lunes, 8 de septiembre de 2014

Amor de madre

¿Cómo se tramita querer a una madre? ¿En qué lugar se tira el ancla si al pensarlo no hay otra cosa que un vacío agudo y una lluvia que no cesa  y un pantano de bestias desatadas y una agonía igual o parecida a la que asesinaba las siestas infantiles? ¿Cómo se hace para decir que debo sentir lo que el conjunto común de los mortales y ver mi propio rostro recto, duro, inconmovible y ninguna otra cosa que esa herida que no se cierra nunca y mancha todo? ¿Por qué no puedo ser más buena y olvidar el silencio a que fui sometida y transformarme en una suave enfermera perfecta -aun sabiendo que no la calmaré- y asistir con ese afecto neutro que deviene del urbanismo y la amabilidad? ¿Qué son estos pinchos y espinas que me crecen para no entregarme por tamaño temor a la zarpa que ruge aunque sea una anciana pequeña que se pierde en su cama? ¿Por qué no puedo perdonar y seguir?

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