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Mostrando entradas de 2014

Un viaje/ Día 2: la familia francesa

Cada familia es un hilo que se enlaza y desenlaza. A veces las hebras se gastan y se quedan finas hasta desaparecer, en otras circunstancias el nudo es tan fuerte que hay que escarbar para soltar. Mi familia fue siempre de hebras abiertas, a simple vista parece que cada cual hace su vida sin importarle el tejido de los demás; pero de vez en cuando tomo la aguja y doy una puntada que cruza hasta el otro lado del mar. Y entonces veo que era pura apariencia eso de que nada importa de los demás: en el bordado de los que viven acá hay un lugar para que yo entre con mi hebra y hagamos entre todos un dibujo que durará después de que se acabe la eternidad.

Un viaje/ Día 1: Lufthansa

Para mi propia patología era la compañía adecuada: nada fuera de control. Pasaron por el ingreso impecables, uniformados en amarillo y azul y con cada cabello en su predeterminado lugar. Casi con paso de ganso, pero no. A la hora indicada, comenzaron llamando por clase y por fila: 49, 48, 47... Casi un sorteo para el Servicio Militar.
Al ingresar, una pila de diarios en alemán, una almohadita blanca almidonada y una frazada azul con ribetes amarillos de seda. Despegue y aperitivo o como se diga en alemán porque los tipos te hablan en la lengua del Rhin como si fuera lo más natural del plantea. Pero, claro, chabón, ¿ o vos no hablás alemán como todos nosotros? El vuelo salía de Buenos Aires, no era conexión con otro, y sacando a los que, a veinte cuadras se distinguía su germanidad, todo el resto éramos argentos nacidos y criados. Los tipos, igual, te hablan en alemán. Y yo te contesto en español así que, Margaritte, hacete un esfuercito, tan rubia, tan pálida, tan fraulein.
El aperiti…

Un viaje/ Día 0: lo que queda

La línea es punto a punto. Se parte y se regresa; de una ciudad, de una misma. A los que tenemos el amor desparramado por el planeta siempre nos falta un mango para el peso. Si estamos en cualquier acá, pensamos en allá; nunca es completo. Pero así es la vida para que sea vida: incompleta, y perfectible. En todas las familias se establecen papeles: a mí me tocó la memoria y el pespunte/ ir de acá para allá llevando los relatos -los pretéritos, los actuales, los que serán en la historia de los Pinasco desparramados por el ancho bordado del planeta. En mi maleta llevo palabras en el idioma en que mi hermano y yo fuimos haciéndonos para que Maïa aprenda su color, la espesura de sus olores literarios, la textura de sus sílabas extrañas. Yo voy: llena de libros, de fotos, de recuerdos; tan solo para unir, para que el río no se seque jamás, para que crezca la memoria y me perdure. Acá, en esto que es hoy lo que se queda, están mi gata niña, mi hijo, mi francoparlante, mi amiga Vera y una c…

Un viaje/ Día -1: Carta a una señorita en Marsella (III)

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Querida Maïa:
Y parece que lloverá. No tenemos que olvidarnos del paraguas. Ya puse el mío en la maleta. No nos va a asustar una lluviecita de invierno en París, ¿no es cierto? La cuestión es que en apenas cuarenta y ocho horas estaré bajando de ese avión para ya, de una buena vez, por fin, menos mal, era hora, darte miles de besos y de abrazos. Te llevo muchas sorpresas en la maleta y lápices para que dibujemos y escribamos. Pensaba que, si tus papás lo permiten, puedo irte a buscar un día a la escuela e irnos juntas a merendar por ahí. No sabés cómo me gustaría esperarte en la puerta de tu école y verte salir con los otros niños y la mochila en la espalda. Porque, si nos ponemos a repasar, nos debemos como cientos de salidas de la escuela, de fines de semana, toneladas de dulces y leches chocolatadas, diez cumpleaños, otras tantas Navidades y nueve Años Nuevos. Eso es demasiado para una vida. Pero, bueno, no es el momento de las cuentas hacia atrás; sino de los deseos para adelante…

Leer: la mirada de los otros

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¿Para qué insistimos con la lectura: a nosotros, a nuestros hijos, a los niños con los que compartimos la escuela? ¿Para qué les martillamos la cabeza con que lo hagan? ¿Cuál es el "beneficio" que obtendrán (porque ha de haber alguno, tan tangible como comer frutas o cepillarse los dientes, para que insistamos de tal forma e ideemos planes para que ello suceda y, encima, sea con placer...)? Damos por descontado que "hay que" leer para ser mejores, para ser más sabios, para ser más buenos, para ser, en definitiva, para ser. Siguen siendo misteriosas, para mí, las razones por las que las personas eligen leer, y, cada día que pasa, creo que hay tantas como lectores. En este rubro dos más dos no da nunca cuatro. Por ejemplo, en mi caso, dos padres lectores, una gran biblioteca y la compra de libros para niños dieron una hija lectora compulsiva, un hijo no lector acérrimo y otro casi.  Hace treinta y cuatro años que egresé de Letras y otros tantos que trabajo con libro…

Un viaje/ Día -2: las horas previas

Las horas que faltan.
Innecesarias horas y la maleta lista.
Una ciruela roja.
Una taza de té.
Dos minutos menos.
Mejor dormir.
He bebido demasiado café.
Paso la televisión de cabo a rabo.
Horas inevitables.
Siempre faltan horas para llegar al momento en que el avión se suspende en el aire y vuela y nosotros adentro con el tiempo suspendido y unas horas perdidas en la nada que recuperaremos al regresar.
Un teléfono.
La voz y las palabras de los amigos.
El calor y el deseo del frío.
Cuarenta y ocho horas más.
Después volar.
Y esa alquimia en que el tiempo se come la distancia.
Y el avión roza el suelo.
Ya.
Por fin.
Y una taza de té.

Un viaje/ Día -3: maleta

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Navidad/ madre e hijo

Hay festejos distintos. Yo, hoy, les contaré el mío. Porque es un milagro. Si pienso hacia atrás treinta días; que yo esté, ahora, escribiendo, aquí, en esta casa, es un milagro. Empecemos por decir que ni mis hermanos ni yo fuimos bautizados y que mi hijo tampoco. Él, además, tenía unos abuelos que ayunaban para Iom Kippur. Entonces  los dos festejamos porque el día está en rojo y corresponde: al fin y al cabo es un feliz cumpleaños. La cuestión está lejos de ser esa: no es el motivo el asunto o la adscripción al evento religioso. Muchos hay de agua bendita en la coronilla que serían echados a patadas del templo por el homenajeado mientras cargan las bolsas de sus incontables regalos. Nosotros no. No seríamos echados. Hemos andado demasiado descalzos sobre un piso astillado y ahora nos hemos detenido un instante a descansar. Y en ese exacto momento festejamos. Comimos, cada cual puso en su plato lo necesario y salimos en la noche silenciosa a caminar por esta parte de la ciudad en qu…

365 días

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Hace 365 días que convivimos. Mañana empezará un año más. Aquel 25 de diciembre, andando por una ciudad que dormía sus festejos de Navidad, cerré mi casa de Parque Chas. En este año viajé mucho: a razón de 80 kilómetros diarios, el total es de aproximadamente 17.000 kilómetros que, traducido a libros leídos, hace una enormidad. Y cada día en que regresé, el francoparlante me abrazó a la hora de dormir y yo, erizo por todas partes, me dejé abrazar y también lo abracé. Hicimos muchas cosas juntos y otras cada uno por su lado. Habitamos la casa, lloré, viajamos, nos reímos mucho, tuvimos perros y gatos por todas partes, discutimos, nos pusimos de acuerdo, recibimos e hicimos grandes amigos. Este 2014 fue un año de logros y superaciones y el amor estuvo presente siempre para sostener, empujar, confrontar. Siento que soy una mujer afortunada y que te quiero y elijo por todos los años que nos quedan por vivir.

