sábado, 12 de octubre de 2013

Lou/ una nueva habitante de la zona sur

Cuando mi alumna Sofía dijo que me regalaría un gato, yo pensé que no era una denominación genérica; sino un sustantivo masculino hecho y derecho. Así que empecé a pensar cómo lo llamaría. Y en mi cabeza apareció la palabra "Rojo". Como los seres humanos tenemos esa manía por darle un sentido a la historia de nos acontece, comencé a buscar una explicación. Me llamo Rojo de Orhan Pamuk es un libro bellísimo sobre la escritura y la ilustración, Rojos eran los repúblicanos del 36. Y me gustaba. Ayer, el padre de Sofía apareció en la escuela con una caja donde estaba ella: negra, de casi dos meses, flaquita, frágil. Y gata. Sustantivo femeninísimo a más no poder. Me subí al auto que me esperaba, salió de la caja, se instaló en mis brazos y a la altura de la entrada a la 9 de julio se durmió con la cabeza metida en mi blusa. Entonces, pensé en cómo llamarla. Con cierta lógica me dije que si no era Rojo, bien podía ser Roja. Apenas respiraba, y le colgaban las patitas negras como desmayadas. Sentí que el nombre impone una personalidad, una forma de pararse ante la vida. Ella no era roja, era de color azul. Claramente azul. Entonces me dije que debía llamarse "Bleue". Pero no sonaba feliz. Hasta Lomas barajé nombres de toda clase y procedencia y los fui rechazando por excesivos, pretenciosos, inadecuados, muy largos, carentes de musicalidad, por parecidos al de alguno de los perros. De pronto recordé a Lou, en aquel verano en Le Castellet, larga, delgada y sumergida en su libro, mientras la ciudadela medieval estallaba colorida a su alrededor. Entonces supe que la durmiente debía llamarse Lou. Como Lou Andreas-Salomé, susurré, además. Y descendí con una gata que ya era Lou y ahora duerme como un ovillito debajo de la mesa donde escribo estas palabras con las que inauguro su vida junto a nosotros en el sur.

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