domingo, 27 de octubre de 2013

Diario de una mudanza (XI): Todo empieza en un ropero

¿Quiénes son?, preguntan. Y de pronto el ropero se les llena de presillas, de botones forrados con telas de colores, de volados y tiras de puntillas. ¿Quiénes son?, dicen y el espacio se comparte a derecha e izquierda. Miran las zapatillas y camisas a los zapatos y sandalias con tacones, las pilas de blusas dulcemente dobladas, los frascos de perfumes de nombres imposibles y fragancias que saben a praderas de flores. ¿Quiénes son? Y lo nuevo se calla, misterioso en sí mismo, plegado y alisado por unas manos que ordenan por largor y colores, por texturas y en criterios que son extraños a quienes siempre estuvieran allí y se conocen desde el primer día. El sitio donde un hombre y una mujer comienzan a convivir es en el orden perentorio de un ropero. Allí se tejen los primeros coloquios e intimidades. Allí se hace verdadero el amor y la confianza: te cedo mi lugar para que pongas tus cosas/ prometo respetar tu estantería/ no invadiré tu sitio/ seré cuidadosa con el tuyo. Luego llega la tarde como una sombra con sustancia de casa y hablamos del orden, de la cocina, de si poner aquello de ese lado o de este, de cuál televisor pondremos en qué sitio, de escribir en el cuarto durazno con su ventana profunda mirando al jardín. Mientras doblo mis cosas siento el manto de tu generosidad cubriéndome para que yo sea quien siempre fui. Y te agradezco por los días vividos y los que vendrán.

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