domingo, 2 de noviembre de 2014

Bonjour, Oliverio (IV)

Queridísimo:
Hacía mucho que no le escribía. Y, lo que es mucho peor aún, hacía mucho que no salía a volar por ahí. Vio cómo son estas cosas: una comienza por hache y termina por be. Cuando se quiere dar cuenta escribió cinco libros y se olvidó de volar. Imperdonable.  Es que han pasado tantas cosas en estos días: desde madres que dicen ya y se les da por morir hasta fantasmas que me golpean en las rodillas para darme miedo cada vez que intento reír. Por suerte usted -y un par de amigos que tengo andando por el mundo- me han hecho ver -un poco crudamente, por cierto- que dos más dos, a veces no es cuatro y que, en ese caso lo mejor es abrir una ventana y empezar aletear. Claro que usted, Oliverio, lo supo desde antes y me dejó envuelta en mi crisálida de silencio porque nadie se hace mariposa a los tortazos; es, simplemente, una cuestión de decisión personal. Yo soy perseverante. Mi hijo me dijo  el otro día que yo me mandaba grandes mocos -él habla así y usted lo sabrá disculpar- pero tengo la infinita capacidad de intentar e intentar. Como bien aclaró usted anoche también soy de un egoísmo inconmensurable.  Lo sé. Y sumemos a ello  un par de fobias duras de roer que bastan para apartarme hasta de mí misma. Hoy, justo hoy, alguien me dijo que había que dejar que lo inútil se fuera hacia el remolino de la destrucción.  Yo debo aprender tantas cosas aún: a escuchar,  a ver más allá de los perímetros de mis circunstancias,  a prestar atención, y por sobre a liberar los lastres que me atan al deber ser. Y debo volver a volar: no porque sea una obligación; sino porque si no vuelo -sin pechos de magnolia para ofrecer- voy a morir más sola que un sapo en medio de la playa de la desolación. Así que, mi querido Oliverio, lo invito. Ya sé que llueve; pero no sabe el sol que brilla más allá.
Con amor
María Luisa

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