domingo, 10 de noviembre de 2013

Llueve en mi novela detrás del jardín

Escribo mi novela para niños y llueve sobre las duras hojas del banano. Un perfume húmedo y terroso se levanta del jardín y moja el aire. En mi novela un niño ha perdido a su padre que, una noche, hizo eso que, a veces, suelen hacer los padres: morirse. Y allá sale, con su gato, a hacer su catábasis inicática en los túneles del Subte B. Justo ahora, los incas le han salido al encuentro en la estación del mismo nombre. La lluvia es veraniega y repentina: como ha llegado se va después de despertar los deseos salvajes de la noche en ciernes. Se oyen truenos y el aroma ahumado de las hojas que se quemaban antes de la lluvia llegan por ramalazos violentos. Canta Spinetta "Parado estoy acá, esperándote", justo en el momento en que él cruza frente a la ventana y yo levanto la vista. Nuestras sonrisas respectivas tienden un hilo transparente que nos conecta más aún. Es cierto que "ya se ven los tigres en la lluvia": pequeños felinos bebés que saltan entre las plantas y duermen en macetas verdes y descomunales gatos ficcionales que confunden emperadores incas con cantantes folklóricos de idéntico nombre. A veces el mundo es de una belleza arrobadora. Sobre todo si lo dejamos llegar.

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