Un viaje/ Día -5: El periplo

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Viajar: salir de sí.
Dejar atrás las tazas conocidas en la mesa, los manteles cuyos zurcidos hemos hecho, los saleros cascados en el borde preciso, las fuentes, los armarios...
Dejar atrás la luz que entra en el cuarto a las 11:37, el doblez de la sábana, la voz que dobla en ángulo de 90, la parra que se cae de madura.
Dejar atrás ir y venir cruzando la ciudad, los libros que no tienen lugar donde guardarse y crecen como plantas en un bosque lluvioso.
Dejar atrás la circunstancia en que nadamos como peces, la lengua que nos hace decir lo que anida en el alma y sale, los sabores del agua.
Ir hacia otros colores, diferentes aromas, ignotas tierras, desconocidos mares.
Ir hacia días helados para buscar la huella de quién fueron los nuestros.
Ir hacia niños que aguardan los abrazos porque saben a patria.
Ir hacia ciudades de nombres luminosos: Frankfurt, Marsella, París, Atenas, Carcassone, Nice, Barcelona, Burgos, Santiago, Lisboa, Sintra, Madrid; y en cada parada esperar otro viento, o…

Un viaje/ Día -9: Marsella

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Marsella tiene un puerto en el que anclan los barcos marselleses y descienden su pesca. Los pescadores gritan y hay olor a peces y  agua mezclados con las voces.  Desde una colina, arriba de un alto pedestal Nuestra Señora con su niño peronista en brazos mira la gente circular por caminos sinuosos al borde de las aguas mientras los hornos de navettes saben a azahar y a calor endulzado de naranjas. En el cour San Julien sirven unas copas con jugos misteriosos de ciruelas extrañas y una podría perderse subiendo y bajando las escalinatas del Panier hasta dar con ese sucuchito donde venden un cubo de jabón que durará más que nosotros mismos.  En la Charité han hecho un museo donde las culturas mediterráneas depositaron sus restos y hay marcas de los pies con que Odiseo y más tarde Eneas marcaron estas tierras. Me gusta estar en Marsella: es la tierra donde vive mi hermano, es la mirada perdida en tantos textos, es el amor que siento sin condiciones por mis dos sobrinos que nacieron en su…

Nietos/la identidad de todos

Cada nieto es un fragmento que vuelve, la isla que no estaba dibujada en el mapa (pero sabíamos que existía), el gajo que debía haber prendido, la palabra que faltaba acentuar.  Cada nieto se recupera a sí mismo y trae consigo a sus padres, llevados a la tortura en la honda noche de la sangre estallada; crea un nuevo organismo que vive y en el que las abuelas vuelven a tejer, los tíos cuentan cuentos que no habían querido olvidar y los primos esperan con la pelota picando treinta mil años en la vereda familiar. Cada nieto recupera lo que le faltaba a esta tierra y se sienta a la mesa en que todos comemos en una silla que le habían guardado sus papás. Brinda, canta y se deja rodear por los compañeros que sobrevivieron, los amigos, la maestra vieja de aquella escuela,  el verdulero de la otra cuadra, el peón del pueblo y la provincia vecinos. Todos pasan, lo abrazan y le agradecen porque cada nieto posee el fragmento de risa que nos falta para reírnos para siempre, para alegrarnos de que …

Querido hijo

Tejí hace tiempo en mi vientre un nido: con plumas, con dolores, con sueños y te formé en mi corazón durante meses (exactos fueron ocho y un parcito de días). Puse muchas palabras, la madre que no tuve y hubiera deseado que tuvieras, relatos, dibujitos, los libros -como siempre-, la soledad que entonces sostenía. Cuando naciste eras el que yo había soñado y mejor todavía. Yo pude lo que era: me resbalé en la niebla, anduve a tientas (que siendo madre es como andar a ciegas), dije cosas que no eran, cometí atropellos, di puntada sin hilo, quise dar y no pude. Ahora estás aquí, enfrente de mí, y te quiero: como te quise entonces, pero más todavía. Porque ahora nos vemos el alma: y está desnuda, sin ningún artificio. Después de tantos años ya no sirven las vueltas: nos vemos como somos: descarnados, fallados, doloridos, con una historia que quema y compartimos, con un cuerpo que llama, que rechaza, que necesita y grita. Y siempre la palabra que, aunque terrible, repara, acerca, invita. …

La herida

Yo venía. Con la cabeza gacha. Rumiando en el noveno estómago mis circunstancias. El pibe salió ciego, como salen los chicos cuando se llevan el mundo por delante, como cuando tienen doce años y no hay nada más que su trayectoria hacia no saben dónde. Y entonces impactamos: su vértigo y mis penas. No pude ver. Se me nubló el mundo -que, al final, no fue tan malo  entonces- y me tomé de una tabla. Alguien hablaba, pero yo no entendía. Será que comprender está ligado a ver -dijo Edipo de Tebas cuando era de Corinto todavía. Y abrí los ojos y una mujer decía: "Tenés sangre" Y todos pensaban en el chico. Yo me miré la mano que estaba toda roja y pensé en la doctora y fui y volví a buscarlo al pibe. Alguien le había dado hielo y yo sangraba. En Olivos llovía y corrimos bajo la lluvia, atravesando el parque. "Hay que coser", dijo la médica. Y me largué a llorar: mi hijo, la vida, mi madre que se ha muerto hace sesenta días, un viaje que se aleja, los años pares, mi cuerp…

El pájaro suicida

Hay una gata agazapada entre la hierba verde. Es una gata negra de ojos amarillos. Brilla su iris como una piedra fosforescente en el calor iluminado del verano. Un pequeño pájaro de pecho colorado desciende en picada a mordisquear la hierba. Repta la gata apenas separada del suelo con la mirada fija en las plumas del pájaro. Está vivo: su pecho se abre al respirar. La gata acecha inmóvil. El pájaro salta, aletea, levanta vuelvo y vuelve al suelo. Una y otra vez, en una provocación inconsciente que le costará la vida. Eleva sus ojos a las ramas, calcula a cuál desea subirse; pero permanece allí, entre la hierba verde sin ver los ojos de iris amarillo fosforescer en el pelaje oscuro. Cada vez más cerca, cada vez más sutil. Cuando la bestia queda al alcance de una zarpa del incauto pájaro feliz y ya está a punto de saltarle encima para hundir los colmillos en su cráneo con un crujir de huesos astillados, de entre la mata de lavandas otra gata -contagiadas sus pupilas de las flores azule…

