domingo, 14 de septiembre de 2014

De la furia a la reflexión: o de cómo se fueron los aplazos

Mi primera reacción fue saltar a la yugular. Nos quitan el arma neutrónica, se iguala para abajo, no se premia el esfuerzo, se les va a regalar la nota, serán todos unas bestias brutas, etc., etc. Roja de furia, de indignación, de fastidio. 
Y después me di a pensar que la evaluación no debería medir resultados, que tendría que prestar atención a los procesos que despliegan todos y cada uno de nuestros chicos y que, muchas veces, el piso que ponemos para el siete resulta inalcanzable para muchos. ¿Eso significa que no estudiaron o que no se esforzaron o que no aprendieron? ¿Cuántas veces muchos colegas que aullaron esta vez  le pusieron siete a un chico porque, aunque no sabía eso que queríamos que supiera, se había matado para llegar a saberlo? 
Y recordé aquella vez, hace mucho tiempo,  que, en un primer año, alterada, les dije. "Ustedes no aprenden nada." Se hizo un profundo silencio, alguien levantó la mano y dijo: "Yo aprendí a separar en sílabas." Y otros se animaron: "Yo ahora sé poner tildes.", "Yo me doy cuenta del narrador". Ellos evaluaban sus logros: yo sentí una vergüenza infinita de mí misma y les rogué que me disculparan porque la que no había aprendido nada era yo.
¿Cuántas veces puede intentar un niño llegar y frustrarse en el camino una y otra vez? ¿Cuántas veces hará el esfuerzo antes de tirar la toalla? ¿Cuánto lo intentará y verá su hoja sin la nota ya inalcanzable?
Y no se trata de premiar la vagancia. Claro que no. Se trata de acompañar a los más débiles para que sigan caminando, a los más desprotegidos, a los que necesitan el abrazo que les permita continuar.
Nada me produce más dolor que un niño que, por múltiples y diversas razones, no entiende. Deténganse dos segundos y piensen si no comprendieran lo que leen, lo que se espera que hagan, lo que les están explicando, lo que deben escribir. Es una sensación de desamparo y menoscabo tremendamente dolorosa.
En realidad, lo del uno, dos y tres no tiene ninguna relación con esto y es una anécdota vacía, frívola y estúpida. Se trata de que todos nosotros pensemos nuevas formas de evaluar que sean inclusivas, que tengan en cuenta lo que cada chico es, lo que puede dar y la forma en que es capaz de florecer. 
Porque qué otra cosa que ver florecer a nuestros chicos queremos sus maestros...
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