abrir y la entrada al patio. Pienso. Ahora estoy con la llave en el hueco y espero. Respiro profundo y espero. Miro la luz en el pasillo blanco que se va volviendo nocturnamente azul y espero. El mundo está construido sobre mapas que desconozco y no alcanzo siquiera a leer: prefiero que me lleven las mareas y bajamares adonde suba el sol.  Hay muchas formas de atravesar la realidad; la mejor es dejarme atravesar por ella: que me traspasen las penas, las nostalgias, cierta  melancolía y las sutiles alegrías de la felicidad. Espero los sueños y su tejido de hadas y sirenas como gotas sobre mis ojos. Sé que todo se está por hacer entre nosotros dos y ntonces doy vuelta con lentitud a la llave en el hueco: solo hay que comenzar.

domingo, 6 de octubre de 2013

Diario de una mudanza (I): Desarmar y partir

Hay un mundo que se acaba: lento y plácido final de años incontables. Juntaré durante días mis cosas en cajas, valijas, canastos; y arriaré mis recuerdos encerrados entre esas paredes que cobijaron infinitos momentos: aquellos viajes, las páginas escritas, los libros que fundaron mi memoria, los amores que se llevó la muerte. Iré envolviendo en pañuelos y papeles la loza, los cubiertos; y un día de verano echaré llave y caminaré ese pasillo hacia otro mundo que se inaugura: lento y plácido comienzo de días luminosos. El camión andará por las calles circulares de mi barrio y yo, con mis cosas, protegiéndolas para que nada las lastime en el traqueteo que marcan asfaltos y adoquines. Saldré después hacia avenidas que llevan hacia el sur suburbano, y cantarán los pájaros mi viaje: golondrinas azules, torcazas y calandrias hogareñas, colibríes tornasolados. Y llegaré a una casa de vidrios y de soles, de luces trasparentes y mañanas de lluvia. Y así, el corazón como una flor abierta, habré mudado mi vida lejos de Parque Chas, hacia otra vida.

sábado, 5 de octubre de 2013

Concubemus/ Primera persona del plural

Hemos hablado tejiendo lazos delicados como cintas de sueño. 
Hablamos de la vida, pausados y tangenciales, para decir lo que queremos y, quizá, nos atemoriza. 
Sin embargo, ese miedo es una boca que nos sonríe suave: un verano, un viaje, una casa. 
Después nos llenamos las manos con otras circunstancias y nos reímos de nosotros mismos. 
Pienso en vos, en las hojas de menta, en el deseo de ambos costados de la sábana, en correr las hojas como quien acomoda el pasado, en los besos como collares enredados en la alegría. 
Pienso en mí, en mis días de antes, en mis terrores diarios como los vueltos en monedas, en mi corazón vulnerable y mi fragilidad disfrazada de armadura brillante. 
Pienso en nosotros y mi alma se llena con la felicidad de las mañanas en el sur.
Hay una nueva vida que nos merecemos vivir.

jueves, 3 de octubre de 2013

Atardecer de primavera

Voy a cortar el viento.
Triturarlo en mi boca.
Marcarlo a dentelladas.
Verlo caer.
Y cuando deje de soplar sus frases de dolor imposible,
sumergiré mi cuerpo en esas aguas
y nadaré,
lejos del horizonte
donde
tarde a tarde
el sol sangra su perfil incompleto
hasta morir de luz.

Bonjour, Oliverio (II)




Mi querido  Oliverio:
Otra vez yo, Marie-Louise.  Querría que supiera que, en estos meses  en que tuvimos la dicha de encontrarnos,  usted que necesitaba  una mujer que supiera volar y yo, un hombre que pudiera conectarme con el suelo, y de acompañarnos he sido muy feliz. La posibilidad que usted me ha regalado a manos llenas de sentir la hierba en las plantas de los pies, el agua en el cuerpo y los besos en la boca, ha sido incomparable para mi corazón de pájaro fugitivo.  He aprendido de usted la maravilla de hundir las manos en la tierra  para depositar las plantas, de escuchar los sonidos que estallan en el silencio de los árboles, de  querer a los animales que nos rodean. Ha desenredado usted las malezas de mi corazón, los túneles de mis miedos, los fantasmas de mi historia. A lo largo de estos meses, mi querido Oliverio, he conseguido verdadera carnadura: duermo como corresponde, me alimento como Dios manda y sueño con una vida donde los cielos y la tierra se continúen  uno en otro.  Espero, tan siquiera, que usted haya sido igual de feliz y que el  vuelo al que casi lo he obligado siga llevándolo por el cielo de nuestro afecto muchísimos días más.

Con amor, Marie-Louise

martes, 1 de octubre de 2013

Quiero volver a casa

Quiero llegar a casa después de un día interminable: lejanía de frío, la fecha de la risa, vuelo de pájaros dormidos, ser la que lee a tu costado, perfecto mundo. Quiero llegar a casa para siempre que es ahora y después: países floreciendo en un plato, el deseo de la luz en la luz,  posibles palabras revestidas de besos, la madera que crece. Quiero llegar a casa y volver a tus ojos: la bolsa del mercado, el pespunte y su hilo, las tazas de colores y el surtidor de agua, la pelea perdida de las siete, el espejo sin grietas, los susurros debajo de las sábanas, las ventanas abiertas. He caminado mucho sin querer detenerme. Es hora.
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