Es el amor francés

Para Claudio Herna El instrumento propio de la paciencia se duerme en la ausencia de las esperas. Y crece, despacio, una garganta desabrigada que susurra. Vos traés de a poquito tu oreja para que yo le diga que los amores no tienen libros de contabilidad, que nadie debe nunca nada, que las semanas son luces y fríos y calores y lluvia que a veces filtra los techos y nos moja las manos; que la palabra tiene colores que no pueden tolerarse; pero habla. Siempre nos está diciendo que es puente que da sombra en la aridez y pone alivio con compresas de barro, que eso es el amor: un barro que se amasa con los tilos lentísimos de la tarde, un conjunto de hierbas curativas, una infusión  con que brindamos a nuestra misma salud por los siglos que nos quedan por transitar de ahora en más, una sangre que limpia como si fuera tormenta de baldazos, una luna que roza la cama en que dormimos abrazados y todo sigue siempre que es decir hoy, ese tiempo infinito en que te digo que, pese a todo, es el amo…

Poner el cuerpo

El mundo se deshace.
Quedan plumas perdidas, opacos cristales astillados, añicos de recuerdos estrellados, aludes de barro, sismos pretéritos.
Bajo los pies
tiemblan los territorios y los mapas
estallan una y otra vez.
Solo abro los ojos:
hay que prestar atención al paso sucesivo y al otro;
hay que sentir el aire que quema la garganta, que la llena de fuego;
hay que mirar la ruta intimidante
y siempre continuar:
aunque brillen los filos de las armas en los huecos inhóspitos;
aunque la suerte se permute
y cambie la peripecia;
aunque nada parezca decir sí.
Hay que seguir:
poner el cuerpo en el ojo oxidado de la tormenta
aunque caigan los rayos
y nos maten
una y otra vez.
Porque
quien no se siente deshecho,
quien no mira cómo la sangre cae de sus entrañas, 
quien no dice estoy muerta ya no puedo seguir,
olvidará la dicha
de perder las batallas,
de arrastrarse en el barro,
de oler como un demonio,
de querer reventarse la frente contra un muro
y luego
-ya de pi…

La sangre de mi sangre

En el desierto extenso, expulsada de todo, tan solo con la sombra de mis libros y una pequeña pala que busca las raíces en esa misma  tierra que desea mi alma. Rossignol, nacido en Algeciras, ¿cuándo cambió su nombre? ¿En qué exacto momento en la punta del agua se inclinó sobre el libro y le pidió a Dios que cuidara su patria que era solo el lenguaje? "Manuel, mira allá arriba.", le dijo. "¿Qué, mi Señor? Solo veo un pájaro. Es grisáceo y efímero."  "Escucha cómo canta." Y el pájaro  tembló sobre la encina y el corazón del hombre se rindió a la evidencia. "Soy esa ave que canta encima de las ramas", dijo. Y Dios le concedió su nombre Rossignol para que sangre de su sangre la buscara en los libros. 6000 volúmenes como si fueran años. Expulsada de todo, buscando mi simiente, en el desierto extenso, voy yo, la que no tiene otra patria que no sea su lengua, que no sean sus libros . Rossignol, nacido en Algueciras, mi tatarabuelo andaluz, balbuceaba …

Pensándome

Los que me toman las manos.
Los que rezan por mí.
Los que me dicen que sí.
Los que me guardan en su pecho.
Los que me ofrecen consuelos diferentes y a medida.
Los que me tejen una bufandita para el frío.
Los que me hacen tostadas.
Los que me besan desde lejos.
Los que no saben y sonríen.
Los que me acunan con sus palabras.
Los que me dan talismanes y milagros.
Los que escriben mi nombre para que sea protegido.
Sepan que,  cuando el cuerpo es un desierto inhóspito y vacío, solo se sobrevive porque ustedes están pensándome.

Frío

El miedo es una mano que no cede. Se trepa como una dentellada de bocas diferentes y no pasan las horas. Se quedan ahí, como atoradas, encimándose fuera de sí. No alcanzo a ver la vereda de enfrente. Desde este cordón es Japón, Indochina, Sumatra. Tengo un frío constante que no alcanza a calentar ni tan siquiera el sol.

El deber del placer

Hacés la carrera de Letras porque querés enseñar literatura. Te gusta leer desde que eras así de chiquita y, además, un día se te dio por escribir. Así que vos, que ibas a estudiar Historia, en la ventanilla de la Facultad cuando la tipa dice "¿Carrera?", vos decís Letras. "No, no, pará" -protesta  tu cerebro- "era Historia. Íbamos a estudiar Historia. ¿No te acordás que habíamos ido a una cosa que te hizo miles de test y dijo Ciencias Políticas y nos matamos de risa? ¡1977 y Ciencias Políticas! ¡Qué buen chiste! Historia era lo más parecido al fervor militante que no habían podido acallar en vos en tantos meses. ¿Cómo que Letras?" Y entonces, lo mirás fijo al cerebro y le decís: "Me hacés el favor y te callás: es Letras y punto." Y lo obligás a fumarse tres griegos, cuatro latines, miles de literaturas dadas por gente horrible en tiempos más horribles aún. Y encima los otros -esos incordios de la naturaleza humana- te preguntan: "¿Letras? …

Regreso a casa

Ahora voy a llegar a la esquina. Me bajaré del transporte y miraré a la izquierda para cruzar y alcanzar el cantero; después, a la derecha para llegar a la vereda. Caminaré por la calle de tierra que esta mañana tenía charcos. ¿Estarán ahí todavía? En la quinta de los Berger ladrarán los perros y en la casa de enfrente la brisa moverá un atrapasueños con sonido de cuento. En la esquina me saludará el señor de la cabina que ya sabe mi nombre. Responderé el saludo al pasar y doblaré con el perfume de los tilos como una esponja suave y fresca. Cuando corra la reja, los perros vendrán galopando a saltarme en el pecho mientras Margaux maúlla, siempre a mi derecha, sin que yo pueda verla. Lou llegará cuando haga la cena.  Desandaré el sendero de Oz hasta el patio donde el jacarandá se desmaya de lilas entre las hojas. De espaldas a la mesa, dejaré caer mi mochila sobre la mesa y habré llegado a casa como hace once meses.

Mis deudos

A veces pienso en la muerte -la mía- y en los hilos que quedarán sueltos, flotando. Pienso en los que tendrán que lidiar con mi recuerdo, hacer los compilados y olvidarme. Querría que no sufran demasiado y que aprendan a convivir con la que fui para ellos. A veces pienso en eso y lloro porque no podré hacerlo cuando suceda.

Toros

Los toros de la madrugada mugen mudos en los corrales de la sombra.
En el barro hunden las patas de su luz amarilla
y bufan en el aire traslúcido de la que aún es noche.
La furia sin yugo de la mañana les pisa las pezuñas
y extrañas rosas llueven sobre su lomo de cansancio
donde titila la oscuridad que ya se duerme entre las copas de los álamos.
Los toros -casi piedra- tienen ojos y engaños
y un pelaje rosado para cubrir  la vaca que espera masticando la  dicha en su estómago de pasos infinitos.
Hunden el hocico en las horas que vienen
y de un salto trepan las vallas de las estrellas para arrastrar el sol con que amanece.
Y del corral abierto brota luz.

