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Mostrando entradas de agosto, 2014

Mi madre, esa lectora

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Por circunstancias extremas de su vida (mi abuela murió cuando ella tenía siete años y su padre los dejó para casarse con otra) mi madre solo fue a la escuela hasta los 12 años. Nunca pudo dejar de ser la niña que le habían robado: caprichosa, egocéntrica y malvada. No le fue fácil vivir a mi madre y yo pagué las consecuencias. Pero, a fuerza de ser honesta, esa mujer diminuta, que mide escaso metro y medio y pesa 40, que parece estar fuera de todo, ausente, taciturna y súbitamente enloquecida, me legó la lectura, que es el bien más grande que yo tengo en mi vida. Con su escolaridad primaria escasa, mi madre lee, como pocas veces  he visto en este mundo. Ella -y solo ella- ha releído completo a Dostoievski, se ha devorado a Chejov, a Tolstoi, a Proust (cuando se lo puse en sus manos). Tiene una forma de leer infantil: los personajes son seres reales para ella. Se enamora de Wallander y llora cuando alguien -a quien verdaderamente quiere- se muere. Como mi madre tiene una moral comuni…

Diario de viaje (III)

A esta hora de la mañana solo se escucha el motorcito ronroneante de Margaux que se ovilla en mi regazo y cada tanto levanta los ojos y me mira con una profundidad que yo no conocí en animal alguno. Pienso en el día que aún no se ha llenado de texturas y es una superficie sobre la que puedo dibujar cualquier sueño. El invierno comenzará a ovillar sus días y volverá la primavera. Pienso en las cosas que debo hacer en este 2014: terminar los libros (haber escrito uno completo en 30 días me alienta porque si me esmero en octubre termino los dos restantes), leer y trabajar las novelas para entregarlas en un par de semanas, y actividades así que debo ir anudando. El 2015 comenzará con heladas y niños a orillas de otro mar. Cuando pienso en el viaje, hay un muro de tareas que me impide visualizar mis propios pasos. (Nota al pie: debo caminar más ahora, para caminarme todo después) (Otra: debo darle otra oportunidad a Barcelona, ciudad que siempre me resultó hostil). Ayer hice un calendario…

La niña que se subía al árbol muy alto, muy alto, muy alto

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Había una vez una niña que se subió a un árbol muy alto, muy alto, muy alto y no se cayó.
¡Qué bien se veían las cosas desde arriba!
Los techos, la gente, las calles...
Hasta los perros que,  a veces, la atemorizaban parecían ahora inofensivos.
La niña tomó por costumbre subirse al árbol muy alto, muy alto, muy alto.
Lo hacía una vez por semana o dos.
Pero un día, vaya a saber una por qué, subió al árbol muy alto, muy alto, muy alto y se cayó.
¡Oh!, dijo la niña.
Y cuando nadie la miraba, en un rincón de su casita, lloró.
No sentía dolor.
Ni un poquito apenas de dolor.
Lloraba porque se había dado cuenta de que, ahora, cada vez que subiese al árbol muy alto, muy alto, muy alto para ver los techos, la gente, las calles, y los perros que desde arriba parecían inofensivos; lo haría sabiendo que se podía caer.

Ahogo

Hubo una palabra que se infló hasta ocupar todos los resquicios.
Después...
Después ya no pude respirar.

Ciento quince infancias recuperadas/ Ahora y siempre

Esos niños. Esos padres. Esa alegría de soñar con un mundo mejor para todos. Ese deseo de hacer, de meter las patas en el barro y construir. Y la furia. El dolor. La sangre derramada, torturada, desaparecida, robada. Trato de salir de mi corazón y pienso -desde afuera, como si me fuera dada esa distancia- en lo que significa arrojar un hombre de un avión, acribillarlo a balazos, y pensar que es posible cambiar la identidad con un simple truco. Pienso en la belleza, en la entrega, en el remover las piedras para hallar los vestigios, no de la muerte sino de la vida que siguió latiendo, aun en las condiciones más adversas. Pienso en los huesos que faltan enterrar y en los niños que aún quedan por hallar. Y a la vez, junto con las lágrimas, anido un orgullo histórico: por las madres, padres, hermanos, tíos, esposas, maridos, abuelas y abuelos que buscaron sin detenerse nunca y por todos los que marchamos año a año con ellas, ahora y en los tiempos democráticos en que la regla era el olvi…

