sábado, 6 de diciembre de 2014

El pájaro suicida

Hay una gata agazapada entre la hierba verde. Es una gata negra de ojos amarillos. Brilla su iris como una piedra fosforescente en el calor iluminado del verano. Un pequeño pájaro de pecho colorado desciende en picada a mordisquear la hierba. Repta la gata apenas separada del suelo con la mirada fija en las plumas del pájaro. Está vivo: su pecho se abre al respirar. La gata acecha inmóvil. El pájaro salta, aletea, levanta vuelvo y vuelve al suelo. Una y otra vez, en una provocación inconsciente que le costará la vida. Eleva sus ojos a las ramas, calcula a cuál desea subirse; pero permanece allí, entre la hierba verde sin ver los ojos de iris amarillo fosforescer en el pelaje oscuro. Cada vez más cerca, cada vez más sutil. Cuando la bestia queda al alcance de una zarpa del incauto pájaro feliz y ya está a punto de saltarle encima para hundir los colmillos en su cráneo con un crujir de huesos astillados, de entre la mata de lavandas otra gata -contagiadas sus pupilas de las flores azules- salta y cae sobre la fiera negra que no esperaba la infantil aparición. El pájaro sobre la rama agradece la intromisión de la gata gris con un trino que rompe la pesadez de la mañana de diciembre. Otra vez será.

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