martes, 7 de octubre de 2014

Un día.

Un día, mi madre se morirá. Y el verbo está ahí, en la pantalla. Y lo veo,  inmóvil, sin que yo pueda entender lo que sus sílabas presagian. Diré ese día futuro que ella se ha muerto y no usaré ninguna metáfora para un hecho común -al fin y al cabo, en este instante a cientos de personas se les están muriendo madres-. Pienso hacia atrás y no hay recuerdos que pudieran nadar hacia la luz o el algodón tendido; no hay mesas donde se amasen las caricias como pájaros sorprendidos ni tan siquiera el soplo de una palabra melodiosa. Querría yo saber hoy, a no se cuántos  días de esa fecha ignota, si la muerte traerá la tristeza o la rabia, si sentiré el vacío de la batalla que nunca dejó otra cosa que no fuera una sórdida prosa y un fragor de caballos enloquecidos, violentos, desbocados. Y lo que no aprendí del amor y ya no será nunca, ¿en qué ojos volverá a no habitarme detrás de los cristales zurcidos con mis manos? Un día, ella se morirá. Y dejaré de sentir por fin esta agonía, tan hondamente en medio de la carne, que, a veces, no me deja sonreír.

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