sábado, 8 de noviembre de 2014

La orfandad

Escarbo mis recuerdos en busca de la piedra luminosa que permita elaborar la pérdida que he procurado acallar, teniendo en cuenta la ausencia del dolor. ¿Quién podría llorar por carecer ahora de lo nunca estuvo? Es un absurdo, me digo. Y pienso en aquel julio, a los dos años, en que me enviaron a San Juan a festejar mi nacimiento en la casa de Dominga, la mujer que ayudaba en la limpieza. Hay una foto donde estoy detrás de un banco con una torta y un rancho con la cordillera atrás. Mis padres, en Capital, ¿qué pensarían ese día 23?  Alguno de los dos, ¿me recordaría en esa jornada con amor y se diría " es su cumpleaños y es tan pequeña y yo la he enviado tan lejos, con gente desconocida y ahora la deseo abrazar."  Yo habría cambiado cada libro, habría querido ser analfabeta a cambio de dormir una noche de niña en cama de mi madre y que ella me leyera, como una maga, los libros que tenía; aunque no entendiera ninguna de esas palabras para dormirme en el arrullo de su voz espaciosa. Yo habría olvidado cada coma, cada verbo; solo porque sus manos rozaran mis cabellos y me acunaran en esas noches de espanto en que soñaban que todos habían muerto y me quedaba, sin memoria, perdida en una plaza y no sabía hablar. Escarbo en mis recuerdos para dar con la luz; y solo hallo un trozo de carne viva saturado de púas, una sanguinolienta médula que no deja de replicar la soledad como una radio que alguien se olvidó de apagar. Escarbo, escarbo y no puedo detenerme. Hace ya treinta días que cavo en mi memoria y,  desde arriba, hay quienes tiran piedras sobre mi carne en duelo. A veces digo no necesitar nada, solo para que sepan que bebo el agua de los gestos menudos como si fueran mensajes de socorro en mis botellas para no naufragar. El silencio es una espuerta que solo carga soledad. En la arena los toros rozan sus pezuñas en la sangre y los banderilleros los azuzan sin que nada los enfurezca. Hay que mirar la ira callada de sus ojos de piedra, su pelaje mezclado de barro y de sudor y abrir los portones de la arena para que salgan, para que corran, para que sean libres y hallen la piedra luminosa que ellos también desean poseer.

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