La chica que teje palabras

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Tejo palabras de una hebra larga.
Tan larga que podría dar la vuelta al mundo dos veces.
Y sobraría lana,
todavía.
Un punto arriba.
Un punto abajo.
Agujas de tinta en para tejer palabras
con sus puntos de luz
de agua
de árbol verde
de pájaro mojado.
Palabras una fila arriba otra fila abajo.
Santa Clara los puntos.
Arroz.
Palabras elástico que se llenan de viento,
porque si hace frío me pongo mi saco repleto de palabras y cuando me aburro un poco le destejo los puños y lo vuelvo a tejer.
¡Esta chica!, decían mis hermanos, ¿quién la entiende? Desteje para volver a tejer.
De lo que  no se daban cuenta era de que mi ovillo crecía, crecía y ya daba otra vuelta más.
Un día, mi abuela, que tenía una canasta repleta de retacitos de lana, me enseñó a tejer palabras con una sola aguja.
¡Qué bueno!, grité yo. Entonces podía dibujar con la otra, que es como tejer pero sin palabras: solo de puro color.
Y empecé a tejer con una aguja derecha y otra izquierda distintas, pero a la vez.
¡Esta chica n…

Carta a una señorita en Marsella (II)

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Querida Maïa:
Quizá en l'école oíste hablar de la revolución del 14 de julio. Quizá ya sabés que los franceses la pasaban muy mal porque tenían unos reyes un poco egoístas a los que no les importaba mucho que el pueblo pasara hambre. Dicen, pero vaya uno a saber si es verdad, que una vez le dijeron que el  pueblo no tenía pan, y ella contestó: "Que coman torta". Imaginate si iban a tener torta cuando les faltaba una simple baguette. Estos dos reyes, Luis XVI y María Antonieta, que están enterrados en una hermosa catedral de París que se llama Saint-Denis, se hicieron un palacio impresionante que ahora es un lugar para visitar. Porque el pueblo podía pasar hambre, pero ellos vivían a lo grande. Entonces en julio de 1789, los franceses se hartaron e hicieron una revolución  y fue algo tan, tan importante que le cambió la cabeza a muchas personas en el mundo. Acá, en Argentina, unos señores que admiraban mucho a los revolucionarios franceses y sus ideas de que todos éramos …

De viaje (II)

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(c) Julieta Pinasco
Soñar Marsella, la bella.
La de las calles apretadas del Panier.
La de los barcos y el Vieux Port.
Soñar Marsella, la de navettes anaranjadas
y sardinas perfectas.
La del niño de oro,
la del niño de oro en brazos de la madre,
la del niño de oro en brazos de la madre en la colina más alta
y debajo la mar.
Soñar Marsella,
con sus barcos colgantes,
sus mosaicos exactos,
sus islas con castillos diminutos.
Soñar Marsella,
y el jirón de familia,
su color de alegría
y gorriones azules que hablan en francés.
Hay una  pajarita de grandes ojos negros
que me espera en los aleros de Marseille- Marignane.