Un viaje/ Día -41

Hay un hotel a cinco cuadras de Acrópolis dorada que me está esperando. Entraré en ese cuarto y veré la ciudad como era hace siglos, envuelta en mirtos y olivos bajo una luz azafranada y pura. Mi corazón aletea de gozo prematuro porque otra vez seré Casandra e Ifigenia, y diré esas palabras que volaron hasta clavarse en los techos de una Atenas perfumada y profunda; porque se llenará mi cuerpo de recuerdos que me fueron prestados en páginas de griego traducidas.  Yo soy siempre la misma y ahora atravieso la puerta de cuerno de los sueños.

Un viaje/ Día -45

Había pensado en no viajar. Tiempos que no cerraban, piedras que lastimaban, un zapato que, de pronto, era pequeño y apretaba. Pero si no he podido tapar el sol con la mano, qué haría quedándome acá. Además la vida tiene opciones: una lanza una barca al agua, si zozobra hay dos caminos: seguir andando con la confianza de que no naufragará o abandonar la travesía. Yo elijo la primera, con los ojos y el corazón abiertos. Y busco en las tinieblas de la información de qué carecen mis playas y poseen las otras: aguas más turbulentas, cierto poder para hacer doler, un abismo oscurísimo. Pero yo soy esta, la que soy, la que no puedo dejar de ser, la que no desea intercambiarse con ningún otro ser vivo de este planeta.
Y estoy a 45 días de cruzar el océano con una pequeña maleta para abrazar a muchos que me quieren y a los que quiero con la alegría de mi sangre mejor.
He comenzado la cuenta regresiva.
Allá voy.

Confianza

A veces cae una lluvia mansa -como un jolgorio de gotas que cantan con boca colorida- y se ve bien detrás de los cristales, en el regazo de la casa que ampara. Pasan las horas como bandadas de aves repentinas entre los tilos mojados y las hierbas. La oscuridad se abre en la íntima luz con las palabras y llueve, así, sobre las sábanas dormidas bajo el agua. Pero a veces el aire se llena de violencia y rasga en torbellinos la mañana. Enfurecida lluvia con cuchillos de plata, bocanadas eléctricas de sombra, encapotada lluvia que cae, hiere, anega, mata. El corazón pelea con los fantasmas de tantos animales enjaulados y llueve con dolor, con rabia, sin mañana. Quedan sin luz los lirios y las manos se ajan. Acribillan las gotas la línea de la espalda y tallan tremebundos agujeros por donde se desliza, desnuda, la confianza.  Pero -entonces-, indefectiblemente, regresa la mañana y sale el sol. Los seres vivos hacen sus abluciones, cantan. Vuelve el amor a rescatar la risa y coserla en el al…

La orfandad

Escarbo mis recuerdos en busca de la piedra luminosa que permita elaborar la pérdida que he procurado acallar, teniendo en cuenta la ausencia del dolor. ¿Quién podría llorar por carecer ahora de lo nunca estuvo? Es un absurdo, me digo. Y pienso en aquel julio, a los dos años, en que me enviaron a San Juan a festejar mi nacimiento en la casa de Dominga, la mujer que ayudaba en la limpieza. Hay una foto donde estoy detrás de un banco con una torta y un rancho con la cordillera atrás. Mis padres, en Capital, ¿qué pensarían ese día 23?  Alguno de los dos, ¿me recordaría en esa jornada con amor y se diría " es su cumpleaños y es tan pequeña y yo la he enviado tan lejos, con gente desconocida y ahora la deseo abrazar."  Yo habría cambiado cada libro, habría querido ser analfabeta a cambio de dormir una noche de niña en cama de mi madre y que ella me leyera, como una maga, los libros que tenía; aunque no entendiera ninguna de esas palabras para dormirme en el arrullo de su voz esp…

Las familias y los vidrios

Las familias se reúnen a festejar cumpleaños. Comen pasteles, brindan y se desean felices navidades, años nuevos, buenas vidas. Se regalan paquetes con cintas lustrosas o pequeños besos, dulces como la miel. En las noches, las familias se cuentan cuentos o miran fotografías para hallar parecidos y recuerdos mientras beben té. Las familias son espejos, brillantes mediodías de verano junto al mar: esa cena, ese domingo, la lluvia en ese toldo, o esos platos de color azul.
Yo miro detrás de una vidriera a las familias murmurar sus secretos de figurita imposible, veo a las madres que pasan las manos delicadas sobre el cabello de los niños que leen y a los padres que las miran hacer. De este lado del vidrio vivo con mi silencio como un lazo de fuego, y no tengo recuerdos ni parecidos ni un brazo que me acune en la tormenta ni siquiera la memoria de un pastel. De este lado del vidrio yo estoy sola: desnuda y miserable; y no hallo la puerta donde encajar una llave de hierro que alguna vez al…

Detalle

Escribir.
En la calle de tierra húmeda han caído las flores del jacarandá.
Y se recorta una textura y un perfume sobrepuestos a un contraste que atrapan las palabras.
Ahora esa calle mojada donde aún han quedado los charcos está atrás y las flores irán pudriéndose lentas sobre ese barro. Alguien las pisará y deberá cuidar no resbalarse.
Sin embargo se escribe que en la calle húmeda las flores han caído lilas y el lenguaje congela vívido el detalle para siempre.
Y cada vez que unos ojos lo lean habrá una calle embarrada y un colchón lila vibrante.
Escribir/ Rescatar la maravilla de ver lo que más tarde derrotará el tiempo.

Tejido

Se teje: dos agujas y un hilo.
Y en el medio
los ríos con aguas de milagro, y cinco peces de fría plata  clara, y unos guijarros como si fueran bocas, el cielo en espejo y las copas tan verdes de los árboles ahora.
Un punto.
Y otro.
El hilo sube y baja.
Otro y se escapa.
Volver atrás y retomar el viento que sube en la baranda y me encrespa las piernas, el borde suave de la ropa en el muslo, el perfume perdido, los besos, las mordidas, las risas susurradas.
Y las agujas y el hilo y el tejido que crece, que hay una hilera mala, muy justa, muy floja, ya perdida
Y unos ojos me miran detrás del desayuno, saltan sobre mi falda, huele a café perfecto y a esa calle de barro donde se derramaron brillantes Santa Ritas.
Solo un hilo que baja y sube y baja
Y el sonido metálico que hacen las agujas mientras tejo.
Crujen los tiempos.
Yo hablo de la vida.

Un mes

El sábado hará un mes que mi madre habrá muerto. Apenas treinta días. Y hacia atrás años con el hilo tensado como una oscura horca o curvado en una cuerda floja. Frágil equilibrista he quedado hace un mes con un pie en el vacío y el viento se ha colado, huracanado, sin darme tregua ni sosiego. Yo creo que resisto (el resto dice lo bien que lo supero); pero sé bien que, dentro, hay miles de cristales astillados que no logro  juntar: querría volver atrás el tiempo -con lo que sé ahora- para que mi vida infantil pudiera prepararme mejor para andar en el mundo; tener los ojos lanzados al latido de mi alma y un regazo donde apoyar la cabeza para que me la rocen diciéndome que todo va a pasar.

