viernes, 21 de noviembre de 2014

El deber del placer

Hacés la carrera de Letras porque querés enseñar literatura. Te gusta leer desde que eras así de chiquita y, además, un día se te dio por escribir. Así que vos, que ibas a estudiar Historia, en la ventanilla de la Facultad cuando la tipa dice "¿Carrera?", vos decís Letras. "No, no, pará" -protesta  tu cerebro- "era Historia. Íbamos a estudiar Historia. ¿No te acordás que habíamos ido a una cosa que te hizo miles de test y dijo Ciencias Políticas y nos matamos de risa? ¡1977 y Ciencias Políticas! ¡Qué buen chiste! Historia era lo más parecido al fervor militante que no habían podido acallar en vos en tantos meses. ¿Cómo que Letras?" Y entonces, lo mirás fijo al cerebro y le decís: "Me hacés el favor y te callás: es Letras y punto." Y lo obligás a fumarse tres griegos, cuatro latines, miles de literaturas dadas por gente horrible en tiempos más horribles aún. Y encima los otros -esos incordios de la naturaleza humana- te preguntan: "¿Letras? ¿Y de qué vas a vivir?" "Voy a dar clase porque desde que era también así de chiquita jugaba a ser maestra." "¿Y para eso hacés cinco años en la UBA?", te dicen los turros. Y vos seguís, te recibís y entrás, confiada y feliz, al aula... No, no, antes de entrar, recuerdo, te hace una zancadilla el señor Placer que está esperando tan solo a los que vamos a enseñar Literatura, a los imbéciles que cargamos libros y libros y libros. ¿A qué profesor de Historia, por ejemplo, le martillan la paciencia con que el alumno debe sentir placer ante el conocimiento de las causas de la batalla de Caseros? ¿A cuál le reclaman  que los chicos deben mearse con los binomios cuadrados perfectos? ¿ O que la razón de la clase de abdominales es la adrenalina placentera del gozo? No, solo a los de Literatura que, obviamente, nos frustramos porque, con un poco de suerte y con una personalidad desafiante y avasalladora, logramos que tres de treinta y cinco sientan un estremecimiento que nace en la base de la columna y se prolonga por todas las ramificaciones nerviosas hasta estallar en el cerebro (sí, ese que decía, con razón, Historia) y transformarse en una compulsión adictiva. Porque, dejémonos de embromar, leer no le gusta a todo el mundo y es lógico que así sea: tampoco  a todos les gusta el cine o la física o la biología. Hay gente para todo en esta vida. Y así como disfrutar o no de la geografía no cambia gran cosa la cualidad humana, tampoco lo hace la literatura. Lo que pasa es que los que leemos tenemos la lente un poco distorsionada y creemos que el que no lee es un tipo al que le falta alguna cosa. Aceptémoslo de una buena vez: a los que le falta alguna cosa es a los que leemos y por eso -solo por eso- lo buscamos como obsesos en los libros. Pero volvamos al punto: somos lectores y enseñamos literatura.  Y alguien -bien sádico, por cierto- nos cargó el sayo del placer como un deber. Algo tuvo que ver Kant cuando planteó aquello del imperativo categórico. Porque si yo siento placer, cómo no puedo hacer que esta parva de adolescentes, ocupados en vivir y amar y dolerse y retorcese de gozo, sientan un gramo de este estremecimiento que sentimos los que leemos al leer. ¡Qué omnipotencia egocéntrica la nuestra! ¡Ser la medida de todo el placer! ¡Y encima dejarlo por escrito en una planificación! Gente de Letras, liberémonos del deber del placer. O en todo caso, empecemos a enseñar Historia. ¡Y listo!

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