sábado, 1 de noviembre de 2014

A llorar al campito

Siempre estuvo ahí. Como un nudo diminuto. Como un pespunte que se trabó y la aguja de fino frío helado, atascada. Siempre hay que tironear. Y el viento otra vez metido entre los ovillos. ¡Habrase visto! Siempre ahí. Como una premonición. Un relámpago de intuición que espantaba como una mosca con la mano. Ahora no, se dijo, no es el momento de ver. Un rato más con los ojos cerrados.  Sí. Mejor. Y el pespunte y la aguja atascada. Cuando quiso entenderlo fue un estallido fulgurante. La mosca había devenido en elefante. Y barritaba con sus patas pesadas sobre ese amanecer que aún era madrugada. La verdad -meditó- hay que mirarla de frente y en ayunas. Y bancarse sus nudos, sus pespuntes y sus agujas atascadas en medio de la hora en que cae la luna y se lleva los velos. Una copia barata, un sucedáneo, un remedo cortado con un filo oxidado. Pero de cada nudo quedan ardiendo las palabras y su suerte de asesino serial: una tras otra en un sintagma viscoso. Lo que se dijo estuvo siempre: un nudo en la punta de la lengua y a llorar al campito. Zurcir al aire libre no es cosa buena: se pierden los dedales, se enredan los ovillos en el viento. De frente y en ayunas: así es como se hace. Lo demás es catarsis que termina a las cinco. Eran las cinco en punto. Ya sube la gangrena por las trompas de lirio y cae gota a gota sobre la arena sangre.

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