Bonjour, Oliverio (IV)

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Queridísimo:
Hacía mucho que no le escribía. Y, lo que es mucho peor aún, hacía mucho que no salía a volar por ahí. Vio cómo son estas cosas: una comienza por hache y termina por be. Cuando se quiere dar cuenta escribió cinco libros y se olvidó de volar. Imperdonable.  Es que han pasado tantas cosas en estos días: desde madres que dicen ya y se les da por morir hasta fantasmas que me golpean en las rodillas para darme miedo cada vez que intento reír. Por suerte usted -y un par de amigos que tengo andando por el mundo- me han hecho ver -un poco crudamente, por cierto- que dos más dos, a veces no es cuatro y que, en ese caso lo mejor es abrir una ventana y empezar aletear. Claro que usted, Oliverio, lo supo desde antes y me dejó envuelta en mi crisálida de silencio porque nadie se hace mariposa a los tortazos; es, simplemente, una cuestión de decisión personal. Yo soy perseverante. Mi hijo me dijo  el otro día que yo me mandaba grandes mocos -él habla así y usted lo sabrá disculpar- per…

A llorar al campito

Siempre estuvo ahí. Como un nudo diminuto. Como un pespunte que se trabó y la aguja de fino frío helado, atascada. Siempre hay que tironear. Y el viento otra vez metido entre los ovillos. ¡Habrase visto! Siempre ahí. Como una premonición. Un relámpago de intuición que espantaba como una mosca con la mano. Ahora no, se dijo, no es el momento de ver. Un rato más con los ojos cerrados.  Sí. Mejor. Y el pespunte y la aguja atascada. Cuando quiso entenderlo fue un estallido fulgurante. La mosca había devenido en elefante. Y barritaba con sus patas pesadas sobre ese amanecer que aún era madrugada. La verdad -meditó- hay que mirarla de frente y en ayunas. Y bancarse sus nudos, sus pespuntes y sus agujas atascadas en medio de la hora en que cae la luna y se lleva los velos. Una copia barata, un sucedáneo, un remedo cortado con un filo oxidado. Pero de cada nudo quedan ardiendo las palabras y su suerte de asesino serial: una tras otra en un sintagma viscoso. Lo que se dijo estuvo siempre: un n…

Signos

Hay que leer los signos,
ver el sintagma entero en que se alinean,
hurgar el hueco en donde la palabra se disuelve en su cara -la otra- de silencio.
Y ahí,
tan solo ahí,
clavar los dientes
mordisquear los lamentos,
hundir las suaves yemas
para que reverdezca nuevamente,
azul como una madrugada de domingo.
He estado de viaje de mí misma
y deseo volver
en medio de los signos.
No quiero ser la que descifre los secretos,
la receptora de todos los relatos.
Voy a cerrar los buzones y comerme la llave.
No quiero sintagmas con huecos de silencio.
Me merezco la risa.
Otra vez.
Cada vez otra vez.
Y tus ojos que miran mis palabras.

Duelos

Cuando Mariano murió -hace ya cuatro años- la ciudad era otro muerto por velar. Había esquinas por las que no podía volver a pasar porque nos veía -a ambos- como una estampa presa para siempre allí. También hubo veces en que me empeciné en  sentarme sola en la misma mesa del mismo sitio, segura de que iba a aparecer por ahí. Tardé mucho en borrar su número de teléfono, en dejar de hablarles a sus fotos. Solo me atreví a entrar una sola vez al blog que teníamos para nosotros dos y no pude ir más allá de su última entrada seguida por mis escrituras convocando la nada. Hace unos meses pasé por la esquina de la casa y no me atreví a ver a su Jeanne d'Arc. Tardé mucho tiempo en volver a leer y solo lo hice con El paciente inglés, ese texto maravilloso acerca del poder del amor más allá de toda realidad.  Ahí, alguien dice que la muerte es algo que ocurre en tercera persona y cuando él murió - y durante mucho tiempo después- yo seguí usando el "vos".
Mis otras experiencias s…

El ovillo y el amor

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Los días son madejas infinitas que estiro hacia una punta y ovillo hacia la otra. Y ahí, donde estás vos, puedo poner la cabeza entre tus manos y descansar. Porque el amor es eso: unas manos para ovillar.

Domingo

Soles.
Un ombú bajo la lluvia.
Una cesta de moras.
Unas sábanas limpias.
La tarde que se cae.
Dormir en las estrellas de tus brazos.

Día de la madre

Es necesario que el mundo se deshaga para volver a armarlo: que el cielo sea agua; que la tierra, verano; que los pájaros, gatos que le  rugen al viento. Que las cosas se enlacen de forma diferentes y que solo subsistan los sueños que nos cantan alrededor del fuego. Es necesario deshacer las costumbres y estar atentos a que quede el amor -el que te tuve el día que naciste, el que fui construyendo, el que he rescatado de días de tormentas, el que guardé del aire entre mis tibias manos y en el horizonte de un día que comienza lo abro para que eche alas y vuele atravesando barrios, ciudades, primaveras hasta tu casa y se pose en tus vidrios y te vea dormir para volver a casa y al oído contármelo.

El suspiro de Margaux

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Viene y se trepa. Primero ofrece la frente, con la cabeza gacha; luego el cuello extendido para que yo pase mi índice desde su mentón bajando con lentitud. Sobre mi brazo izquierdo, como si fuera una niña, voy sintiendo el peso entregado de su cabeza y el motor sin fin de su ronronear. Pero hay un momento, un único e imperceptible instante, en que Margaux suspira: el aire  se le escapa entre los finos colmillos y se deja dormir, entregada en la confianza de no haré con ella nada que pudiera causarle un dolor, en la confianza de que me une el amor a su alma de gata, en la confianza de que nada nos podrá alejar de esa entrega, de esa duerme vela en que mi índice roza su cuello y ella suspira antes de empezar a soñar.

FILBITA 2014

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La memoria

Los pasos perdidos
Los amaneceres huecos
Los días que se fueron
La tristeza sutil que es un desgano
La contundente que es llanto
Los párpados que cubren la mirada
Las manos como mantas
Los cabellos dormidos
La repetida boca que se calla
El perfume ajado del pasado
La palabra
La nuestra
La que nunca se dijo
Y ahora
Ya no tiene sonido
Ya no tiene sentido
Ya flota
Como la espuma vacía de la orilla
Como la arena efímera y eterna
Como la silla donde espero
Aún
Como hace miles de días
Sabiendo desde siempre
Que las aguas no traen lo que aguardo
Que no hay cosa que tenga más dolor que este silencio.
Que lo fue podrá no ser
Pero
La ausencia que tiene su ejercicio
Seguirá así
Aunque el relato que teja la memoria esté lleno de trampas
Consolaciones vanas que tienden la piedad
Donde antes hubo horror
El teatro
La catarsis
La distancia
Más tarde o más temprano
La conciencia

Mi madre era pequeña

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Mi madre era pequeña como un pespunte, pero la hebra de su hilo se extendía por surcos infinitos: atravesaba llanuras de hielos que estaban allí desde antes de los erizos prehistóricos; pasaba por montañas de acero incorruptible; daba la vuelta por ríos que bajaban turbulentos en un alud de lodo y sangre; se demoraba en desiertos de tierra inerme y seca. Mi madre era pequeña y muchas veces había que acunarla para que se callara con palabras que yo siempre desconocía o no podía retener. Mi madre cabía en el hueco de una mano que nunca fue la mía y ya no lo será porque su memoria es un clavo pequeño, tal vez una tachuela germinada, que se hunde en el calendario de mi existencia desde hace muchos siglos atrás. Y yo, que llevo a cuestas mi colección de muertos, a los que les canto mis canciones de miel cuando la lluvia los deshace donde sea que estén, pienso en mi madre tan pequeñita, tan tachonada, tan pespunteada en su rostro de niña que me mira desde el amor que nos quisimos tener y n…

