miércoles, 16 de abril de 2014

La militancia ortográfica

De un tiempo a esta parte he decidido hacer oídos sordos al reclamo ortográfico de amigos, conocidos y ajenos. Por una parte, pareciera ser que los profesores de lengua somos los únicos responsables de las faltas ortográficas de los alumnos, el receptáculo de cuanta quejan tienen colegas y padres acerca de lo mal que escriben los chicos. Cierta vez, en una reunión de profesores, intenté socializar la responsabilidad y que cada cual se hiciera cargo de la escritura de su área y los mismos que se quejaban se negaron rotundamente a recoger el guante. Por otra parte, los propios docentes de lengua corrigen ortografía como si fuera la única bandera que no arriarán aunque vengan degollando.
La didáctica de la escritura es compleja. Aprender a escribir, a partir del Segundo Ciclo, cuando  se supone que los chicos ya están alfabetizados, se transforma en algo "neblinoso" que no ofrece fácilmente la punta de la piola para desenredar de un tirón. Entonces, como la falta ortográfica es detectable con facilidad, muchos maestros se calzan la lapicera roja (poco importa que sea violeta o verde, en el fondo sigue siendo mortalmente roja) y corrigen la ortografía mientras se enojan por cómo escriben esos chicos a los que -por cierto- nadie se tomó el trabajo de enseñarles  a escribir textos.
Porque de eso se trata: de que los chicos aprendan a escribir textos de diverso tipo y con diferente finalidad. Y para eso habría que enseñarles, con paciencia, estructuras, lo literario y lo académico, recursos cohesivos, ejercicios de sintaxis oracional cada vez más compleja, correlaciones verbales, la puntuación como marcación sintáctica. Habría que sentarse junto a ellos y preguntarles qué quisieron decir para ayudarlos a reflexionar sobre la distancia entre su deseo y sus frases. Pero, claro, es un trabajo lento y descomunal, entonces la bandera roja del "no pasarán" ortográfico es mucho más expeditiva y, ciertamente, menor.
En el mejor de los casos, algunos profesores arman una grilla de símbolos estrambóticos para comunicarle al pobre alumno que está mal la sintaxis, o la coherencia, o la estructura; sin ninguna instrucción precisa de lo que debería hacer para enmendarlo. Y allá va el pibe con su lista -que, con suerte, no cambia de un año a otro- de signos  y su texto a tratar de adivinar qué esperan que realice con esa oración subrayada con puntitos; porque, por otra parte, sintaxis es un contenido que nadie le termina de enseñar. Mejor resuelve la ortografía que siempre luce bien y es mucho más fácil de corregir que, por ejemplo, la coherencia textual.
Siempre pienso en los chicos puestos en la tarea de escribir. Los masetros somos seres de una crueldad sin fin. En primer lugar, diseñamos consignas de escritura que ni nosotros seríamos capaces de llevar a buen puerto. Tuve una colega que hizo escribir -a sus alumnos de 13 años-  romances (versos octosílabos asonantados en los pares) sobre sus propias historias familiares. En segundo lugar, no tenemos ningún respeto por el texto del otro que, en este caso, es justamente nuestro aprendiz: se lo llenamos de tachaduras, le imponemos nuestro estilo, lo mandamos a reescribir sin preguntarle jamás qué quiso decir para ayudarlo a conseguir eso que él deseaba y no lo que a nosotros nos parecía que debía decir. Y finalmente, lo conminamos a la escritura porque no somos capaces de despertar ese vínculo con la palabra escrita y que se llama: necesidad de comunicar lo que soy, lo que pienso, lo que siento. 
Y nuestros chicos nos obedecen y escriben, con miedo: al error, que ya saben que cometerán y que no le será perdonado; a la consigna, que no tienen idea de cómo realizar; a la lluvia de correcciones, que disecarán su producción y que no podrán resolver, y así ad infinitum.
Entonces, la ortografía es el mal menor. Para todos.
Y, sin embargo, nadie, hasta ahora, ha podido resolver la cuestión de qué hacer con la pedagogía del error ortográfico. Para muchos docentes marca una divisoria: de este lado estoy yo que me sé todas las reglas y no cometo un solo error; y del otro esas bestias -alumnos o no- que no saben escribir (versión ortográfica de la sarmientina civilización y barbarie). Otros pensamos todo el tiempo cómo hacemos con la ortografía y lo pensamos sabiendo que hay males mucho mayores que resolver y que mejor un texto bien armado y con faltas que un moco textual impoluto. Y tratamos de trabajar desde la derivación de palabras, con ayuda de correctores, diccionarios; poniendo nuestro saber a disposición de los escribas; socializando en listas las dificultades de escritura y su solución; haciendo estadísticas para saber qué reglas sí es necesario enseñar; propiciando los intercambios de conocimiento entre pares; recordando en voz alta cómo escribimos eso ayer; anticipando las dificultades.... Nada da resultados completos porque no existe la escritura ajustada cien por ciento a norma, porque los chicos están aprendiendo a apropiarse de un sistema gráfico y es esperable, sano y lógico que cometan errores. Lo importante es enseñar que a las dificultades -sean estas ortográficas o de otra clase- solo se las puede abordar reconociéndolas, buscando estrategias para hallar una solución que quizá sea por hoy y mañana haya que volver a empezar. Como en la vida misma. 

1 comentario:

Rubén Pesquera Roa dijo...

Interesante reflexión, aunque no coincido del todo, porque cuidar la ortografía y la sintaxis es darle valor a las letras. Casi siempre, quien se preocupa de estos aspectos, se preocupa también de que lo que escribe sea significativo. Si algunos ésto lo tenemos que aprender en la escuela, que así sea.

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