domingo, 23 de febrero de 2014

Padres lectores, ¿hijos lectores?

Hay un mantra que dice "Si querés que tus hijos lean, que te vean leer".
Mis padres tenían una biblioteca inmensa. Mi madre, con su escaso séptimo grado, es una lectora compulsiva. Debe ser uno de los pocos seres humanos que  ha leído varias veces  las obras completas de Dostoievski, en los tres tomos publicados en papel biblia por Aguilar.  Si el mantra fuera ley, mis dos hermanos y yo, criados en el mismo hogar, con la misma biblioteca a disposición y -mal que nos pese- por los mismos padres, seríamos tres lectores compulsivos.
(Suena una chicharra de alerta).
Pues no. Mi hermano Mariano no lee ni los chistes del periódico,  el menor supo leer cuando yo le puse el libro adelante; y yo, que soy la mayor, no hago más que leer. La conclusión pone en evidencia la fragilidad del mantra mencionado. 
 Los motivos por los que cada ser humano lee deben de ser infinitos y escapan a mi posibilidad de comprensión. Solo puedo hablar por mí misma: yo leí para ahuyentar mi soledad infantil, para escapar al terror que me producían los silencios prolongados de mi madre a una edad en que la madre es ese cuerpo que nos abraza y nos alberga. Mis hermanos -por sus escasos años de diferencia- se tuvieron a sí mismos, yo tuve los libros. Si no hubiera habido tantos en mi casa, y algún otro adulto me los hubiera ofrecido, yo habría leído igual. Porque la cuestión no estuvo ni en la biblioteca ni en los padres lectores, sino en el vacío que los libros vinieron a ocupar. El mundo dolía mucho menos a través de las palabras y el libro podía cerrarse cuando se tornaba insoportable: mi madre, no. 
Cierto es que hay infinitas maneras de hacerse el idiota ante lo real: quizá, a los seis años, leer haya sido una manera saludable que, una vez puesta en práctica, avivó el placer por los mundos sustitutivos, y la sublimación por la escritura (he asesinado a mi progenitora tantas veces a través de las palabras que ahora puedo ser la hija que la sostiene y la cuida). Los libros me han dicho lo que buscaba oír, me mostraron otros caminos, me dieron una estructura que no supo enseñarme mi madre porque carecía de eso que es "maternar": la voluntad de cuidar, de darle cuerpo al amor y poder mirar al otro con confianza. Los libros ordenaron mis emociones, me enseñaron formas de pensarme, me mostraron que somos seres de relatos, que los poemas abren las puertas de la percepción y me hicieron ser Julieta Pinasco.
Pero no soy una fundamentalista de la lectura: no creo que alguien sea mejor o peor persona porque  lea o no.  De hecho, mis hermanos no-lectores son personas de una calidad muy superior a la mía. Cada persona elige de qué forma mediar con lo real: algunos optan por la música, otros dibujan, algunos trabajan el jardín, otros tienen cientos de amigos.
Yo elegí leer. Y volvería a hacerlo si me fueran concedidas otras existencias. Y como esto último es imposible, trato de sacarle rédito a la vida que tengo leyendo un libro tras otro.
Y así alcanzo cierta clase de felicidad que es mía y con la cual no pretendo, jamás, catequizar. 
No hay universales en el deseo y la alegría: solo paraísos individuales.
El mío -como el de tantos otros- tiene forma de libro.

3 comentarios:

vico dijo...

No conocía este espacio y no conocía a la autora. Doy gracias a quien lo compartió en la red, pues por eso llegué hasta aquí y ya me he convertido en seguidora de "Acuática". Este post me identifica. Aunque en mi casa no había biblioteca, mis padres adoptivos jamás me compraron un libro, para escapar de mi entorno infantil doloroso me convertí en lectora a los cuatro años. Estoy absolutamente de acuerdo con lo expresado. Si hubiese sido por mi familia y mi barrio jamás sería la lectora compulsiva que soy. Pero por suerte existía la escuela pública, con maestras que me llevaron hasta los libros, más tarde la biblioteca pública, luego mi propia biblioteca. Los libros fueron mis mejores amigos en la infancia, en la adolescencia, y lo son en la adultez. Hoy no solo leo libros en papel, leo libros electrónicos, leo blogs, leo artículos en las redes desde mi teléfono celular inteligente, leo como desde siempre. Gracias por este hermoso texto.

Anónimo dijo...

Nunca lo había pensado así... ; pero si, hubo algo de rescate de mi timidez, de mis "4 ojos". Los libros no juzgan a nadie y siempre estan ahí.

Paty Novela dijo...

Me identifico casi totalmente con este texto, lo único que cambia en mi historia es que en mi casa no había libros, de ahí todo lo demás me retrata perfectamente. Una delicia leer a Julieta Pinasco, saludos.

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