miércoles, 8 de enero de 2014

Ana, caracoles y videos

La vida está llena. Nosotros la completamos hasta el borde para que no queden huecos donde pudiera alojarse el aleteo de una angustia. Y cual si fuera poco, encima, además y por las dudas, le damos un significado al entramado compacto. Hace días que la observo: se levanta temprano, cuando el calor está larvándose y la mañana despunta de silencios, sale, cierra con llave su casa con dos ventanas a la calle que no conozco y comienza a caminar. Tras la fachada de un andar distraído, vislumbro una cazadora de circunstancias y de interpretaciones. Va como sin mirar, pero se agacha a recoger cosas del suelo y las introduce en su bolsillo o en su bolso casi sin detenerse, casi sin ver que yo la estoy mirando desde hace meses mientras compro ciruelas, o baldeo la vereda, o espero el 113 que no me llevará ya a ninguna otra parte. La he visto cargar con sus brazos desguarnecidos una vieja Singer que le dejé e imagino que en su terraza (porque debe tener una terraza pintada de color ladrillo y con muchos limoneros en flor) ha de tener un cuarto pequeño y con techo de chapas donde guarda, prolijo y clasificado, todo lo que va juntando en sus diarias caminatas. Sé que, en los estantes blancos de su terraza, ella oculta la memoria perdida de un Agronochás al que ya no pertenezco. También sé, porque lo imagino, que cada cosa está unida a otra por lazos de relatos que ella teje cuando ordena su cosecha. La semana pasada la vi urgar en el umbral de la casa abandonada de Quirós; preguntándose, con seguridad, quién había dejado apoyados esos tres VHS que yo había colocado. La semana próxima le dejaré tres más y la otra arrastraré, justo antes de su puntual salida, la antigua videocasetera que yo guardo en  mi terraza, desde que la levanté en Hamburgo y Andonaegui, allá por el año 2001. Sé que la arrastrará, a su vez,  y se instalará en su terraza a ver las horas de video que, en años anteriores, he grabado en unas viejas cintas que alguien había abandonado en la plaza de Moscú y Belgrado. Lo que yo ahora, me pregunto, es quién, en un momento de descuido, me está llenando mi umbral de caracoles veraniegos, con lo que yo  aborrezco  esos animales.
(Para Ana López, vecina de Parque Chas, barrio que insiste en no soltarme, pese a todo)

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