martes, 26 de agosto de 2014

La niña que se subía al árbol muy alto, muy alto, muy alto

Había una vez una niña que se subió a un árbol muy alto, muy alto, muy alto y no se cayó.
¡Qué bien se veían las cosas desde arriba!
Los techos, la gente, las calles...
Hasta los perros que,  a veces, la atemorizaban parecían ahora inofensivos.
La niña tomó por costumbre subirse al árbol muy alto, muy alto, muy alto.
Lo hacía una vez por semana o dos.
Pero un día, vaya a saber una por qué, subió al árbol muy alto, muy alto, muy alto y se cayó.
¡Oh!, dijo la niña.
Y cuando nadie la miraba, en un rincón de su casita, lloró.
No sentía dolor.
Ni un poquito apenas de dolor.
Lloraba porque se había dado cuenta de que, ahora, cada vez que subiese al árbol muy alto, muy alto, muy alto para ver los techos, la gente, las calles, y los perros que desde arriba parecían inofensivos; lo haría sabiendo que se podía caer.

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