jueves, 6 de marzo de 2014

Lengua y literatura (V) : Hablame que necesito estar viva

Hoy estaba en una reunión en la escuela y escuché a una psicoanalista que nos asesora decir que alguien (no recuerdo quién) sostenía que los niños necesitan ser tocados por las palabras, que el lenguaje les crea una primera piel que les permite, entre otras cosas, contener la dispersión y mediar con el mundo.
Entonces ya no pude seguir oyendo más: la imagen de las palabras transformándose en esa posibilidad de contener a partir del roce de los vocablos con ese niño me resultaba terriblemente poderosa. Siempre creí que la experiencia de la realidad debe de ser perturbadora para los niños, tanto que necesitan la palabra que ahuyente el miedo a esa avalancha de sensaciones que ha de suceder cuando se experimenta por primera vez el viento, o la lluvia, o los pájaros, o el mar...
Entonces -pensé- hablar con los chicos, buscar las palabras que les permitan designar lo que son, lo que sienten, el mundo cambiante que los invita y los asusta, es algo más que un ejercicio pedagógico: es  ayudarlos a construir una identidad coherente.
Las palabras nos tocan, nos buscan, nos designan, nos sirven de tabla para flotar en el ancho y encrespado mar de la existencia. Las palabras nos permiten saber que estamos vivos; y, como la piel, no solo nos mantienen unidos sino también establecen nuestras conexiones sensoriales con el afuera, necesarios vínculos para aprender a conocer. 
Yo he hecho casa de palabras: en ellas me he ocultado, en ellas me he desnudado, en ellas he aprendido a armar una sintaxis de vida, una gramática que fuera mía y me ordenara. Entre palabras he conocido el suspenso del "qué sucederá ahora" de un relato, la alegría lúdica de la poesía, la posibilidad de ser otro del teatro. Entre palabras amé a esos hombres  que ven el mundo de manera tan distinta y completan mi visión. Entre palabras crié un hijo. A veces las palabras no fueron piel sino coraza y en otras los verbos me ablandaron sinestésicamente el corazón. 
En ciertas circunstancias -como la de la reunión de hoy- la vida me regala momentos de revelación luminosa. Y ya no puedo pensar en nada más que las palabras y su generosidad.

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