lunes, 24 de febrero de 2014

Comienzan las clases

Cuando yo era chica como ustedes -sí, alguna vez yo fui pequeña-, el primer día de clases me ponía muy inquieta. La noche anterior revisaba decenas de veces los útiles, les sacaba punta a las pinturitas, acomodaba la lápicera de pluma, miraba si había forrado bien el cuaderno. En la silla estaba planchado un guardapolvo nuevo, que siempre era dos talles más grande porque "vas a pegar un estirón",decían en casa. Lustraba los zapatos y les ponía adentro las medias blancas. Esa noche me despertaba pensando que se habían olvidado de llamarme y miraba el reloj para darme cuenta de que eran las once, las doce, la una.
Después crecí, fui a la Universidad y me recibí de profesora. Di clases, escribí libros, fui a congresos y me sigo despertando cada hora la noche anterior al comienzo de clases. Anoche, por ejemplo, preparé mi mochila, dejé mi ropa sobre la silla ( que ahora tiene el talle indicado porque nadie espera que dé un estirón) y me fui a la cama. Me desperté a las doce, a la una, a las dos y treinta y nueve. Y pensaba en cómo sería conocerlos, si nos llevaríamos bien, si les gustarían los libros que pensé para ustedes.
La escuela - como todo- tiene cosas feas y cosas lindas. Es feo levantarse temprano, sobre todo si es invierno. Es feo no poder elegir no venir porque si te quedás en casa te ponen falta. Es feo estar sentado en un banco cuando tenés ganas de estar en el parque.
Pero lo que tiene la escuela de lindo, para mí, compensa cualquier disgusto. En la escuela podés aprender.  Y aprender es una de las cosas más bellas que hay, junto con la amistad, el amor, y -para mí- las frambuesas y los libros. Y que Huracán gane. Porque cuando aprendés podés tomar decisiones, entendés de qué van las cosas. Aprender es como tomar un vaso de agua y otro y otro, y que la sed se calme un rato y vuelva.
La escuela además te permite que aprendas con otros. Y eso es genial porque ayudás y te ayudan a entender, lo cual es doblemente placentero.
Así que, en este año que empezamos, yo solo quiero decirles que ojalá que todos aprendamos mucho. Yo les ofrezco lo mejor que guarda mi corazón: mi amor por la lengua que hablamos y por los libros. Piensen ustedes qué es lo mejor que tienen para ofrecernos. Y seguro hacemos trato. Bienvenidos y vaya este aplauso para todos nosotros.

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