domingo, 20 de octubre de 2013

Maternidad

Intenté lo imposible: ser hija.  Me quedaron jirones y vacíos duros como piedras. No pude evitar que la noche se me llenara como una hidra de cien cabezas que crecían nomás cortarlas. Después llegaba el silencio y la locura que era un hilo rojo que tejía lento su telar. Sin que yo lo alcanzara a entender las cosas podían volar en contra de toda gravedad. Es cierto que ella a veces me miraba, pero son unos ojos que yo no logro recordar.
Después intenté lo imposible una vez más: ser madre. Él y yo conocemos los rostros infinitos del dolor.
Quizá la nada del afecto y su versión total sean las caras de una única moneda y en el medio nadie que supiera separar. Ahora llueve y este es un domingo que ya debería terminar.

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