viernes, 18 de abril de 2014

Los escritores también se mueren

Sobre si los escritores son seres humanos de lo más comunes podríamos debatir siglos enteros, porque la afirmación tiene una parte de verdad y otra de error fatal.  
La parte en que acordaríamos dice que son personas que duermen, hacen café, se cepillan los dientes, retan al hijo, pagan la cuenta del mercado, aunque esa parte no nos importa a nosotros, sus lectores. Algunos son seres humanos memorables para su familia y  amigos; otros, escorias que ni el perro quisiera tener cerca. 
La parte en que no acordaríamos es la verdaderamente importante para sus desconocidos y lectores (porque, al fin y al cabo, un lector no es nunca, ni mucho menos, un desconocido). Un escritor es un ser humano capaz de trabajar con el lenguaje que todos usamos día a día y transformarlo en otra cosa: en un acto de arte. Porque los escritores son sus libros, es decir, lo que ellos fueron capaces de construir con las palabras, lo que pudieron evocar con el lenguaje, la epifanía de un verso, los mundos que se desbordaron en sus páginas, lo que le hicieron decir a ese personaje que resonará en nuestra memoria afectiva y sensible durante el lapso que nos dure la vida. 
Entonces, poco importa si muere (es ser humano y le corresponde una medida finita de existencia): la parte que nos toca a los lectores es un recurso eternamente renovable para el que solo basta abrir un tomo y leer, releer y volver a leer cuantas veces queramos. 
Sin embargo, hay ciertos escritores que, para algunos lectores, son sus libros y mucho más que eso. Cuando mueren, una no puede menos que sentir tristeza porque, es verdad, han quedado sus libros, pero ya no habrá otros más. El lector no sentirá esa tensión expectante que se llama "ha salido su nuevo libro y qué dirá ahora". Llamo a eso la orfandad del lector. Este año yo la sentí cuando supe que había muerto el poeta Juan Gelman. En estos días he vuelto a hojear sus libros, y he pensado en el dolor de una serie finita, en la improbable magia muerta de su ausencia en las vitrinas de las librerías, en las veces en que conté los billetes y le resté dinero a mi comida para comprar Interrupciones. Y me sentí vacía y sola y dolorida.
Algunos -no es mi caso- sienten algo igual hoy: son aquellos a los que se les ha muerto García Márquez. Conocí Cien años de soledad de la mano de Josefina Ludmer, y su análisis poderoso iluminó mi lectura del  libro. Quise entrañablemente Del amor y otros demonios por esa cabellera cobriza creciendo como burbujas del cráneo muerto dela niña. Es curioso porque el escritor ha sido -sobre todo- narrador y yo lo recuerdo por sus imágenes poéticas. Vicios de lectora han de ser los míos.
Como sea que fuera, este año 2014 va matando mucha gente. Pero, como siempre, la muerte no puede con la vida porque la muy astuta se empeña en seguir llenando páginas, volúmenes, obras completas. 
Los escritores, esos seres humanos, también mueren; pero no mueren porque están hechos de sus propias palabras. Y los lectores los sobrevivirán per secula seculorum.

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