lunes, 27 de enero de 2014

Inscripciones/ De cómo se escribe con el cuerpo

Paisajes. Sin la inscripción del hombre. Así como estuvieron antes, desde siempre. La tierra plegada muestra sus suturas, sus dobleces. Un caballo relincha y los pájaros cruzan a medio metro de mi cabeza, mientras yo escribo, como antes. sobre papel y con tinta. Y ese acto se me revela como la inscripción primera de la humanidad, lo que no le era dado, lo que fue necesario fabricar para contar: las mieses, las cabezas de ganado, los toneles de aceite: uno, dos, tres, miles. Y, luego, cómo creemos que llegamos,  de qué forma organizamos nuestra vida, cómo nos sojuzgamos los unos a los otros, la exlusión y el manto subterráneo de la mano que asiste cuando otra oprime. Y mi mano, entera, parte de un brazo, que se mueve, aterida y dura, sobre esta hoja y con esta lapicera, recuerda el dolor de escribir y se pregunta cómo olvidó esta marca que no está en el paisaje sino en la hoja, cómo cambió la costumbre del esfuerzo corporal  de escribir por una leve presión en una tecla que hace surgir la letra que ahora dibujo con cansancio, con vueltas que mi mente había olvidado y la página blanca se llena de curvas diminutas y negras que significan siglos de inscripciones, como ahora, en este instante, en que el paisaje se ha llenado de voces y, lejano, del ronroneo de un motor que no arranca; mientras los pájaros cruzan a medio metro de mi cabeza gacha.

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