domingo, 12 de octubre de 2014

Mi madre era pequeña

Mi madre era pequeña como un pespunte, pero la hebra de su hilo se extendía por surcos infinitos: atravesaba llanuras de hielos que estaban allí desde antes de los erizos prehistóricos; pasaba por montañas de acero incorruptible; daba la vuelta por ríos que bajaban turbulentos en un alud de lodo y sangre; se demoraba en desiertos de tierra inerme y seca. Mi madre era pequeña y muchas veces había que acunarla para que se callara con palabras que yo siempre desconocía o no podía retener. Mi madre cabía en el hueco de una mano que nunca fue la mía y ya no lo será porque su memoria es un clavo pequeño, tal vez una tachuela germinada, que se hunde en el calendario de mi existencia desde hace muchos siglos atrás. Y yo, que llevo a cuestas mi colección de muertos, a los que les canto mis canciones de miel cuando la lluvia los deshace donde sea que estén, pienso en mi madre tan pequeñita, tan tachonada, tan pespunteada en su rostro de niña que me mira desde el amor que nos quisimos tener y no supimos cómo porque hubo ríos, llanuras, desiertos y montañas que nos interpusieron sus distancias una y otra vez. Entonces pienso en  los ruedos que deberé deshacer para crecer. 

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