domingo, 25 de mayo de 2014

Del placer de volver sobre uno mismo para aprender

Cada vez que, en un curso, debo evaluar me sucede lo mismo: reparto las hojas y ellos se ponen a trabajar. Yo los miro y sé que suponen que estoy controlando que no hablen, que no se pasen papelitos y todas las cosas que los chicos piensan que hacemos los profesores en el lapso en el que ellos realizan una prueba. Pero no: yo los veo con la cabeza baja, casi pegada la nariz a la hoja, y trato de imaginarme de qué forma resolverán lo que les propongo, qué ansiedades y certezas los atravesarán, qué dificultades saben que podrán sobrepasar y cuáles se les presentan, en principio, como infranqueables.
Muchas veces, en el frente del aula, o trabajando con los alumnos de banco en banco, alguno dice “No entiendo”. Esa frase nos interpela a nosotros, los maestros, que somos la otra parte de ese proceso que se da en cualquier situación de enseñanza- aprendizaje. ¿Cómo puede ser que, si yo enseñé, él no haya aprendido? Suelo pedirles que me digan qué es lo que no entendieron. Y la primera respuesta es: “Nada”, porque, seguramente, esa es la sensación visceral del que no logra aprender lo que le están enseñando. Y cuando una indaga, cuando una dice “Tratá de pensar con precisión qué es lo que no entendiste”, el nudo comienza a deshacerse, porque nos internamos en los hilos sutiles con los que cada uno teje su aprender.
Pero, ¿por qué es importante reflexionar sobre el modo en que se aprende?
La autorreflexión es el ejercicio de interiorización que permite que los sujetos tomen conciencia de sus procesos de aprendizaje, los identifiquen y controlen para regularlos y favorecer el desarrollo de una habilidad que contribuye a su crecimiento no solo como estudiantes; sino -y fundamentalmente- como individuos. El que piensa cómo aprendió, cuánto sabía al empezar, cuánto sabe al terminar, dónde estuvieron sus facilidades, en qué dificultades se atascó definitivamente, podrá disfrutar de lo que hizo, validar sus conocimientos por sí mismo y no por una calificación, planear estrategias, abordar otros caminos para superarse y correr en los tramos en que su ruta esté libre.
Los chicos deben pensarse como aprendices (en el sentido medieval del término que definía al que entraba en un gremio a dar los primeros pasos en un oficio), es decir, como aquel que está aprendiendo algo de lo que seguramente tiene algún conocimiento antes de empezar, saberes que deberá revisar para ver con qué maleta empieza el recorrido, que se trazará él, independientemente de nuestras directivas, las más de las veces demasiado generales y abstractas.
El año pasado, en un 6to año (11 años), trabajamos duro con la estructura de la secuencia descriptiva según la plantea el lingüista Jean-Michel Adam. Al comienzo de la unidad didáctica, los chicos habían escrito descripciones, leído y analizado secuencias en textos, trabajado en profundidad aspectos gramaticales y discursivos, y, al final, les planteé un nuevo trabajo de escritura a partir de las maravillosas imágenes del álbum Emigrantes del australiano Shaun Tan. Se hizo silencio, escribieron, corrigieron solos y en grupos, como solemos hacer, y empezaron a leer. Inmediatamente noté el progreso desde aquellos primeros textos a los que estaban compartiendo. Así que paré la lectura, pregunté si notaban diferencias entre el antes y el después, y les pedí que hicieran una lista de los avances que observaban en su escritura y el porqué de esa mejora: fueron capaces de decir que manejaban la estructura y eso los ayudaba a ordenar sus ideas, que habían dejado de enumerar objetos y usaban conectores espaciales lo cual les permitía organizar las cosas en el espacio descripto, que eran conscientes de los tiempos verbales que podían usar lo cual los hacía dudar menos a la hora de escribir, que sabían utilizar el diccionario de sinónimos de Word y eso los ayudaba a cohesionar mejor el texto, entre otras observaciones. Su registro de lo que habían aprendido les permitió a ellos mismos, por sí solos, validar su aprendizaje; y a mí me puso inmensamente feliz.
Me gusta pensarme como una facilitadora, como una acompañante activa y propiciadora de procesos de autorreflexión en los chicos. Me gusta decirles “Pensá cómo lo hiciste”, “Si das tal respuesta, decime ahora cómo lograste darte cuenta”, “Repasá, hacia atrás, los pasos que caminaste para llegar acá”.
La autorreflexión de los chicos sobre sus formas de aprender, además, me permite a mí misma reflexionar sobre mis formas de enseñar, sobre mis estrategias, sobre mis logros y mis fracasos, sobre lo que debo replantearme para que la experiencia sea gratificante. Esa mirada de todos hacia nuestros procesos cognitivos nos ayuda a reconsiderar lo que hacemos, reafirmar o modificar nuestras propias valoraciones, nuestras concepciones del vínculo didáctico que estamos construyendo, nuestras expectativas sobre nosotros mismos y sobre el otro. Aprendemos a dar y a pedir, y entendemos que nuestro camino hacia el conocimiento necesita de nosotros y, además, de los demás.
Reflexionar sí; pero, también,reconocer al otro, respetar sus tiempos y procesos, saber escucharlo, demostrar interés por sus ideas, señalar con amabilidad, ser exigentes en el cumplimiento de los propósitos a la vez que tolerantes ante la diversidad, comprensivos y, en general, demostrar la pasión que se tiene por lo que se realiza y el afecto por las personas involucradas en el proceso educativo.
Así que valoro, propicio y ejercito la autorreflexión en el proceso de enseñanza-aprendizaje como toma de conciencia de los hechos que ocurren en nosotros (maestros y alumnos) cuando construimos conocimiento, porque solo si pensamos cómo lo hacemos podremos comprenderlo, interpretarlo y buscar la significación y el sentido que tiene para nosotros el saber.
La autorreflexión constituye un importante recurso que favorece el compromiso del sujeto con su aprendizaje y afecta la personalidad en su integridad y, aunque la analicemos como parte de la esfera cognitiva, lo cierto es que la trasciende; ya que se reflexiona con los recursos intelectuales, pero también participan los valores, los sentimientos, las experiencias previas, las vivencias, las emociones, las necesidades, los intereses, y los ideales.
Creo que no hay aventura más emocionante que la de aprender –tengamos la edad que tengamos, somos seres curiosos y ávidos por saber-: ser testigos de la forma en que los chicos se enfrentan consigo mismos y se superan es uno de los regalos más maravillosos de la profesión de enseñar.
Julieta Pinasco, "El placer de volver sobre uno mismo para aprender", 
Revista Tarbut, Número 30, Año X

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