jueves, 3 de octubre de 2013

Bonjour, Oliverio (II)




Mi querido  Oliverio:
Otra vez yo, Marie-Louise.  Querría que supiera que, en estos meses  en que tuvimos la dicha de encontrarnos,  usted que necesitaba  una mujer que supiera volar y yo, un hombre que pudiera conectarme con el suelo, y de acompañarnos he sido muy feliz. La posibilidad que usted me ha regalado a manos llenas de sentir la hierba en las plantas de los pies, el agua en el cuerpo y los besos en la boca, ha sido incomparable para mi corazón de pájaro fugitivo.  He aprendido de usted la maravilla de hundir las manos en la tierra  para depositar las plantas, de escuchar los sonidos que estallan en el silencio de los árboles, de  querer a los animales que nos rodean. Ha desenredado usted las malezas de mi corazón, los túneles de mis miedos, los fantasmas de mi historia. A lo largo de estos meses, mi querido Oliverio, he conseguido verdadera carnadura: duermo como corresponde, me alimento como Dios manda y sueño con una vida donde los cielos y la tierra se continúen  uno en otro.  Espero, tan siquiera, que usted haya sido igual de feliz y que el  vuelo al que casi lo he obligado siga llevándolo por el cielo de nuestro afecto muchísimos días más.

Con amor, Marie-Louise

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