domingo, 22 de junio de 2014

¿Por qué leer?

Alguien me preguntó si hacía otra cosa además de leer. "Claro", dije, "trabajo en esta escuela, cocino,  doy clases, escribo y edito libros de enseñanza de la lengua para niños y adolescentes..." Alguien se rió. "No", me dijo, "eso lo sé. Te pregunto si ves películas, vas al teatro, escuchás música. Eso te pregunto." Me tomé cinco segundos para repasar mi vida de todos los días y me di cuenta de que, además de trabajar en la escuela, cocinar, dar clases, escribir y editar libros de enseñanza de la lengua y la literatura para niños y adolescentes, solo leo. Leo compulsivamente, un libro tras otro, con el cierre de la última hoja de un volumen ya estoy abriendo la primera del siguiente. Y no leo cualquier cosa: solo ficción, lingüística, teoría literaria o didáctica de la lengua. Voy todos los meses a la librería y, mientras otras compran zapatos o perfumes, yo acumulo libros. No veo series, ni películas -algunas muy de vez en cuando-, no se me da por poner música y solo oigo la que ponen otros, pero no le presto atención; entre los cuatro y los veinticuatro bailé, pero ya no; a veces voy al teatro o a un museo: pero el telón de fondo, la representación que nunca cesa, es la lectura.
Durante mucho tiempo, pensé que la lectura me servía para aislarme del mundo cuando este me fastidiaba, cuando algo me incomodaba, cuando deseaba negarlo. Pensaba, entonce,s que los libros me amparaban del dolor y algo de eso sigo creyendo que es verdad. Yo he sido una niña solitaria, con padres absortos en su circunstancia, que era ancha y ajena; pero en la que me involucraron cada vez que les fue posible. En mi cuarto, con la puerta cerrada,  yo leía y escribía cuentos en unos cuadernitos Gloria sin renglones. Eran unos cuentos de hadas bastante parecidos a los que leía. Mi padre, que a veces salía del estupor demente en el que lo encerraba mi madre, me había regalado una edición de los cuentos de Grimm, ilustrada por el checo Jiri Trnka. A mis relatos, escritos con una prolija letra cursiva en tinta azul lavable, los ilustraba con los colores de una caja de pinturtitas Caran D'Ache que también me había regalado mi papá. Y cuando no leía ni escribía, sentaba a mis muñecas en fila y les daba clase, leyéndoles cuentos y explicándoselos por si ellas no hubieran entendido de qué iban los Grimm o los infinitos libros de los que mis progenitores -eso sí- me proveían, Monteiro Lobato entre tantos otros.
Y mientras yo leía, afuera, mi madre se dedicaba a arrojar porcelana,  amenazar con tirarse por la terraza o sumergirse en el agua helada de piscinas transparentes, o  beber frascos enteros de pildoras de colores que eran como collares siniestros que la ahogaban. El resto del día -cuando no era una heroína romántica a punto de suicidio- se la pasaba muda, sin dirigirles ni una mísera palabra a mis pocos años, se dedicaba, prolija y espectacularmente, a alimentarse diariamente con un té y dos galletitas de agua cuando la palabra anorexia todavía no había sido inventada, o se rapaba a tijeretazos mientras el agua de la ducha caía en la desnudez de su cuerpo delgado en la bañera.
Yo, entonces y mucho más tarde, creía que leía para no darme cuenta de que, en su demencia, nunca hubo un momento de fragilidad en que ella me acariciara; creía que leía porque, en los cuentos, las princesas (o sus sustitutas más plebeyas) siempre carecían de madre, pero eran recompensadas en la vida con un príncipe que las quería, y que las hacía reinas y perfectas. Yo creía que la lectura me llevaba lejos del mundo en el que mi madre era lo más parecido que existía a una madre muerta de tanta ausencia y abandono.
Muchas veces me he quedado extasiada en algún transporte público viendo a la gente que lee como en una burbuja fuera del mundo, como si nada existiera. Y esa imagen me permitió, mucho más tarde, darme cuenta de que, además de borrar el mundo culebreante de afuera, la lectura enciende otra cosa: porque la burbuja aisla, pero adentro, si una mira con atención, hay otra realidad hecha con palabras que centellea en la cabeza del que lee.
Los libros me permitieron acallar a mi madre y su locura, claro que sí; pero hicieron algo mucho más importante:  me regalaron universos personales de palabras. Me enseñaron gran parte de lo bueno que sé en la vida (lo doloroso lo aprendí tras tantas soledades y muertes que me fueron cercando), me enseñaron a pensar, a bucear en mí misma, a darme cuenta de que las cosas cambian si uno varía la perspectiva, a que las historias son un bálsamo o un tábano insoportablemente molesto que no te deja dormir en paz, me permitieron tomar decisiones, lanzarme al vacío. Los libros son lo único que llevo siempre conmigo vaya donde vaya. Si me faltaran las personas y yo tuviera un libro podría sobrevivir -triste, pero viva-: no lograría, en cambio, vivir si no tuviera libros. Y sé que si me faltaran, me los fabricaría.
Solo una vez en toda mi existencia, no soporté los libros. Cuando murió Mariano, me llevó tres meses recomponerme para tolerar la lectura. Es tanta la intimidad con la palabra escrita y mi alma estaba tan deshecha que necesitó encarnarse para abrir las páginas de El paciente inglés y leer, allí, lo yo estaba buscando: que la muerte es algo que sucede en tercera persona. Esas palabras, dichas por Anna, me permitieron seguir hablando con él todo el tiempo que no me dio la muerte, llevándoselo en apenas cinco horas. 
Cuando la infancia y sus días sucesivos son un huracán desbocado, solo nos queda aferrarnos a algo para no ser despedidos por los vientos febriles del caos. En mi caso, esa estructura fue la literatura. Así que leer es como respirar, tiene el ritmo del aire que entra y purifica, que recorre la sangre y se lleva lo malo, que acomoda cada cosa en su sitio. Después vinieron las otras pasiones, casi una añadidura: la gramática, los niños, los pizarrones, que no son lo que hago, sino lo que soy, fatalmente, para siempre. Poco lugar me queda para otra cosa que no sean las palabras, el olor de las páginas, la novela que sigue allí mientras los días se retuercen sin sentido aparente hasta que se abre el libro y, en una página cualquiera, arde la frase que le otorga sentido a la espina clavada, a la daga que hiere.
Así que, irremediable y fatalmente, yo soy la que trabajo en una escuela, cocino,  doy clases, escribo y edito libros de enseñanza de la lengua para niños y adolescentes. Y leo. Leo hasta que se me agote la cuerda de la vida.

1 comentario:

Anónimo dijo...

¡Que hermoso texto! La lectura es una medicina integral que cura desde adentro, desde el alma...

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