martes, 17 de diciembre de 2013

Las doradas manzanas del sol/ Les pommes d'or du soleil

El niño trepaba al altillo como quien sube al cielo por una escalerita. Se quedaba unos segundos inmóvil, allá arriba, aspirando el perfume, y, luego, entraba. Pasaba primero una pierna por la abertura, después la otra, el cuerpo, la cabeza y ya estaba en medio del altillo. Aún ciegos los ojos, antes de acostumbrarse a la penumbra, se dejaba invadir por el aroma a manzanas. Cientos de manzanas amarillas y rojas, levemente dulzonas, perfectamente ácidas, colocadas con delicadeza en mesas de madera, una al lado de otra, esperando mientras perdían su tersura y firmeza y se iban esponjando concentradas en su dulzor de fruta disecada. Cientos de manzanas secándose con sus cabos arriba y sumando sus moléculas de azúcar mientras su piel arrugaba el territorio suave de su vida de fruta. Entonces paseaba entre las mesas, jugaba a armar ejércitos, batallas, historias con manzanas, y se iban las horas hasta que afuera, en la azul tarde de aquel pueblo sonaba la voz francesa de su abuela llamándolo a la mesa y él corría con el olvido infantil de los milagros. Y allí quedaban los cientos de manzanas en las mesas.

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