domingo, 2 de febrero de 2014

Lengua y literatura (III): La formación de grado y la LIJ/ O de cómo nadie quiere ponerle el zapato a la Cenicienta.


Solo por hablar de los profesorados de Literatura dictados en el Joaquín V. González y en la Facultad de Filosofía y Letras ( de donde yo misma egresé hace miles de millones de años), los profesores carecen de formación de grado en Literatura Infantil y Juvenil. Es decir, muchos de los docentes que enseñarán a chicos de entre 12 y 17 años nunca fueron formados en el universo de los libros para niños. 
Para citar lo que mejor conozco, aprendí griego y latín (sus lenguas y literaturas), gramática, teoría literaria, filosofía, estética, y literaturas argentina, española, francesa, italiana, portuguesa, brasileña, norteamericana, inglesa, latinoamericana; pero nunca jamás en LIJ en la Universidad de Buenos Aires.
Soy conciente de que la praxis docente forma, pero también sé que hay profesores cuyas lagunas perduran por siglos y se transforman en inmensos mares que no están dispuestos a vadear. Y así vamos.
La cuestión es que la literatura infantil y juvenil es la Cenicienta para la Academia, y más aún: es la Cenicienta antes de que apareciera el hada madrina. Yo he sentido esa mirada que cae sobre mí cuando digo que soy docente, que trabajo con chicos de 6 a 17 años y que me dedico a la literatura infantil. No importa que coordine mi área en uno de los colegios privados más importantes del país, ni que escriba para una de las editoriales más destacadas del mundo de habla hispana: me dedico a la literatura infantil. ¡Pobrecita!
Convengamos en que los lectores se forman desde la más temprana edad, y que los libros de literatura son buenos o malos, independientemente de la edad del lector para los que estén destinados. 
Hace poco, un docente me dijo que quería que sus alumnos leyeran "autores". La pregunta de rigor sería qué convierte a, por ejemplo, García Márquez en un autor y a María Teresa Andruetto en una "no-autora". ¿El Premio Nobel? Los dos, en su quintita, lo merecieron, pero ¿cuántos saben que el Premio Andersen, otorgado por Dinamarca a los mejores autores de la literatura infantil universaly ganado por nuestra María Teresa en 2012, es el Nobel de la LIJ?
La literatura infantil y juvenil tiene sus propias reglas, que los docentes tendrían que conocer antes de salir al ruedo a enfrentar a los chicos: porque uno debe conocer al dedillo -y más aún- lo que enseña; y porque de ese primer encuentro depende la existencia de toda la literatura posterior (y sus consecuencias curriculares). 
Si no supimos encantar a un chico con un libro, si no logramos que quede prendida en su alma la historia de personajes entrañables, no habrá libros para adultos por la simple razón de que los lectores irán desapareciendo como especie. Y para ello, hay que formar docentes que valoren a esa Cenicienta a la que nadie le quiere colocar el zapato y darle el status de princesa.
Yo me dedico a la literatura infantil y juvenil. Lo hago con una pasión y alegría desbordante. Haber elegido este camino es una de las mejores y más felices decisiones que he tomado en mi vida. Y lo volvería a elegir, si tuviera la posibilidad de otra vida.
Tuve, además,  la dicha de que los libros me acompañaran desde siempre y me sirvieran de refugio, de contención y de ventana abierta desde que era así de pequeña. Lo que quiero es que la formación en estos libros no dependa de un posgrado o un seminario, sino que sea parte de los estudios de quienes, por descarte o por elección, les enseñarán literatura a nuestros chicos.
Va siendo hora de coser el traje e ir al baile munidos todos de los instrumentos para transformar el mundo de los lectores pequeños, que no son -de ninguna manera- la última galletita del tarro.

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