miércoles, 27 de agosto de 2014

Diario de viaje (III)

A esta hora de la mañana solo se escucha el motorcito ronroneante de Margaux que se ovilla en mi regazo y cada tanto levanta los ojos y me mira con una profundidad que yo no conocí en animal alguno. Pienso en el día que aún no se ha llenado de texturas y es una superficie sobre la que puedo dibujar cualquier sueño. El invierno comenzará a ovillar sus días y volverá la primavera. Pienso en las cosas que debo hacer en este 2014: terminar los libros (haber escrito uno completo en 30 días me alienta porque si me esmero en octubre termino los dos restantes), leer y trabajar las novelas para entregarlas en un par de semanas, y actividades así que debo ir anudando. El 2015 comenzará con heladas y niños a orillas de otro mar. Cuando pienso en el viaje, hay un muro de tareas que me impide visualizar mis propios pasos. (Nota al pie: debo caminar más ahora, para caminarme todo después) (Otra: debo darle otra oportunidad a Barcelona, ciudad que siempre me resultó hostil). Ayer hice un calendario para empezar a definir qué sucederá en la quincena que viene después de Francia, después de Grecia. Y otra vez me sentí de buen humor. Andréa y Maïa son luces de Año Nuevo y abrazos en París.

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