Bueno, ya está

Quiero dormir hasta que el día cambie y se lleve esta extraña tristeza compuesta de vacíos, esta nostalgia de caramelos rotos y papeles perdidos. Quiero dormir hasta que suba el sol y entibie las aristas y abra las ventanas, y los cuartos astillados de la infancia vuelen entre los vidrios con un viento de aquellos. Quiero tener un fragmento de cielo que sea todo mío donde yo pueda dibujar con unas tizas húmedas las caricias que debí haber merecido alguna tarde de portafolio nuevo, un fragmento de cielo donde suene otra vez la voz grisácea de mi padre hablándome para que yo comprenda la urgencia  repentina de su historia. Esto es un duelo -ni más ni menos otro- no solo de una muerte sino el entierro de lo que nunca fue y deja mordeduras indelebles y oscuras. Quiero dormir hasta que vuelva otra luna redonda, cristalina, sea la madrugada y yo diga: "Bueno, ya está", se suelten los pespuntes y me importe una nada lo que no haya pasado sino lo ancho y hondo que pueda suceder de …

Miranda y la tempestad

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Llamo a mi hermano Mariano porque necesito saber cómo él, justamente él, está en estos días. Quizá siempre tenga la sensación de velar por el bienestar de los que hemos  quedado desparramados por el mundo. Tal vez ser hermana mayor sea un poco esto: llamarlos para ver si necesitan alguna cosa en la que yo los pudiera amparar. No me es fácil hablar con él. Lo quiero extensa y profundamente, pero la palabra, que tan ligera y obediente suele ser para mí, se agosta con él (como con mi hijo, pienso). Nos decimos un par de cosas que arañan superficies y me pasa con su hija menor de tan solo 8 años. Miranda es tal como Shakespeare pensó a su personaje: un hilo que permite flotar y rescatar el amor. Entonces de heroína a heroína de tragedia inglesa nos entendemos: "Cuidalo mucho a tu papá.", le digo y agrego, "Dale muchos besos, pero muchos, muchos." "Claro, tía. Yo ya sé.", me dice. Y la tempestad deja de soplar. "Sos una princesa que tiene que abrazar al …

Mon petit frère Pablo

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Acabo de hablar con mi hermano, el que vive en Marsella. Ayer, su dulce Anna me dijo palabras francesas llenas de un afecto hecho de su amor a él. Quizás ahora se limpien los cristales donde todos nos mirábamos mirar. Como fuera, las palabras fluyen como peces en el agua azul de la distancia; y la familia es algo que iremos construyendo con estas nuevas piezas, como todo sistema que debe volver a ser. Mi hermano es un corazón que anida en el mío, al que yo quiero y elijo desde el día en que nació y lo nombré con sus cinco letras. Me gusta hablar con él y saber que, en dos meses, distinguiré su cara entre las cientos que pueblen ese aeropuerto de Marseille. Como siempre cuando cortamos, sé cuánto lo extraño y de qué forma mi vida estuvo unida a él. El vacío que siento en estos días se puebla con su risa y es como si mi papá estuviera a mi lado corriéndome el cabello mientras lloro. La vida es un tejido en el que los nudos se disuelven o se ciñen, según lo que podamos hacer. Tengo much…

Quizá

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Quizá se me deshagan las espinas como líquidas sombras.
Quizá se me derritan uno a uno los cristales de fuego que me cercaban como bocas solo para morderme.
Quizá me hablen las estrellas y me borden pespuntes de luces en los ojos.
Quizá pueda ver la lisura extrema de las cosas para cantarme las canciones de cuna que no tuve
y ser hija de mí y pasarme la mano por el pelo como una tímida caricia que me estaba esperando.
Ser viento
y lluvia
y sol.
Quizá ahora el amor deje la muerte atrás y sea primavera
Quizá yo ahora vea lo que ven otros ojos en mi alma.
Quizá.

Vuelo

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Querría poder volar
como si fuera un pájaro
y planear con el viento entre las plumas,
porque
en una manito apenas
me caben los momentos que jamás me entregaste
y
un agradecimiento:
haber aprendido de niña
a andar sobre mis piernas para alcanzar mi cielo
a nadar en mi miedo para ver la otra orilla
a apretar bien los párpados en medio de la lluvia.
Lo demás
-lo que la gente dice que fue haber sido hija-
eso lo desconozco
y me iré de este mundo sin haberlo sabido
porque no me enseñaste
ninguna otra cosa que no fuera largarme al ruedo del silencio.
Y tal vez haya sido de verdad que tu último gesto fue también el primero.
Ahora estoy al borde del abismo
pero ya sé de qué sustancia está hecho mi vuelo.

Hoy es el día

La muerte es una extraña visitante que nunca nos dice de qué manera debemos comportarnos. Incomoda como un traje que falla, como un sombrero que nos sacude el viento. Y nos deja desnudos. A veces se lleva a los seres que amamos. Otras, a nuestra madre. Y entonces nos quedamos pensando qué deberemos hacer para saldar la cuenta que nos quedó pendiente. Lloro, pero lo dijo Homero, lo hago por mis males.
Ojalá hayas sido alguna vez feliz.

Un día.

Un día, mi madre se morirá. Y el verbo está ahí, en la pantalla. Y lo veo,  inmóvil, sin que yo pueda entender lo que sus sílabas presagian. Diré ese día futuro que ella se ha muerto y no usaré ninguna metáfora para un hecho común -al fin y al cabo, en este instante a cientos de personas se les están muriendo madres-. Pienso hacia atrás y no hay recuerdos que pudieran nadar hacia la luz o el algodón tendido; no hay mesas donde se amasen las caricias como pájaros sorprendidos ni tan siquiera el soplo de una palabra melodiosa. Querría yo saber hoy, a no se cuántos  días de esa fecha ignota, si la muerte traerá la tristeza o la rabia, si sentiré el vacío de la batalla que nunca dejó otra cosa que no fuera una sórdida prosa y un fragor de caballos enloquecidos, violentos, desbocados. Y lo que no aprendí del amor y ya no será nunca, ¿en qué ojos volverá a no habitarme detrás de los cristales zurcidos con mis manos? Un día, ella se morirá. Y dejaré de sentir por fin esta agonía, tan hondame…

Azul fosforecido

¿Alguna vez miraste el cielo a esta hora?
Fosforece de azul.
Cantan los pájaros y alguien, lejano, los acompaña.
Afuera el aire pespuntea su tibieza y el sol se desnuda entre nubes celestes.
Voy encendiendo luces en la casa dormida como si fueran piedras arrojadas en el sendero largo de otro día.
El agua borbotea en la cocina y la gata se ovilla junto a la ducha con su nostalgia de peces.
Hablo con los habitantes invisibles de la mañanas y me responden con su humedad de pámpanos.
Salir tiene algo de sirenas y ceras, algo de precipicio diurno, algo de sumersión en las horas calientes que duermen todavía.
Y sin embargo, salgo.
La calle está vacía y amanece.
¿Alguna vez miraste el cielo a esta hora?

