viernes, 25 de octubre de 2013

Diario de una mudanza (X): Melancolía de las cosas guardadas

Hoy, despierto en esta cama, en esta casa, en esta calle enclavada en un laberinto de calles que se cruzan y se pierden. Miro mis cosas entre paredes ya ajenas y percibo la forma de desprenderme de que padezco o gozo: una toalla doblada, la muñeca que guarda campanitas, la caja de música que vino de Avignon, los vidrios de colores en la ventana por la que ahora no veo el patio oscurecido por la noche. Me pregunto entonces muchas cosas: ¿Qué es el hogar? ¿De qué manera construyo pertenencia? ¿Qué significa echar raíces? ¿Quién soy y dónde? Pienso en mis libros que son tantos y míos, en lo difícil de tirar muchos papeles, en el desprendimiento necesario y hasta catártico, en las sábanas blancas, en la gente que quedará acá cuando me vaya y en la manera que yo tendré de guardarles un rincón de mi alma. Pienso en mi hijo, de quien nunca viví a más de cinco cuadras, y en mi padre, a quien extraño hace ya tantos años. Después me caen lágrimas -esas que salen como si alcanzaran su propia vida y ruedan- y sé que no es tristeza. Mudar(se) es una nueva piel y sostengo la vieja con los dientes para que cubra los pedazos que me quedan expuestos. Sé, como siempre, que mientras vaya diciéndolo, el viento correrá entre los vocablos azules que me dicen "te estás mudando". Después, allá en el sur todo es más fácil, mirado a la distancia. Hay que dejar que pase el agua y hablar, llorar, cantar, todas las veces que sea necesario.

No hay comentarios:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...