miércoles, 12 de noviembre de 2014

Confianza

A veces cae una lluvia mansa -como un jolgorio de gotas que cantan con boca colorida- y se ve bien detrás de los cristales, en el regazo de la casa que ampara. Pasan las horas como bandadas de aves repentinas entre los tilos mojados y las hierbas. La oscuridad se abre en la íntima luz con las palabras y llueve, así, sobre las sábanas dormidas bajo el agua. Pero a veces el aire se llena de violencia y rasga en torbellinos la mañana. Enfurecida lluvia con cuchillos de plata, bocanadas eléctricas de sombra, encapotada lluvia que cae, hiere, anega, mata. El corazón pelea con los fantasmas de tantos animales enjaulados y llueve con dolor, con rabia, sin mañana. Quedan sin luz los lirios y las manos se ajan. Acribillan las gotas la línea de la espalda y tallan tremebundos agujeros por donde se desliza, desnuda, la confianza.  Pero -entonces-, indefectiblemente, regresa la mañana y sale el sol. Los seres vivos hacen sus abluciones, cantan. Vuelve el amor a rescatar la risa y coserla en el alma. Los murmullos se enredan en el borde del cuello. Siempre vuelve la vida. No puede detenerse: aunque llueva mil días y otros mil. Si no, más valdría perderse para siempre. Es de esto que se trata, digo; y abro las ventanas.

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