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Mostrando entradas de mayo, 2014

La patria es mayo

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Perdurabilidad

Los pequeños espacios y los nudos;
la luz en que las cosas se sumergen y renacen,
los colores  veloces contra el vidrio,
el roce de tu mano en mi cuello;
el perfume agazapado en la memoria;
la satinada tersura de una taza;
la voz queda y secreta del recuerdo;
lo que decimos y todos sus reveses de silencio;
la lluvia y sus palabras de agua;
el chocar de los platos;
la ropa desvestida en el lavado;
la risa colada  entre los besos;
la calle de tierra y elregreso;
la madrugada feroz que va hacia el norte;
los ojos de los niños;
la madre que no tuve;
el padre que ya ha muerto;
los sobrinos lejanos como peces;
el hijo que se deja;
 los libros que responden,
las horas en que vuelvo a recordarme;
el amor y su red de maravillas;
los lápices que escriben para que pueda verme;
el jardín y sus nieblas;
la vida interior de cada invierno;
los viajes, las postales, las maletas;
la harina con que amaso:
así de perdurable es el mundo

Del placer de volver sobre uno mismo para aprender

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Cada vez que, en un curso, debo evaluar me sucede lo mismo: reparto las hojas y ellos se ponen a trabajar. Yo los miro y sé que suponen que estoy controlando que no hablen, que no se pasen papelitos y todas las cosas que los chicos piensan que hacemos los profesores en el lapso en el que ellos realizan una prueba. Pero no: yo los veo con la cabeza baja, casi pegada la nariz a la hoja, y trato de imaginarme de qué forma resolverán lo que les propongo, qué ansiedades y certezas los atravesarán, qué dificultades saben que podrán sobrepasar y cuáles se les presentan, en principio, como infranqueables.
Muchas veces, en el frente del aula, o trabajando con los alumnos de banco en banco, alguno dice “No entiendo”. Esa frase nos interpela a nosotros, los maestros, que somos la otra parte de ese proceso que se da en cualquier situación de enseñanza- aprendizaje. ¿Cómo puede ser que, si yo enseñé, él no haya aprendido? Suelo pedirles que me digan qué es lo que no entendieron. Y …

Fantasmas en la lluvia

En la avenida cae la lluvia sobre el asfalto, mojado hace rato. Los colectivos andan vacìos y con las luces prendidas como de fiesta. Uno tras otro, en caravana fantasmal, con pasajeros de niebla y de llovizna que miran, con sus ojos de agua, el horizonte donde los rayos se desnudan de su traje de luces. Uno tras otros, con sus números encendidos de colores en el frente y sus asientos sosteniendo la nada y la lluvia que cae, sigue cayendo y mojará las horas de un miércoles de fantasmas mojados  que avanzan hacia el sur para morir chocados contra el frío. Ya oigo las sirenas ulular desde la orilla del río marrón, como la lluvia sobre el polvo de la muerte.

Decreto de necesidad y urgencia

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Alguien debería decretar que las madrugadas de frío son para quedarse en casa y abolir, de una buena vez por todas, los trabajos y las obligaciones que sean exteriores, que solo se permita quedarse debajo de las mantas, beber café entre las sábanas o al lado de una estufa, ovillarse a media mañana y caer en esa duermevela en que las cosas se tornan difusas y volátiles. Alguien debería decretar que hay que andar todo el día con medias de lana hasta las rodillas, pero descalza; en bata, pero con pullover; con el pelo mojado, pero con gorro; que hay que beber, cada tanto, una taza de sopa mientras se piensa que hasta septiembre falta demasiado. Alguien debería decretar que se le agreguen al día dos horas entre las once y las doce para que el atardecer llegue más tarde y una pueda verlo contra los cristales. Alguien debería hacerle ese bien a la humanidad sufriente del invierno. Archívese y dése a conocer.

Noche aún

En Turderaville es noche oscura y la casa calienta su motor para empezar el día. Hay ruido a cucharitas en las tazas y el agua de una ducha como aquella pretérita tormenta. La gata se hace ovillo y ladran los cachorros a una luna que jamás habían visto. Oigo tu voz hablarles, pienso en el día que buscará su norte: la autopista repleta, los niños y sus gritos, la comida que no cocino yo, el regreso pensando en el regreso. Es noche aún y la luz del farol se filtra entre las plantas. Hay un silencio espeso como aceite: solo se oyen mis teclas y tus pasos. Otro día se viste junto a la estufa en mayo. Alguien prende las luces: Turderaville se viste de mañana y anda.

