martes, 7 de enero de 2014

El Parque de la Memoria


La memoria no tiene lugar. Es una capacidad humana que se ejerce y permite conectar el presente con otros hechos que pudieron ser su causa. Está anclada -siempre- en circunstancias;  y, si de memoria colectiva se trata, sumerge sus raíces en el pasado histórico, político, social y económico de un conjunto de individuos que, de una u otra manera, atravesaron juntos ese tramo. Y es misión -con lo que de entrega y sacerdocio tiene la palabra- legar esa memoria a los que no vivieron ese tiempo. Y entonces sí, los lugares ayudan porque son más que palabras -esa materia étera que es carne del lenguaje-; son anclajes concretos para decirles a los jóvenes: "Ves, acá, tu tío, tu abuelo, tu padre..." 
El Parque de la Memoria se impone por varias razones. Porque la sucesión de los cientos de nombres, uno junto a otro, habla de la magnitud de la matanza por simple acumulación. Porque, cuando se comprende que, detrás de cada nombre, hay una historia, un otro grupo de personas que esperaron a aquel que lo portaba, que guardaron sus cosas, sus fotos, sus palabras escritas; y que, cuando se dieron cuenta de que jamás regresaría, se percataron de que tampoco tenían un cuerpo para practicar el ritual de la muerte, necesario para comenzar a elaborar un duelo. Porque está junto al río que fue tumba siniestra de tantos torturados. Y tantas otras...
Ahora, el gobierno del señor Mauricio Macri se propone cerrarlo. Pero no lo hace de frente, porque sabe que sería imposible poner el rostro a semejante acto. Planea un camino hipócrita y sinuoso: no dar ningún aumento salarial a los trabajadores del Parque y otorgarles la facultad de renunciar si no les parece correcto. 
Pues bien, el Parque perdurará aunque se quede solo, aunque crezcan plantitas en medio de los nombres, aunque los mojen las tormentas y los llenen de tierra, aunque se opaquen vocales y consonantes con los días. Porque la memoria no tiene lugar: arde en nuestros corazones, une nuestras manos cuando marchamos por las calles. Porque la memoria en la República Argentina es una bandera que jamás ha caído, porque fue el fuego que nos reunió cuando pegaban duro, porque está en nuestras bocas y en las palabras, que étereas como son, pueden tener la dureza de una piedra.

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