miércoles, 18 de diciembre de 2013

Lengua y literatura (II): Nene, andá y corregí tu texto

Y un buen día, después de leerles infinitos relatos, sacamos un conejo de nuestra galera, nos disfrazamos de mago y decimos con voz seductora: "Y ahora...¿qué les parece si ustedes escriben un cuento?" Y para que ninguno se avive de la trampa reforzamos: "¡WOW! ¡Un cuento escrito por ustedes mismos! ¡Qué bueno!". Como si fuera poco y para que nadie  huya, prometemos: "Y podemos hacer nosotros mismos un libro. ¿Se imaginan entrar en la biblioteca y encontrar un libro que ustedes hayan escrito? ¡Qué emocionante! ¡Ser escritores!"
Y los chicos son chicos, nos tienen confianza y creen en cada cosa que les hemos dicho, así que, con ojos ilusionados, se aventuran y empiezan creyendo que escribir es soplar y hacer botellas. Pero más que pánico a la hoja en blanco, la escritura escolar puede ser el túnel del terror. Descontemos la creatividad que, muchas veces, los profesores nos ocupamos de matar a garrotazos: "Escribí un cuento en el que haya una botella, una escalera mecánica y una paloma salvaje. En tercera persona con focalización interna. Y el mundo representado, fantástico; por favor. Recordando que lo fantástico es ese momento de duda." Ni yo podría... ¡Dios de la literatura, asísteme!
Y el pibe, a los tropezones, escribe. Claro que escribe; pero en su cabeza, desde la primera línea, tiene un solo mandato: "Guarda que esta turra solo va a ver mis errores." Entonces plantea la escritura como una carrera de resistencia entre el error y él. No importa qué diga, si el narrador, lo fantástico o la paloma salvaje; el fantasma es el error a "no-cometer". Y está claro que el error siempre gana porque todos, absolutamente todos, hasta los más expertos, cometemos errores al escribir. Si no fuera así, ¿para qué existiría esa profesión llamada editor?
Y después de haber defendido en cuanto conciliábulo pedagógico que se precie, la necesidad de sacarles a los chicos esa idea de que los textos se escriben y ya está, hablamos de los borradores. Es más, hasta nos aplicamos y bajamos -para que vean- borradores de Borges, de Cortázar y de Homero si nos fuera esto último posible. Nos llenamos la boca diciendo que el texto es escritura y reescritura y recontrahiperescritura. Y cuando el pibe nos da su hojita arrugada, llena de tachones, nosotros se la devolvemos con unas marcas y un código abrochado para que las descifre. ¿Descifrar qué? Las piedras de ochenta y cinco toneladas con las que sepultamos su texto para que, definitivamente, no vuele más: la rayita para acá quiere decir coherencia, la que va para allá cohesión, el doble subrayado es sintaxis...Pero mirá qué edificante: ahora además de haberle hecho percha la creatividad lo dejamos más perdido que Alicia cuando se cruza con la sonrisa del gato. Y el chico piensa qué le quisimos decir con "sintaxis": ¿Qué corrija la concordancia? ¿O la correlación temporal? ¿O será que no la pegó con el pronombre relativo? Eso si tuvo suerte de haber visto en su vida algo de gramática; caso contrario, pensará que "sintaxis" indica, simplemente, que debe viajar en remise.
Cada día me convenzo más de un par de cosas:
1. Hay que enseñar a corregir los textos. Los contenidos de corrección deben estar incluidos en la curricula escolar.
2. Hay que marcar, como mucho, dos o tres errores en el texto; pero errores de armado, de macroestructura, de género, de coherencia.
3. Hay que desterrar los códigos y cambiarlos por instrucciones amables de qué es lo que esperamos que miren en su texto.
4. Hay que conservar el código para asuntos como la ortografía o la puntuación.
5. Hay que permitir que los chicos se corrijan entre sí, que sean permeables  a las sugerencias de sus pares. (¿O pensamosestar toda su vida al lado para señalarles el error?).
6. Es cierto que creemos ser fuente de toda razón y justicia, pero nos mandamos cada mocos con los chicos, así que recordemos que el texto es de ellos... y seamos respetuosos con el autor.
Escribir puede terminar siendo una batalla como la del Quijote con el odre de vino (para dejar de una buena vez a los molinos en paz), así que la próxima vez antes que decir "Nene, andá y corregí tu texto" alivianémosle la pelea dándoles herramientas para que puedan encararla. En cualquier caso, si somos inteligentes y respetuosos escribir puede ser una aventura a través de la selva del lenguaje cuyo dominio nos permitirá enfrentar y vencer a fieras de variados tamaños y pelajes con alegría y seguridad.

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