miércoles, 17 de septiembre de 2014

El viento

Peino mi corazón como si fuera agua y guardo mis palabras en los bolsillos del silencio. Después me miro en el espejo y veo: lo que no quiero, como un zurcido transparente e irremediable que se oculta, pero que lo descubro en el canto matinal de los pájaros. Algunas metamorfosis me atemorizan más que los roedores e intento regresar a la nostalgia de los sitios perdidos. Las alas pierden sus plumas; los peces, sus escamas y todo se hace como viento que pasa. En alguna estación van quedando maletas y paraguas que se habían perdido. A esta hora exacta caen los mismos milímetros de agua: en Siberia, en Manhattan o dónde caiga el agua con esa derechura imperdonable. Yo atravieso desiertos empapada de lluvia. El día se vuelve un áspid incomodísimo y me duele el costado, ese lado insaciable  que marca a dentelladas.  Después viene la noche que cubre las vitrinas y se alza en los patios. En el ruido de postigos ya dejo de pensar y cierro todo, inclusive los ojos para que cese el vértigo del viento que me arrasa.

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