Feliz cumpleaños para el francoparlante

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Hoy cumple años. Los mismos que yo. Hace ya 21 meses y dos cumpleaños que festejamos. Cada mañana me despìerto con sensación  gusano y él me obliga a mutar como mariposa: pese a mis miedos, mis desplantes, mis malos modos, mi tono de pizarrón viviente. Hubo quienes no daban ni dos centímos por nosotros y hemos transitado 6000 libros, 9 perros, 7 gatos, y varios momentos de pura intimidad. A su lado he conocido la alegría, que es mucho más profunda y verdadera que la felicidad.

Para Vera Roggero Fernández

Eso dijo Odiseo

Qué es de la línea suave y gris y temblorosa que me anuda los dedos con su cuerpo de gasa cuando pretendo hablar pero enmudezco y vuelve la nostalgia a invadirme las horas eternas del regreso.
Eso dijo Odiseo mientras Calipso le alargaba el tiempo en inmortalidades varias.
Eso dijo: yo solo lo repito.

El viento

Peino mi corazón como si fuera agua y guardo mis palabras en los bolsillos del silencio. Después me miro en el espejo y veo: lo que no quiero, como un zurcido transparente e irremediable que se oculta, pero que lo descubro en el canto matinal de los pájaros. Algunas metamorfosis me atemorizan más que los roedores e intento regresar a la nostalgia de los sitios perdidos. Las alas pierden sus plumas; los peces, sus escamas y todo se hace como viento que pasa. En alguna estación van quedando maletas y paraguas que se habían perdido. A esta hora exacta caen los mismos milímetros de agua: en Siberia, en Manhattan o dónde caiga el agua con esa derechura imperdonable. Yo atravieso desiertos empapada de lluvia. El día se vuelve un áspid incomodísimo y me duele el costado, ese lado insaciable  que marca a dentelladas.  Después viene la noche que cubre las vitrinas y se alza en los patios. En el ruido de postigos ya dejo de pensar y cierro todo, inclusive los ojos para que cese el vértigo del …

De la furia a la reflexión: o de cómo se fueron los aplazos

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Mi primera reacción fue saltar a la yugular. Nos quitan el arma neutrónica, se iguala para abajo, no se premia el esfuerzo, se les va a regalar la nota, serán todos unas bestias brutas, etc., etc. Roja de furia, de indignación, de fastidio.  Y después me di a pensar que la evaluación no debería medir resultados, que tendría que prestar atención a los procesos que despliegan todos y cada uno de nuestros chicos y que, muchas veces, el piso que ponemos para el siete resulta inalcanzable para muchos. ¿Eso significa que no estudiaron o que no se esforzaron o que no aprendieron? ¿Cuántas veces muchos colegas que aullaron esta vez  le pusieron siete a un chico porque, aunque no sabía eso que queríamos que supiera, se había matado para llegar a saberlo?  Y recordé aquella vez, hace mucho tiempo,  que, en un primer año, alterada, les dije. "Ustedes no aprenden nada." Se hizo un profundo silencio, alguien levantó la mano y dijo: "Yo aprendí a separar en sílabas." Y otros se an…

Ser maestros

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Enseñamos a leer y escribir: desde que las letras son jeroglíficos incomprensibles, y luego monigotes despatarrados que se resisten a obedecer. Enseñamos a leer y escribir que es mostrar un camino para aprender a descifrar una ruta que se abre en infinitos senderos. Enseñamos a leer y escribir que es internarse muy adentro para hallar las palabras que nombren los fantasmas, las alegrías, las tristezas, las rabias: los que son propios y necesitan los verbos que los nombren. Enseñamos a leer y escribir que es volver transparente la risa y los sueños que han soñado los otros poniéndoles palabras. Enseñamos a leer y escribir que es ir desenvolviendo el pensamiento de a pasos chiquititos para que se haga propio, inédito e insólito. Enseñamos a leer y escribir que es -para nosotros, los que enseñamos- aprender a ver las cosas desde otra perspectiva, que es pensar cómo caminar al lado del que anda aprendiendo, que es darse cuenta de que no podríamos hacer otra cosa que enseñar a leer y escri…

Amor de madre

¿Cómo se tramita querer a una madre? ¿En qué lugar se tira el ancla si al pensarlo no hay otra cosa que un vacío agudo y una lluvia que no cesa  y un pantano de bestias desatadas y una agonía igual o parecida a la que asesinaba las siestas infantiles? ¿Cómo se hace para decir que debo sentir lo que el conjunto común de los mortales y ver mi propio rostro recto, duro, inconmovible y ninguna otra cosa que esa herida que no se cierra nunca y mancha todo? ¿Por qué no puedo ser más buena y olvidar el silencio a que fui sometida y transformarme en una suave enfermera perfecta -aun sabiendo que no la calmaré- y asistir con ese afecto neutro que deviene del urbanismo y la amabilidad? ¿Qué son estos pinchos y espinas que me crecen para no entregarme por tamaño temor a la zarpa que ruge aunque sea una anciana pequeña que se pierde en su cama? ¿Por qué no puedo perdonar y seguir?

Del realismo y los niños que leen

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Harta de que el chico leyera los relatos fantásticos de Cortázar en clave realista, me di por vencida y dije: "Mientras puedas justificar tus  apreciaciones..."  Al fin y al cabo, cada cual lee con lo que trae y le es dado.  Pará, pará: ¿qué decís? ¿Exclusivamente realista a los 16? ¡Uff! ¡Algo huele mal y no es, precisamente, en Dinamarca!  Porque estoy en contacto diario con muchos niños y jóvenes cuyas edades oscilan entre los 5 y los 17 años puedo afirmarlo: el realismo avanza a zancadas, llevándose puestos los universos maravillosos y fantásticos. De seguir con la tendencia nos veremos cohabitando con niños en edad escolar incapaces de ver más allá de lo materialmente tangible, niños a los que ningún genio maligno les torcerá la verdad de sus fidedignas percepciones. Me hablarán ustedes de Potter o de Narnia o de Tolkien.   Perfecto: denme tanques editoriales capaces de vender a su madre y leeremos lo que fuera. Yo no hablo de consumidores, digo lec-to-res. Sin poner en tel…

Mi madre, esa lectora

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Por circunstancias extremas de su vida (mi abuela murió cuando ella tenía siete años y su padre los dejó para casarse con otra) mi madre solo fue a la escuela hasta los 12 años. Nunca pudo dejar de ser la niña que le habían robado: caprichosa, egocéntrica y malvada. No le fue fácil vivir a mi madre y yo pagué las consecuencias. Pero, a fuerza de ser honesta, esa mujer diminuta, que mide escaso metro y medio y pesa 40, que parece estar fuera de todo, ausente, taciturna y súbitamente enloquecida, me legó la lectura, que es el bien más grande que yo tengo en mi vida. Con su escolaridad primaria escasa, mi madre lee, como pocas veces  he visto en este mundo. Ella -y solo ella- ha releído completo a Dostoievski, se ha devorado a Chejov, a Tolstoi, a Proust (cuando se lo puse en sus manos). Tiene una forma de leer infantil: los personajes son seres reales para ella. Se enamora de Wallander y llora cuando alguien -a quien verdaderamente quiere- se muere. Como mi madre tiene una moral comuni…