Yo me pregunto

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Yo me pregunto
por qué alguien espera que una mujer dé a luz y a los dos meses la mata -como si hubiera sido un frasco donde esperar una germinación-,
por qué a las pocas horas otro arranca ese niño del seno de su madre,
por qué lo entrega a otro otro -como si fuera cosa que debiera trasplantarse-,
por qué ese otro poderoso lo da -para sacárselo de encima, para que no le pese, para que no sea su hilacha en el camino-,
por qué los otros callan durante tantos años.
Yo me pregunto
por qué el alma no les picaba
cuando miraban televisión, oían radio, leían
y sabían -esas cosas se saben, se sospechan, se niegan-,
por qué no preguntaban,
y ese alguien esperó que el otro otro, el poderoso, muriera de muerte provecta y portentosa para decir "yo creo", "me parece" "tal vez"...
Yo me pregunto
por qué se marca la esencia profunda de la vida,
la que perdura como una impronta pese a toda la muerte,
la que se dice en los sonidos pese a todo el silencio,
que traza los r…

Carta a una señorita en Marsella (I)

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Maïa: Quizá necesites ahora que alguien te ayude a leer en español. No importa. Yo necesito que me ayuden a leer en francés y soy como cinco veces más grande que vos. Pensaba que, cuando estemos en París, me gustaría llevarte a un lugar que a mí me gusta mucho, pero mucho, mucho: es el Musée du Moyen Age. Cuando entremos vas a ver que es un pequeño palacio hermoso. Adentro hay expuestas cientos de cosas lindas que usaban las damas y los caballeros: peines de marfil, cofrecitos, espejos, libros con miles de dibujos con tinta azul y de oro, vestidos, armaduras. La Edad Media sucedió hace muchos siglos, en la época del rey francés Carlomagno. Pero lo más lindo de ese museo es subir por una escalera de madera y llegar a una sala donde hay colgados unos tapices: son seis y se llaman "La Dame et la Licorne." y ya te voy a contar, cuando estemos ahí, qué significan. Yo quiero mucho a la dama. Y cada vez que voy a París la visito, a veces más de una vez. Me gusta quedarme sentada en…

Mi fiesta de cumpleaños

Una fiesta de cumpleaños.
Una torta con velitas.
Una torta con cintitas.
Y poemas.
Y dibujos.
He recibido: cajas de colores, pinturitas, libros, bufandas verde agua, ropa, una bailarina de cocina...
Mi casa ha estado llena.
Y mi corazón todavía canta
en los aleros,
junto a los pájaros,
en el borde dormido de la almohada.
He dicho que otro año empieza.
Y se ha hecho la luz.
Gracias por haberse llegado a encender la fogata.

Confesiones de un nuevo año/ De cómo se mira

Hoy festejo mis años (ya pasó mi cumpleaños). La casa se llenará de gente, de grandes y de niños. Soplaré las velitas y pediré deseos. Se cumplirán: me viene sucediendo. He sido una persona afortunada y he tenido dolores. Han sido equivalentes y, sin embargo, siento la dicha de la vida que llevo.Tengo sol en el alma y cosas en que sigo creyendo. De todos mis fantasmas hay algunos que vuelven y  ya somos amigos: se sientan en mi mesa y conversamos largas horas hasta que los veo partir como llegaron: tan solo con lo puesto. No he bajado los brazos, pese a todos mis muertos/ los que se fueron y aquellos que se hundieron en el abismo negro de todo desconcierto. Es cierto que hubiera deseado ser algunas otras cosas, pero no supe cómo. Me quedan muchos días hasta el próximo julio y los ojos abiertos. Tengo lo necesario y canto cuando puedo. Hoy festejo mis años: bienvenidos, amigos.

Un soplo apenas

Un soplo apenas y el día se inaugura como si fuera un viento que alguien desenrolla. Él me apoya su mano y murmura palabras que navegan el aire. Los pájaros se agitan, plumetean, hacen sus abluciones en el agua del cántaro. Hablamos bajo. Entre susurros. Volvemos a dormir unos instantes hasta que el sol se planta y templa los cristales. Es sábado de gloria. Como siempre. Me oigo trajinar en la cocina y me digo "Es el viento". Multiplico mis manos y bordo las tareas en el día. Lo miro hacer: la tierra, las maderas, el fuego del asado. Hace ya muchos días que vamos y venimos. Un soplo apenas y coseché una brisa primaveral a esta altura del mundo.