domingo, 15 de diciembre de 2013

Lengua y literatura (I): De cómo obligar a leer y que se den cuenta

Pienso -a veces- en el cruce entre la obligatoriedad y el placer. Pienso en las páginas leídas sobre cómo acercar los chicos a los libros. Pienso en el tan nombrado "contagio" y en el mito de "nada de lo que leí en el colegio me emocionó" y su otra versión "todo lo que de verdad fue significativo lo leí fuera de las aulas", dichos con un percing en la memoria y postura del chico de la moto en Rumble fish. Y pienso en una cultura que lima la memoria del esfuerzo como camino de construcción y allana el advenimiento del hedonismo más puro.  Entonces me recuerdo a través de todos mis años escolares, en materias que amé y otras que odié, pero fui obligada a transitar. Y tan mal no me ha ido.
No está mal "obligar" a leer. Claro que no. La lectura, por más simple que sea, es un camino cuesta arriba para nuestros chicos. Hay que seguir un sendero, paso a paso, para construir eso que llamamos significado; y vivimos en una época en la que las lecturas propuestas siguen caminos zigzagueantes, cortados abruptamente, disparados hacia otro sitio; una época que fragmenta, estalla, distrae con fuegos de artificio; una época en la que no es necesario profundizar demasiado en esto porque ya te estamos ofreciendo eso o aquello; para qué te vas a esforzar por entender, mejor gozá. Carpe diem de a cachitos y que nadie se ocupe de integrar ninguna figura final con los retazos. 
Y entonces llegamos nosotros con los libros y el mantra de "continuá hasta el final". Proponemos un sendero en el que, a lo Hansel y Gretel, hay que ir levantando piedritas para volver quién sabe adónde, pero, con seguridad, al interior de nosotros mismos. No creo que la gente sea mejor o peor porque lea. Más bien creo que el lenguaje es lo que nos hace humanos, por lo cual tenemos, los maestros, la obligación de formar esa herramienta en nuestros chicos. No podemos elegir y tampoco podemos dejar que la época imponga la norma a su manera. Hay que leer (así como hay que escribir), y hay que leer literatura, porque es el discurso en el que la lengua se dobla, se desdobla, se viste de ropajes de reina para fingir ser mendiga, se disfraza de Alina y espera en Budapest. Quien aprende a leer una novela, un poema, una obra dramática; quien puede desentrañar los artficios del lenguaje literario tendrá armas para enfrentarse a esos otros usos sociales de la lengua que no "mienten" gratuitamente como la literatura.
Y sí hay que obligar a leer, hay que obligar a agarrar el pico y la pala para llegar al fondo de la mina y comprender. Y si en el camino, sudorosos y sucios, hallamos el placer será una añadidura que dependerá de muchas variables: que el maestro esté apasionado por la búsqueda, que los chicos valoren y admiren su pasión, que él los respete y los quiera, que sienta y haga sentir que está entregándoles lo mejor que tiene de sí y que les muestre el esfuerzo que él, también, hace por entender y porque ellos entiendan. Pensar en un chico que está solo frente a un libro y que, al abrirlo, no puede comprender lo que está allí es una de las imágenes que más pena y rabia me producen.
Así como los obligamos a tomar una medicina si tienen fiebre, hay que obligarlos a leer. Sin temor. Por caminos amigables. Llevándolos de la mano con afecto y confianza en que podrán andar. Equivocándonos y corrigiendo el error. En la obligación del esfuerzo estamos construyendo un mundo con mayores posibilidades de elección.

3 comentarios:

Fabio Guerra dijo...

Julieta, adhiero hasta a las fibras a esto. Por fin alguien que lo dice. Felcitaciones por tu valor, y tu profundidad. Libro esta batalla a diario con mi hijo, que venía lector hasta que lo capturaron las pantallas y las maestras desleídas.
Gracias, muchas gracias por este ventarrón animoso.
Fabio

Fabio Guerra dijo...

Concuerdo absolutamente contigo, Julieta. Por fin alguien que tiene el lúcido coraje de sostener esto. Muchas gracias, te felicito. Libro esta batalla a diario con mi hijo, Salvador, 8 años, un tipo increíble. Venía lector hasta que lo agarraron las pantallas y las maestras desleídas.
Gracias otra vez, abrazo.
Fabio Guerra

Poeta745 dijo...

Me encantó la entrada.
Comparto tu idea. Y partiendo de allí, también se puede usar esta frase en otros aspectos de la vida: "hay que obligar a agarrar el pico y la pala para llegar al fondo de la mina y comprender"
Saludos.

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