sábado, 11 de octubre de 2014

Miranda y la tempestad

Llamo a mi hermano Mariano porque necesito saber cómo él, justamente él, está en estos días. Quizá siempre tenga la sensación de velar por el bienestar de los que hemos  quedado desparramados por el mundo. Tal vez ser hermana mayor sea un poco esto: llamarlos para ver si necesitan alguna cosa en la que yo los pudiera amparar. No me es fácil hablar con él. Lo quiero extensa y profundamente, pero la palabra, que tan ligera y obediente suele ser para mí, se agosta con él (como con mi hijo, pienso). Nos decimos un par de cosas que arañan superficies y me pasa con su hija menor de tan solo 8 años. Miranda es tal como Shakespeare pensó a su personaje: un hilo que permite flotar y rescatar el amor. Entonces de heroína a heroína de tragedia inglesa nos entendemos: "Cuidalo mucho a tu papá.", le digo y agrego, "Dale muchos besos, pero muchos, muchos." "Claro, tía. Yo ya sé.", me dice. Y la tempestad deja de soplar. "Sos una princesa que tiene que abrazar al rey", termino. Y Miranda se ríe como lo hacen los niños que viven a la orilla del mar. 

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