viernes, 11 de octubre de 2013

Diario de una mudanza (VI): Distancias/El gran lector de Brecht

El tiempo, dicen,  es una condición del conocimiento (como el espacio) y de la experiencia. Su dimensión la define, pura y exclusivamente, la subjetividad. De niña, me gustaba quedarme sola en mi cuarto con los ojos cerrados. Apretaba con furia los párpados y veía los distintos colores que se iban formando en mis pupilas. Giraba para ponerme de cara al sol, o bajaba el rostro, y en mi cerebro brillaban unas manchas de colores que me gustaba ver pasar. No recuerdo haber sentido angustias, excepto las que mi madre me imponía sin que yo entendiera por qué.  Me crié en esa soledad que tenemos los desamparados que, por fortuna, en medio de la desolación,  tenemos alguien, que  a la distancia, muy a la distancia, vela por nosotros para que el desamparo no sea aún peor. Mi padre, guardián alejado de mi soledad, supo hacer lo que era necesario para mí: llenar la extensión de mi tiempo con libros. Quizá no fuera conciente de lo que me estaba regalando -o tal vez sí, él era "El gran lector de Brecht"-. Mi padre me enseñó a poblar mi tiempo, a que estuviera donde yo estuviera siempre era posible inventarse una realidad para que los segundos que pasan no sean mero pasar. Porque tal vez se trate de eso: de que nada sea un mero pasar. Y yo aprendí. Ahora que lo pienso, he tenido muchas conversaciones con mi padre, muchas más de las que suelo recordar; y, en todas, él me decía lo mismo: hay que aprender a no dejar pasar el tiempo. Así que, las dos horas en que voy y las dos en que vengo de Olivos hacia Turdera; del Sur hacia el Norte están trazadas en el espacio como una larga línea y yo voy con mi mundo a cuestas, con mis libros, con mi libretita y mi telefonito para escribir, con mi música. Y en esa línea extensa y acumulativa  ya he empezado a construir las primeras edificaciones: solo están trazados los planos, ya crecerán y se desbordarán las casa, la vegeratción como una selva álmica, los pájaros, los insectos, los peces... y un día, seguramente, no me dejarán subir al transporte de tanta gente que lleve conmigo. No importa, ese día caminaré y tendré mucho más tiempo para seguir habitando el tiempo y la distancia, como me enseñó el gran lector de Brecht.

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