miércoles, 27 de noviembre de 2013

La quinta de los Berger

Llueve.
Canta el gallo en la quinta de los Berger mientras se limpia las plumas debajo del alero.
De los Berger.
De María Antonia que sobrevivió en Trelew para morir en una calle y ser exhibidos sus restos en la ESMA como si hubiera estado escrito desde entonces y solo se tomara un respiro.
Llueve.
Y el gallo canta mientras el agua hace burbujas en los charcos.
María Antonia no debía morir bajo esas balas  que mataron a Ana María y  su bebé en el vientre.
El gallo canta, y la calle de tierra se llena de sonidos porque unos perros ladran y corren entre el barro y las burbujas de agua.
María Antonia, dijo el destino, que fuera la palabra.
Y el verbo hecho en su carne sobrevivió a esas balas que se llevaron la altura de Pujadas que sonreía a través con tanta Patagonia cuando las mismas balas le perforaban los ojos y él miraba a María Antonia con el tiro de gracia.
Los perros se sacuden la tormenta y corren por la calle embarrada.
El gallo canta y la mata de Santa Ritas cae en la muralla de la quinta de María Antonia que fue desaparecida para siempre en la ESMA donde llovía miedo y ladraban los perros que habían acallado los gallos en la vereda donde cayó María Antonia que no veía llover porque el frío destino se tomaba un respiro.
Patria o muerte vuelve a gritar el gallo; pero ahora en la quinta y llueven Santa Ritas como sangre.
Y los perros aúllan como destinos clavados en la tierra de barro,
María Antonia,
el barro de la historia,
que se muere de pena,
en tu quinta desierta
con gallos,
Santa Ritas,
y la memoria ardida de los perros,
María Antonia


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