martes, 2 de septiembre de 2014

Del realismo y los niños que leen

Harta de que el chico leyera los relatos fantásticos de Cortázar en clave realista, me di por vencida y dije: "Mientras puedas justificar tus  apreciaciones..." 
Al fin y al cabo, cada cual lee con lo que trae y le es dado. 
Pará, pará: ¿qué decís? ¿Exclusivamente realista a los 16? ¡Uff! ¡Algo huele mal y no es, precisamente, en Dinamarca! 
Porque estoy en contacto diario con muchos niños y jóvenes cuyas edades oscilan entre los 5 y los 17 años puedo afirmarlo: el realismo avanza a zancadas, llevándose puestos los universos maravillosos y fantásticos. De seguir con la tendencia nos veremos cohabitando con niños en edad escolar incapaces de ver más allá de lo materialmente tangible, niños a los que ningún genio maligno les torcerá la verdad de sus fidedignas percepciones.
Me hablarán ustedes de Potter o de Narnia o de Tolkien.   Perfecto: denme tanques editoriales capaces de vender a su madre y leeremos lo que fuera. Yo no hablo de consumidores, digo lec-to-res. Sin poner en tela de juicio los valores de semejantes novelas y de sus fanáticos, convendrán conmigo en que el poder persuasivo del mercado editorial central con sus "lanzamientos", "películas", " prensa", etc., etc., etc. inclina la balanza y deja fuera de discusión todo lo que pudiésemos decir.
Yo -aquí y ahora- hablo de lectores: de esos niños que, por decisión propia, van a la librería y revisan anaqueles; o los que les piden a padres, maestros o bibliotecarios algo para leer. Esos niños se han tornado peligrosamente realistas. 
Y no es que el realismo sea una mala palabra. Claro que no: Tolstoi, Leopoldo Alas, Flaubert y el bueno de Balzac están allí para desmentir cualquier acusación de mi parte. En Dickens me he deleitado hasta el hartazgo. Yo hablo de ese realismo simplón que satura gran parte de la literatura para niños y adolescentes, que le pone palabras fáciles a la cotidianeidad y cuya impresión estética -si la hubo- desaparece cuando cerramos el libro.
Por supuesto que hay otros textos que cuentan sucesos que se rigen por las leyes de nuestro mundo de referencia que escapan a esta  generalización.  Pienso en Stefano de Andruetto, relato realista en el que la presencia de una doble temporalidad y una doble instancia enunciativa con un narratario solo evidente en la última oración del texto, nos conmueve no solo por lo que cuenta sino por cómo lo hace: que, en definitiva, eso es la literatura.  O El Escuadrón Esqueleto de Polly Horvath en el que todo lo posible que se cuenta se delira de pura improbabilidad y cuatro narradores tejen con sus voces un microcosmos donde se desnudan la muerte, la soledad y la desesperada condición humana.
Creo que hay literatura áspera, a contrapelo, que admite varios estratos de lectura, sobre la que hay que andar con pico y pala, clavando estacas para que no nos lleve el viento; y literatura suave, que esa acondicionador desenredante, que no ofrece la más mínima contracorriente, sobre la que se surfea sin turbulencia, que no se guarda nada porque todo lo que tiene para decir lo dice sin connotaciones ocultas en un verbo. 
Cada cual -niño o adulto- elige la que más le agrade y lo haga feliz. Yo,  como docente, quiero ofrecer esos textos que te cambian la forma de mirar el mundo, que te dan un puñetazo en la cara, que te abren el pecho para extirparte el corazón y mojártelo con el agua de las palabras. Para mis chicos quiero textos que les hagan ver los pliegues de la realidad a través del lenguaje y que los sumerjan en la duda, en lo opaco que se vislumbra en el tejido de un texto: esa ambigüedad de la que solo se sale a dentelladas o acariciándose. Quiero textos que les den eso otro que se intuye en los sueños, que es más que lo que se ve con los ojos distraídos con los que todos los días miramos  lo cotidiano.  Yo quiero que la hora de lengua y literatura sea ese momento en que abrimos el mundo maravilloso de las palabras y nadamos en ellas para conocernos, para entendernos, para comprender que, aunque parezca, no estamos solos en la noche. 
Y esa literatura debe ser, en primer lugar, justamente eso: literatura. Que es mucho más que un texto impreso. Debe ofrecer un trabajo de orfebre con el lenguaje y, a través de ello, apelar a abrir camino para ver más allá de lo real: ya sea porque explora la certeza de otros mundos posibles, porque instala el desconcierto o la duda o porque revuelve lo cotidiano como si lo mirásemos por un caleidoscopio.  
Leer es un enorme trabajo. Lo ha sido siempre y lo es mucho más en estos días en que la atención se fragmenta y disuelve, en que cuesta tener paciencia para permanecer hasta que el texto se revele. 
Sigo creyendo -con una fe fanática- que lo mejor que podemos hacer por nuestros chicos es brindarles la posibilidad de que un libro les cambie el alma para siempre.
Menuda cosa para desperdiciar la oportunidad en cosas vanas.

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