sábado, 26 de abril de 2014

Lejanía/

Estar lejos, como si hubiera un solo punto en el que una fuera quien es y todo lo demás fuera situarse a cierta distancia de esa que una es allí y en ningún otro sitio. Alejarse y aspirar otros olores que no son los de la casa en que una se sabe, en que una se siente, en donde respirar pasa desapercibido. Lejos, de pronto, una habla de la respiración como si el aire fuera otro. Y no solo, como si los pulmones fueran otros y hubieran olvidado qué era eso de inhalar/ exhalar. En la distancia es que una se sale, no solo del lugar que la acompaña sino, también, de los gestos continuos que nos acostumbramos a repetir: duermo en una cama que desconoce mi cuerpo, como en un plato que no he lavado con anterioridad, entro en un baño que no guarda ningún recuerdo de mi cuerpo desnudo. Sin embargoy yo: no llego a tanto en estas voces que me habitan, pero soy la más ajena  de mí, la que se ve más lejos, la que se vuelve objeto de sí. Estar lejos: no estar allí que siempre es aquí y los pronombres se tornan inservibles para expresar la magnitud del extrañarse, de ese hacerse extraño aunque el cuerpo continúe el mismo y no se pueda recordar cómo era que entonces el aire entraba y limpiaba y salía. ¿Cómo es ser yo aquí? Alguien lee a otros un texto que dice lo que hice. ¿Mi biografía intelectual? Y no me reconozco. Esa de la que hablan, que hizo lo que hizo, que dijo lo que dijo, ¿seré yo? Al final, una chica me abraza. Ha venido hasta el Chaco del centro de Corrientes. ¿Para escuchar a cuál: a la que ahora mismo habla y dice las palabras gramática y textual, o a la que ayer a la tarde se sintió desdichada y perdida en su periplo maternal? ¿Quién soy al fin? Una entonces respira, a duras penas, se trata de un acto mecánico y vital, fuera de toda voluntad. El aire entra y sale y una habla, habla, habla porque ya sabe que el lenguaje le otorga entidad y es la casa más próxima, donde le gusta estar.

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