Lo que me salva

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Estoy zurciendo palabras en la pantalla con una aguja quebradiza de tiempo.
Y la noche,
que es noche
y oscura
y algo helada,
trae vocablos que se cuelan en las líneas cosidas.
Esta mañana -eran las siete y veinte y aclaraba- la luna colgaba su medalla plateada en un cielo celeste y te dije si veías la luna. Tuve que hacer lugar para que vieras el cielo en mi almohada. Después -algo más tarde- trajimos tu bicicleta y el corazón te bailaba en el borde celeste de los ojos como si te hubieras bebido la luz de aquella luna y se te fuera derramando en pedazos de risa.
Pero antes -entre la luna, la taza de café y tus ojos contentos- leímos un relato de ramas amorosas, de princesas Verbenas y Mirtilos que buscan las raíces en los bosques profundos.
Hace días que pienso que, en los tiempos que corren, solo me salva despertar amparada en tu abrazo: que miremos la luna refulgir en el marco, que yo zurza palabras, que los ojos te bailen con su brillo de cielo.

Ilustración de Nicoletta Ceccoli pa…

Amasar pastas y mi padre

La lluvia ha aguado el domingo,
pero canta la harina su melodía de masa en la cocina.
Sube el aroma perfecto de las pastas: tomate, albahaca, ajo...
y recuerdo a mi padre, con quien algunas veces yo amasaba.
Sus ojos casi blancos de tan claros
miran el lento deslizar del palo en la mesada,
controlan el cuchillo con el que ahora voy cortando de a uno los fideos.
La lluvia trae la marejada melancólica de otro domingo nuestro.
Tenderemos la mesa,
vendrán nuestros amigos,
y mi padre -que ya no está- estará entre nosotros hecho luz de recuerdo.


La hidra de Lerna

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La familia es un animal de muchas cabezas.
Todas, sin excepción, muerden.

Que sea yo feliz

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Que sea yo feliz.
Pero de esa manera incompleta.
Que me falte una parte del cuerpo
y pueda masticarme en el vacío de alguna entereza. Porque si tengo todo,
me dejaré comer por las alimañas del olvido y la molicie
y me dará lo mismo que haya sol
o que el día esté oscuro,
que el cielo sea azul
o que naden los pájaros.
Que me falte alguna cosa que yo desee mucho como el amor de madre o los ojos de un hijo,
para que sea siempre a medias:
fragilidad perdida de la hora que pasa.
Que sea yo feliz.
Y que nunca me sea suficiente.
Como si adentro de mis aguas sonara una campana y yo no pudiera escucharla.
Para que una aguja suture mis pedazos y la luz se colara.
Siempre incompleta.
Siempre finita.
Siempre con una parte que yo desconociera.

*Ilustración de Gabriel Pacheco

Los pájaros del alma

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Temprano canta el alma en el rincón dormido de tu cuello.
En su canción descose los besos que nos dimos
y los entibia
para que den sus frutos, que son pájaros.
Abre el alma los vidrios
-yo hago café en puntas de pie y en la penumbra-
y los besos dan vuelos entre las hojas ahora amarillas de los árboles.
Después regresan a los labios
y parecen quedarse quietecitos,
 emplumando la suavidad y el vértice agudo del deseo.
La belleza es un pájaro dormido.
Y el alma, que lo sabe,
sin pretéritos que intentan derribar la arquitectura que hemos levantado,
con palabras tan locas que no tienen sentido;
el alma, que lo sabe, hace nidos fragantes en nuestros propios cuellos
y une con puntadas las telas del amor que hemos tejido
y canta
mientras la oscuridad se llena de luces que chorrean corpúsculos dorados
entre tu cuerpo que duerme
y el mío que hace café en la penumbra del silencio que ya se hizo mañana.

Polvo de hueso

Si algún día mis huesos se deshacen como tristes astillas, vidriecitos, trozos de cántaros quebrados, yo iré perdiendo la carne que sostienen, iré mirando desde afuera la gente que camina y no podré ya andar como solía. Si eso sucede, déjame en el jardín: yo seguiré escribiendo en mi cabeza infinitas historias y caerá la lluvia mientras tanto.