Diario de viaje (III)

A esta hora de la mañana solo se escucha el motorcito ronroneante de Margaux que se ovilla en mi regazo y cada tanto levanta los ojos y me mira con una profundidad que yo no conocí en animal alguno. Pienso en el día que aún no se ha llenado de texturas y es una superficie sobre la que puedo dibujar cualquier sueño. El invierno comenzará a ovillar sus días y volverá la primavera. Pienso en las cosas que debo hacer en este 2014: terminar los libros (haber escrito uno completo en 30 días me alienta porque si me esmero en octubre termino los dos restantes), leer y trabajar las novelas para entregarlas en un par de semanas, y actividades así que debo ir anudando. El 2015 comenzará con heladas y niños a orillas de otro mar. Cuando pienso en el viaje, hay un muro de tareas que me impide visualizar mis propios pasos. (Nota al pie: debo caminar más ahora, para caminarme todo después) (Otra: debo darle otra oportunidad a Barcelona, ciudad que siempre me resultó hostil). Ayer hice un calendario…

La niña que se subía al árbol muy alto, muy alto, muy alto

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Había una vez una niña que se subió a un árbol muy alto, muy alto, muy alto y no se cayó.
¡Qué bien se veían las cosas desde arriba!
Los techos, la gente, las calles...
Hasta los perros que,  a veces, la atemorizaban parecían ahora inofensivos.
La niña tomó por costumbre subirse al árbol muy alto, muy alto, muy alto.
Lo hacía una vez por semana o dos.
Pero un día, vaya a saber una por qué, subió al árbol muy alto, muy alto, muy alto y se cayó.
¡Oh!, dijo la niña.
Y cuando nadie la miraba, en un rincón de su casita, lloró.
No sentía dolor.
Ni un poquito apenas de dolor.
Lloraba porque se había dado cuenta de que, ahora, cada vez que subiese al árbol muy alto, muy alto, muy alto para ver los techos, la gente, las calles, y los perros que desde arriba parecían inofensivos; lo haría sabiendo que se podía caer.

Ahogo

Hubo una palabra que se infló hasta ocupar todos los resquicios.
Después...
Después ya no pude respirar.

Ciento quince infancias recuperadas/ Ahora y siempre

Esos niños. Esos padres. Esa alegría de soñar con un mundo mejor para todos. Ese deseo de hacer, de meter las patas en el barro y construir. Y la furia. El dolor. La sangre derramada, torturada, desaparecida, robada. Trato de salir de mi corazón y pienso -desde afuera, como si me fuera dada esa distancia- en lo que significa arrojar un hombre de un avión, acribillarlo a balazos, y pensar que es posible cambiar la identidad con un simple truco. Pienso en la belleza, en la entrega, en el remover las piedras para hallar los vestigios, no de la muerte sino de la vida que siguió latiendo, aun en las condiciones más adversas. Pienso en los huesos que faltan enterrar y en los niños que aún quedan por hallar. Y a la vez, junto con las lágrimas, anido un orgullo histórico: por las madres, padres, hermanos, tíos, esposas, maridos, abuelas y abuelos que buscaron sin detenerse nunca y por todos los que marchamos año a año con ellas, ahora y en los tiempos democráticos en que la regla era el olvi…

La chica que teje palabras

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Tejo palabras de una hebra larga.
Tan larga que podría dar la vuelta al mundo dos veces.
Y sobraría lana,
todavía.
Un punto arriba.
Un punto abajo.
Agujas de tinta en para tejer palabras
con sus puntos de luz
de agua
de árbol verde
de pájaro mojado.
Palabras una fila arriba otra fila abajo.
Santa Clara los puntos.
Arroz.
Palabras elástico que se llenan de viento,
porque si hace frío me pongo mi saco repleto de palabras y cuando me aburro un poco le destejo los puños y lo vuelvo a tejer.
¡Esta chica!, decían mis hermanos, ¿quién la entiende? Desteje para volver a tejer.
De lo que  no se daban cuenta era de que mi ovillo crecía, crecía y ya daba otra vuelta más.
Un día, mi abuela, que tenía una canasta repleta de retacitos de lana, me enseñó a tejer palabras con una sola aguja.
¡Qué bueno!, grité yo. Entonces podía dibujar con la otra, que es como tejer pero sin palabras: solo de puro color.
Y empecé a tejer con una aguja derecha y otra izquierda distintas, pero a la vez.
¡Esta chica n…

Carta a una señorita en Marsella (II)

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Querida Maïa:
Quizá en l'école oíste hablar de la revolución del 14 de julio. Quizá ya sabés que los franceses la pasaban muy mal porque tenían unos reyes un poco egoístas a los que no les importaba mucho que el pueblo pasara hambre. Dicen, pero vaya uno a saber si es verdad, que una vez le dijeron que el  pueblo no tenía pan, y ella contestó: "Que coman torta". Imaginate si iban a tener torta cuando les faltaba una simple baguette. Estos dos reyes, Luis XVI y María Antonieta, que están enterrados en una hermosa catedral de París que se llama Saint-Denis, se hicieron un palacio impresionante que ahora es un lugar para visitar. Porque el pueblo podía pasar hambre, pero ellos vivían a lo grande. Entonces en julio de 1789, los franceses se hartaron e hicieron una revolución  y fue algo tan, tan importante que le cambió la cabeza a muchas personas en el mundo. Acá, en Argentina, unos señores que admiraban mucho a los revolucionarios franceses y sus ideas de que todos éramos …

De viaje (II)

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(c) Julieta Pinasco
Soñar Marsella, la bella.
La de las calles apretadas del Panier.
La de los barcos y el Vieux Port.
Soñar Marsella, la de navettes anaranjadas
y sardinas perfectas.
La del niño de oro,
la del niño de oro en brazos de la madre,
la del niño de oro en brazos de la madre en la colina más alta
y debajo la mar.
Soñar Marsella,
con sus barcos colgantes,
sus mosaicos exactos,
sus islas con castillos diminutos.
Soñar Marsella,
y el jirón de familia,
su color de alegría
y gorriones azules que hablan en francés.
Hay una  pajarita de grandes ojos negros
que me espera en los aleros de Marseille- Marignane.

Yo me pregunto

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Yo me pregunto
por qué alguien espera que una mujer dé a luz y a los dos meses la mata -como si hubiera sido un frasco donde esperar una germinación-,
por qué a las pocas horas otro arranca ese niño del seno de su madre,
por qué lo entrega a otro otro -como si fuera cosa que debiera trasplantarse-,
por qué ese otro poderoso lo da -para sacárselo de encima, para que no le pese, para que no sea su hilacha en el camino-,
por qué los otros callan durante tantos años.
Yo me pregunto
por qué el alma no les picaba
cuando miraban televisión, oían radio, leían
y sabían -esas cosas se saben, se sospechan, se niegan-,
por qué no preguntaban,
y ese alguien esperó que el otro otro, el poderoso, muriera de muerte provecta y portentosa para decir "yo creo", "me parece" "tal vez"...
Yo me pregunto
por qué se marca la esencia profunda de la vida,
la que perdura como una impronta pese a toda la muerte,
la que se dice en los sonidos pese a todo el silencio,
que traza los r…